Dr. Valerio Perna: «El primer caso de hemorragia pulmonar asociado al vapeo no permite establecer causalidad»
Dr. Perna: "Aún falta evidencia sólida sobre los riesgos del vapeo"
"Cuando desaparezca el tabaco, desaparecerán muchos cirujanos torácicos"
En el marco del Día Internacional Sin Tabaco, OKDIARIO ha hablado con el doctor Valerio Perna, especialista en cirugía torácica y, hasta hace poco, codirector del Servicio de Cirugía Torácica de la Clínica Universidad de Navarra. A las puertas del debate científico abierto tras la notificación del primer caso de hemorragia pulmonar asociado al vapeo en España y que se ha dado a conocer días antes del día sin tabaco. El experto analiza este episodio como un evento aislado dentro de la evidencia disponible y advierte sobre el riesgo de sobredimensionar casos puntuales en la percepción pública.
Por otra parte, aborda el uso de cigarrillos electrónicos, tabaco calentado y bolsas de nicotina, subrayando que estas alternativas pueden ofrecer a los fumadores nuevas perspectivas para abandonar el hábito, especialmente teniendo en cuenta que, para muchos, dejar de fumar resulta casi imposible.
Explica que, aunque pueden existir asociaciones temporales entre el vapeo y determinados problemas de salud, esto no implica necesariamente una relación causal directa. El especialista insiste en la necesidad de más estudios científicos y seguimiento a largo plazo para comprender mejor sus posibles efectos. También asevera que hay países como Suecia, donde presenta actualmente una de las tasas más bajas de tabaquismo y de cáncer de pulmón en varones en toda Europa.
Pregunta.- El reciente caso de hemorragia pulmonar en nuestro país asociado al vapeo ha generado alarma social. Desde su experiencia clínica, ¿cómo deben interpretarse este tipo de casos aislados dentro de la evidencia científica global?
Respuesta.- En principio, un caso clínico aislado nunca genera evidencia científica por sí solo. Este es un concepto bien establecido en la comunidad científica, donde los casos clínicos se consideran el nivel más bajo en la jerarquía de la evidencia.
Su principal utilidad no es demostrar causalidad, sino generar alertas, plantear nuevas hipótesis o describir situaciones inusuales. Sin embargo, no permiten establecer relaciones de causa-efecto de forma concluyente.
La razón es que falta un grupo control. Es decir, en este tipo de casos disponemos únicamente de una paciente que ha utilizado un determinado sistema de vapeo y ha presentado consecuencias graves, pero no sabemos qué habría ocurrido en condiciones equivalentes con un grupo similar utilizando el mismo dispositivo y los mismos componentes. Por tanto, no es posible establecer una comparación que permita inferir causalidad.
Además, los casos clínicos aislados no son generalizables y pueden estar sujetos a sesgos de publicación. Es frecuente que se difundan los casos más llamativos o mediáticos, mientras que no se publican aquellos en los que no se han observado complicaciones, ya que estos suelen tener menor interés científico o editorial.
Ahora bien, esto no significa que no sean útiles. Al contrario: son extremadamente valiosos. Permiten detectar situaciones raras o inesperadas, constituyen una herramienta fundamental para la generación de alertas de seguridad y, en muchas ocasiones, son el punto de partida para nuevas hipótesis de investigación que posteriormente deberán ser evaluadas mediante estudios más rigurosos y con mayor nivel de evidencia, pero siempre desde la cautela científica.
P.- ¿Existe un riesgo de sobredimensionar eventos clínicos excepcionales y trasladarlos erróneamente a la percepción general sobre los dispositivos de vapeo?
R.- Este riesgo ha existido siempre: la tendencia a sobredimensionar determinados eventos clínicos no es nueva. Sin embargo, en la actualidad, las redes sociales y el acceso generalizado a la información han amplificado este fenómeno, hasta el punto de hacerlo en cierta medida más difícil de controlar.
Todos tenemos derecho a la libre opinión, pero hay contextos en los que se requiere rigor científico y un conocimiento especializado que, en ocasiones, puede no estar presente. No se trata de una crítica, sino de una observación objetiva, especialmente cuando hablamos de temas sensibles que pueden tener un impacto importante en la salud pública.
Algo que quizás no se haya subrayado con suficiente claridad es que el dispositivo utilizado por la paciente de la hemorragia pulmonar no cumple con la Directiva 2014/40/UE, conocida como TPD (Tobacco Products Directive), relativa a la fabricación, presentación y venta de los productos del tabaco y productos relacionados.
P.- Desde el punto de vista de la cirugía torácica y la patología pulmonar, ¿qué diferencia existe entre el daño producido por la combustión del tabaco y el uso de dispositivos de vapeo?
R.- En este caso, hay que tener en cuenta que no soy anatomopatólogo, aunque como cirujano torácico conozco los conceptos básicos. Dicho esto, existe una diferencia conceptual interesante.
El tabaco convencional produce un patrón bien conocido de daño crónico y progresivo, que se instaura a lo largo del tiempo. En cambio, el vapeo se ha asociado con mayor frecuencia a lesiones tóxicas agudas o subagudas. Además, la respuesta inflamatoria descrita es más heterogénea y los patrones histológicos menos uniformes. Es decir, no existe un daño característico específico.
Por ello, la literatura científica señala que el diagnóstico de lesión asociada al vapeo siempre requiere correlación clínica y radiológica, ya que la histología por sí sola no siempre es concluyente.
En cualquier caso, y en aras del rigor científico, es importante hacer un matiz: aún faltan estudios longitudinales de 20 a 40 años que permitan estimar con precisión el impacto del vapeo en patologías de gran relevancia en salud pública, como el cáncer de pulmón o la EPOC a largo plazo.
P.- ¿Puede el vapeo considerarse una herramienta de transición para reducir el daño en pacientes fumadores crónicos que no consiguen dejar el tabaco?
R.- Para responder a esta pregunta, habría que considerar si estamos dispuestos a aceptar el principio de que la reducción del riesgo puede incrementar la posibilidad de disminuir la incidencia de la patología asociada al cigarrillo tradicional.
¿Y por qué digo esto? Porque diferentes organismos regulatorios se han pronunciado al respecto, aunque de una forma quizás poco conocida o, podríamos decir, en ocasiones de manera discreta. Esto se debe a que estamos ante un problema de salud pública de una magnitud probablemente única.
En cualquier caso, los informes de estos organismos no ofrecen una respuesta completamente unívoca, aunque sí existen algunos ejemplos particularmente relevantes y aclaratorios.
Por ejemplo, el Royal College of Physicians concluyó que los cigarrillos electrónicos probablemente no superan el 5% del daño asociado al tabaquismo convencional. Asimismo, un informe de las National Academies of Sciences, Engineering and Medicine señaló que los cigarrillos electrónicos contienen menos sustancias tóxicas y que la sustitución completa del cigarrillo combustible reduce la exposición a carcinógenos y tóxicos respiratorios.
También resulta muy ilustrativa la experiencia sueca con el snus, un tipo de tabaco pasteurizado de uso oral. Suecia presenta actualmente una de las tasas más bajas de tabaquismo y de cáncer de pulmón en varones en toda Europa, y diversos estudios epidemiológicos muestran riesgos sustancialmente inferiores de cáncer de pulmón, EPOC y enfermedades cardiovasculares en comparación con el cigarrillo tradicional.
Por otra parte, la U.S. Food and Drug Administration autorizó en 2019 el uso del snus —el producto que se utiliza en Suecia— permitiendo comunicar que su uso implica un menor riesgo de cáncer de pulmón, enfermedad cardiovascular y EPOC en comparación con el tabaquismo. Esta autorización fue renovada en 2024. Más recientemente, en 2025, la FDA autorizó la comercialización de 20 productos de ZYN, que no son otra cosa que bolsas de nicotina, tras una extensa revisión científica, concluyendo que contienen niveles sustancialmente inferiores de compuestos nocivos en comparación con el cigarrillo combustible.
Dicho esto, quisiera hacer un matiz personal: todo lo anterior no significa que yo esté a favor de estos productos. El objetivo debe ser claro e inequívoco: conseguir que nadie consuma cigarrillos de combustión ni otros productos como cigarrillos electrónicos, tabaco calentado, bolsas de nicotina, snus u otros derivados.
Sin embargo, la realidad es que existen millones de fumadores que no logran abandonar la nicotina. En este contexto, el uso de estos productos —que siguen siendo nocivos y deben estar adecuadamente regulados— en determinados perfiles de personas podría contribuir a reducir el daño y potencialmente traducirse en menos enfermedad, menos mortalidad y menos sufrimiento.
P.- Como cirujano torácico, ¿qué impacto sigue teniendo el tabaco en los quirófanos y en las patologías pulmonares más graves que atienden actualmente?
R.- La respuesta a esta pregunta podría ser muy compleja, pero entre los cirujanos torácicos circula una especie de broma: solemos decir que cuando desaparezca el tabaco, es decir, cuando ya no haya fumadores, podremos jubilarnos todos. Esto refleja bastante bien la magnitud del problema, ya que prácticamente trabajamos de forma casi exclusiva en el tratamiento de pacientes con cáncer de pulmón.
Cada vez disponemos de más estudios y de mayor capacidad para analizar alteraciones genéticas y del ADN, pero lo que está claro es que las estadísticas clásicas no han cambiado de forma significativa. Dicho de forma general, de todos los pacientes con cáncer de pulmón que llegan a ser intervenidos o atendidos en el ámbito clínico, aproximadamente el 80% son fumadores.
Ahora bien, esta cifra también tiene una lectura inversa: sólo alrededor del 20% de los fumadores desarrollan cáncer de pulmón. En ese sentido, lo que usted comenta probablemente tenga un peso muy relevante en la explicación global del fenómeno.
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