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Broncano: cómo la televisión pública juega con una enfermedad que padecen 8 millones de españoles

Los fumadores se preguntan que lo verdaderamente útil sería explicar cómo poder dejarlo y qué alternativas hay para ello

Esta semana la televisión pública volvió a demostrar hasta qué punto España confunde divulgación sanitaria con entretenimiento. Lo hizo a través de La Revuelta, el programa que presenta David Broncano en La 1 y que se ha convertido en una de las mayores apuestas económicas de RTVE. El formato fue contratado inicialmente por unos 28 millones de euros y posteriormente renovado hasta 2028 por otros 31,5 millones para la producción de 320 nuevos programas, con un coste cercano a los 100.000 euros por emisión.

Con semejante inversión pública, cabría esperar que cuando el programa aborda cuestiones relacionadas con la salud lo hiciera con cierto rigor. Sin embargo, cuando el tema fue el cáncer de pulmón, la sensación final volvió a ser la misma: demasiada broma, demasiada superficialidad y muy poca información útil para los ciudadanos.

Broncano realizó una conexión con el Hospital Tor Vergata de Roma, uno de los centros europeos de referencia en cirugía torácica mínimamente invasiva, precisamente en un contexto de formación internacional sobre nuevas técnicas quirúrgicas aplicadas al cáncer de pulmón. En los últimos años, el hospital italiano ha destacado por el desarrollo de procedimientos cada vez menos agresivos para pacientes con patologías pulmonares complejas, incluyendo intervenciones robotizadas de última generación.

Pero, una vez más, el espectáculo terminó imponiéndose al contenido sanitario. Se trivializó una patología grave como el cáncer y la adicción al cigarrillo de combustión, mezclando conceptos y trasladando mensajes que se alejan del rigor médico. En este sentido, la desinformación es tal que países como Reino Unido, a través de su sistema público de salud, han llegado a habilitar en su página web un apartado específico dedicado a desmentir mitos.

España tiene cerca de nueve millones de fumadores. Nueve millones de personas que ya saben que fumar cigarrillo de combustión mata. Lo han leído durante años en las cajetillas, lo escuchan constantemente en campañas institucionales y conocen las consecuencias porque las han visto en familiares, amigos o compañeros de trabajo. Repetir por enésima vez que el tabaco es perjudicial aporta muy poco. Lo verdaderamente útil sería explicar cómo dejarlo y qué alternativas hay para ello. 

La ocasión era extraordinaria. Había médicos, especialistas, pacientes y una oportunidad única para explicar cómo está cambiando el tratamiento de uno de los tumores más letales. Había espacio para hablar de diagnóstico precoz, de supervivencia, de nuevas técnicas quirúrgicas, de investigación clínica y de prevención. Había una oportunidad para divulgar ciencia.

Así, equiparar el vapeo con el cigarro tradicional no sólo resulta discutible desde el punto de vista científico, sino que puede tener consecuencias directas sobre la salud pública. Cuando se transmite la idea de que cambiar de producto no modifica el riesgo, especialmente utilizando como ejemplo a fumadores que buscan alternativas al tabaco convencional, se está simplificando una realidad mucho más compleja. Y esa simplificación no coincide con lo que sostienen numerosos estudios científicos ni con las políticas adoptadas por algunos sistemas sanitarios internacionales.

Lo primero que conviene aclarar es que vapear no es inocuo. Ningún organismo sanitario serio afirma lo contrario. Sin embargo, tampoco sostiene que vapear y fumar sean exactamente lo mismo. El propio Servicio Nacional de Salud británico (NHS) señala que los cigarrillos electrónicos no están libres de riesgos, pero son menos dañinos que fumar tabaco convencional y representan una pequeña fracción de los riesgos asociados al cigarrillo tradicional.

Tabaco de combustión

La explicación es relativamente sencilla. El cigarrillo convencional funciona mediante combustión. Al quemar tabaco se generan miles de sustancias químicas, entre ellas numerosas partículas tóxicas y compuestos cancerígenos responsables de buena parte de los daños asociados al tabaquismo. Los dispositivos de vapeo, por el contrario, eliminan la combustión y reducen significativamente la exposición a muchos de esos compuestos nocivos.

Por esta razón, instituciones científicas británicas como el Royal College of Physicians han llegado a estimar que los cigarrillos electrónicos podrían ser sustancialmente menos perjudiciales que el tabaco fumado. La cifra más citada habla de una reducción del riesgo cercana al 95 %, aunque esa estimación ha sido objeto de debate científico y debe interpretarse con cautela. Lo relevante es que existe un amplio consenso en que ambos productos no presentan el mismo perfil de riesgo.

Efectos de la desinformación

Precisamente por ello, numerosos expertos alertan de los efectos de la desinformación como ha ocurrido en el programa una vez más de David Broncano. El propio sistema sanitario británico ha advertido de que cada vez más personas creen erróneamente que vapear es tan perjudicial o incluso más perjudicial que fumar. Esa percepción puede tener consecuencias indeseadas, ya que algunos fumadores que podrían intentar abandonar el cigarrillo convencional deciden no hacerlo al considerar que cualquier alternativa es igualmente dañina.

En otras palabras, el mensaje simplista no es neutro. Tiene efectos prácticos. Puede contribuir a que muchas personas continúen utilizando el producto que concentra la mayor parte del riesgo sanitario asociado al consumo de nicotina.

Y es que, en España, el debate continúa frecuentemente atrapado entre posiciones extremas. Millones de personas siguen fumando a diario y continúan expuestas al producto más perjudicial de todos los relacionados con la nicotina: el cigarrillo de combustión. Conviene recordar que la nicotina es la sustancia responsable de la dependencia, pero la mayor parte de las enfermedades graves asociadas al tabaquismo derivan de las sustancias tóxicas generadas por el humo y no de la nicotina en sí misma.

Recursos públicos

Por eso, equiparar todas las alternativas al tabaco convencional no es una cuestión menor. Puede influir en las decisiones de millones de fumadores y afectar directamente a las estrategias de reducción del daño. El debate debería centrarse en los datos, no en los eslóganes.

La cuestión adquiere una dimensión aún más relevante cuando estos mensajes se difunden desde medios financiados con recursos públicos. Los espacios de gran audiencia tienen una responsabilidad añadida cuando abordan cuestiones sanitarias. No basta con entretener. También deben procurar que la información que trasladan al público sea precisa, rigurosa y coherente con el conocimiento científico disponible.

Al final, el debate no consiste en defender el vapeo ni en promover su consumo. Se trata de defender la precisión. Vapear no es inocuo. Pero tampoco es lo mismo que fumar. Y la evidencia científica internacional sigue señalando diferencias significativas tanto en la exposición a sustancias tóxicas como en el riesgo relativo asociado a cada producto.

Reducir toda esa complejidad a la frase «es exactamente igual» puede parecer una forma sencilla de comunicar, pero en la práctica corre el riesgo de distorsionar la realidad y perpetuar el consumo del producto más dañino. Cuando hablamos de tabaquismo, prevención y cáncer, la desinformación nunca es inocua.