Religión
San Felipe Neri

San Felipe Neri, sacerdote italiano: «Un corazón alegre está más cerca de Dios que una vida llena de tristezas»

  • Janire Manzanas
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Felipe Neri recibió sus primeras enseñanzas religiosas de los frailes dominicos del Monasterio de San Marcos, en Florencia. Cuando tenía 16 años fue enviado a San Germano para ayudar en el negocio de un primo de su padre. Durante una experiencia mística en una capilla vinculada a los benedictinos de Monte Cassino descubrió con claridad su vocación al sacerdocio. Decidió entonces apartarse de la vida cómoda y de los bienes materiales y, en 1533, partió hacia Roma con el deseo de entregar su vida al servicio de Dios.

Uno de los grandes dones que caracterizaron a Felipe Neri fue su alegría. Tenía una personalidad cercana y amable que le permitía ganarse rápidamente la confianza de quienes encontraba. Se hizo amigo de trabajadores, vendedores, empleados, niños de la calle y personas de diferentes condiciones sociales. Asimismo, dedicó buena parte de sus esfuerzos a las obras de misericordia. En 1548, junto con su confesor y 15 laicos, fundó la Cofradía de la Santísima Trinidad. Sus miembros se reunían para realizar ejercicios espirituales y, al mismo tiempo, ayudar a los peregrinos que llegaban a Roma sin recursos.

«Un corazón alegre está más cerca de Dios que una vida llena de tristezas»

La frase que se le atribuye, resume muy bien una de las características que hicieron de Felipe Neri una figura tan querida. Para él, la alegría cristiana no significaba ignorar los problemas, sino que era una actitud que nacía de la confianza en Dios. Su sentido del humor también formaba parte de su manera de acercar a las personas a la fe.

Varios siglos después, esta enseñanza tiene especial relevancia en una sociedad como la actual. En ocasiones, buscamos la felicidad en aquello que podemos conseguir, mientras olvidamos que también podemos cultivar un corazón agradecido.  La alegría de la que hablaba San Felipe Neri no era superficial, sino una alegría que nacía de sentirse amado por Dios y de saber que, incluso en las dificultades, nunca caminamos completamente solos.

En Roma quedó para siempre el recuerdo de un sacerdote que había dedicado décadas a enseñar la fe, atender a los pobres, acompañar a los enfermos y acercar a innumerables personas a Dios. Su alegría, su humildad, su sentido del humor y su intensa vida espiritual hicieron de él uno de los grandes catequistas y directores espirituales de Roma.

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