Trump tiene razón: el socialismo avanza en el Partido Demócrata
«Estados Unidos jamás será un país comunista». Así reaccionó Donald Trump en Truth Social a los últimos resultados de las primarias demócratas. Las burlas fueron inmediatas. ¿Quién, en pleno siglo XXI, 35 años después de la desaparición de la Unión Soviética, puede hablar en serio de comunismo, una ideología que parecía definitivamente arrojada al basurero de la Historia? Pero, mientras medio país discutía el tono del mensaje de Trump, las urnas contaban una historia bastante más inquietante.
Los tres candidatos al Congreso respaldados por el nuevo alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, ganaron sus respectivas primarias. Dos derrotaron a congresistas en ejercicio, una de las hazañas más difíciles de la política estadounidense. En Colorado, Melat Kiros, una abogada de 29 años afiliada a los Demócratas Socialistas de América (DSA), desbancó a Diana DeGette, representante desde 1997. Associated Press resumió las primarias neoyorquinas con un titular elocuente: Mamdani había demostrado su poder político dentro del Partido Demócrata.
El triunfo de Mamdani podía interpretarse como una extravagancia local, pero el fenómeno es mucho más amplio. La DSA ganó nueve de las diez primarias en las que presentó o respaldó candidatos en la ciudad, supera ya los 100.000 afiliados y ha multiplicado su militancia neoyorquina en apenas dos años. Reuters habla de una oleada de candidatos socialistas que empieza a desafiar al establishment demócrata en distintos estados.
Durante buena parte del siglo XX, declararse socialista en Estados Unidos equivalía a un suicidio político. Hoy, según Pew Research, el 32% de los votantes demócratas tiene una opinión favorable de los dirigentes que se definen como «socialistas democráticos». Entre los demócratas progresistas, el porcentaje supera el 50%. Entre los menores de 30 años, el respaldo ronda el 40%, una cifra impensable para las generaciones que crecieron durante la Guerra Fría.
Darializa Avila Chevalier, una de las tres candidatas respaldadas por Mamdani y vencedora en las primarias, fue cofundadora de Columbia University Apartheid Divest (CUAD), un grupo activista propalestino de la Universidad de Columbia. En una publicación difundida por la organización en una cuenta de Instagram posteriormente eliminada podía leerse: «Somos occidentales luchando por la erradicación total de la civilización occidental», junto a mensajes de apoyo a una «Intifada internacionalista» y a distintos movimientos de «liberación» del Sur Global. Hace apenas unos años, una vinculación semejante habría bastado para cerrar cualquier carrera política nacional. Hoy no impide obtener la candidatura del Partido Demócrata a la Cámara de Representantes.
Los nuevos candidatos tampoco esconden sus posiciones para tranquilizar al electorado moderado. Al contrario. Hacen campaña sobre ellas. Melat Kiros propone Medicare for All, el Green New Deal, reducir el presupuesto del Pentágono, poner fin a la ayuda militar a Israel y abolir ICE, la agencia federal encargada del control de la inmigración ilegal. Darializa Avila Chevalier defiende igualmente la desaparición de ICE, la renta básica universal y un sistema sanitario completamente público. Kiros resume así el espíritu de esta nueva generación política: «La gente está viendo que el capitalismo es responsable de buena parte de la degradación de nuestra economía, de nuestra democracia y de nuestro clima. Exigen una nueva forma de organizar la economía».
Los Demócratas Socialistas han renunciado a crear un tercer partido. El sistema electoral estadounidense lo hace prácticamente imposible. Su estrategia consiste en conquistar el Partido Demócrata desde dentro. Bernie Sanders abrió el camino. Alexandria Ocasio-Cortez le dio un rostro nacional. Mamdani demuestra ahora que esa corriente ya puede fabricar candidatos propios, derrotar al aparato y extender su influencia sobre otros aspirantes.
El cambio resulta todavía más llamativo si se recuerda de dónde viene el Partido Demócrata. Fue el partido de John Kennedy, de Bill Clinton y del Barack Obama que llegó a la Casa Blanca prometiendo responsabilidad fiscal, crecimiento económico y una reforma sanitaria compatible con el mercado. Hoy, una parte cada vez más influyente de su militancia reivindica el socialismo como una credencial política.
Hace apenas una generación, un aspirante que alabara el socialismo, propusiera abolir la principal agencia federal de control migratorio o apareciera vinculado a una organización que proclamaba la «erradicación total de la civilización occidental» habría visto terminada su carrera política antes de empezar. Hoy gana primarias en distritos seguros y se prepara para llegar al Congreso.
El socialismo ha dejado de ser un estigma dentro del Partido Demócrata. Gana primarias, desplaza a los apparatchiki tradicionales del partido y empieza a decidir quién representará a una importante proporción de ciudadanos en Estados Unidos.
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