Si Dior quiere
El Senado español es el plató del melodrama institucional donde se cita la alta comedia democrática: una comisión de investigación, un presidente de folletín y un corrillo de simuladores que preguntan, mientras el país entero finge que espera respuestas. El rito exige que todo parezca control, sin serlo. Él sonríe, ellos gesticulan, las cámaras graban, los votantes bostezan. Democracia participativa, pero sin democracia.
Sánchez lo sabe y le hace muchísima gracia. No necesita argumentos, ni disimulos: le basta con existir. Su presencia es una demostración de fuerza, su risa una firma. En lugar de enfrentarse a la crítica, la administra; en vez de responder, posa. Sánchez sabe que en el sanchismo la estética del dominio sustituye al ejercicio del poder. El silencio es su discurso; la ironía, su política exterior.
La novedad, dicen los periódicos, fueron las gafas. Sí, de Dior, pero ¿eso importa? No. Si Dior quiere, que sean Prada el año próximo; lo nuclear es que la prensa y la política, en vez de fiscalizar, se deslizan por la pendiente del postureo y la irrelevancia.
Los senadores, pocos y furiosos, se desgañitaron como actores secundarios que ensayan una tragedia sin público. Y mientras ellos exigían explicaciones, él se entretenía (como quien extiende a una familia de gatos una madeja) como quien sabe que no tiene a quién dárselas. Es la performance del despotismo. El presidente comparece, el país, a las gafas, la rana cantando debajo del agua y algunos percibimos —durante unos minutos— que algo se está cocinando en el horno del vecino.
Por eso, cuando alguien pregunte qué ocurrió en el Senado, la respuesta no será «el presidente fue interpelado», sino «el presidente estrenó gafas».
El problema no es la montura, ni el color carey con toque vintage ni el precio, que a estas alturas debería tener cualquier presidente con presbicia y sentido del estilismo. El auténtico escándalo es que el Senado —supuesto altavoz institucional, órgano de control del Ejecutivo— no pinta nada, ni cuestiona nada; es la infusión de manzanilla perfecta para un dolor psicosomático generalizado al que nadie hace ni caso.
Una mira la sesión, repleta de senadores enojados y preguntas lucidoras, y se da cuenta de que la única estrategia es el escaqueo brillante: recrear por espacio de unas horas el simulacro de la soberanía, la gran evasión de la rendición de cuentas, el «no pasa nada porque nunca pasa nada». Sánchez lo sabe y lo gestiona con esa serenísima superioridad, alternando respuestas baratas, con subidas y bajadas de sus gafas Deluxe, arriba y abajo, y el país asiste al ritual litúrgico de la impunidad institucional.
Hoy, todos los titulares y los trending topics versan sobre moda, moda en monturas vintage, ni rastro del caso Koldo ni de la calidad del control gubernamental, porque son de marca, y de 300 euros, «lujo silencioso…». ¡Eficacia ausente! El accesorio oculta la nada, la comedia rellena el pavo y el problema se disuelve entre chascarrillos fashion mientras el poder sigue blindado por un cristal grueso que nadie sabe si es óptico o político.
Mañana, si Dior quiere, volveremos a hablar de chorradas, y el Senado seguirá siendo ese circo nacional que apunta Sánchez, el estiloso, para que nada cambie y todos pensemos que estamos a punto de pasar algo relevante. Hasta entonces, que nos conserve la presbicia.
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