Schengen para todos, Gibraltar británico
España lleva tres siglos reclamando Gibraltar con la constancia patética del amante que perdió a su musa en una partida de cartas y sigue escribiéndole sonetos. Nos arrebataron el peñón en Utrecht como quien roba el anillo en un divorcio y, desde entonces, no hemos hecho otra cosa que mirar esa roca como la suegra ve a la nuera: con desconfianza y deseo de revancha.
La verja, esa cicatriz de hierro entre dos mundos, fue el último símbolo franquista que sobrevivió al régimen. Franco la cerró en el 69 como quien cierra un ataúd: para siempre. Y luego llegó Felipe González con la palanca europea y la fue abriendo poquito a poco, que si los peatones, que si las llamadas, que si los trabajadores.
Y ahora llega Pedro Sánchez, tan poco esteta como pragmático, tan dado a la frase como al gesto —y últimamente muy encerrado en su propio búnker— para anunciarnos que la verja desaparece. Que España, el Reino Unido y la Unión Europea han alcanzado un acuerdo: Gibraltar pasará a formar parte del espacio Schengen. Lo que no dice es que seguirá siendo británico. España podrá desplegar agentes en su puerto y en su aeropuerto, sí, pero sin tocar un solo milímetro de soberanía. Es decir, lo celebramos como una victoria cuando, en realidad, es otra cesión más.
Se habla de cooperación, de zona de prosperidad compartida, de nuevo paradigma. Y yo me pregunto: ¿compartida con quién? ¿Con el gobernador-ministro inglés -Picardo- que se niega a reconocer cualquier avance hispánico? ¿Con el Chief Minister que se hace el europeo mientras baila al son del Foreign Office? Nos invitan a la fiesta, sí, pero nos hacen entrar por la cocina.
Mientras tanto, Albares se alegra. Se alegra como quien ve que el ex se ha casado con otro, pero al menos le deja entrar a recoger el cepillo de dientes. Celebra lo simbólico como si fuera sustancia. Que quiten la verja no es victoria: La soberanía sigue ondeando con la Union Jack. Y España —tan dada al teatro con Sánchez— aplaude desde la grada.
Gibraltar no es español, es inglés del todo. Es un lugar intermedio, un híbrido fiscal, una anomalía colonial en tiempos de globalismo. Y nosotros, en lugar de poner la diplomacia al servicio de la historia, la hemos puesto al servicio del turismo. Lo hemos hecho Schengen porque nos interesa la foto, el titular, y sobre todo, el relato a la Unión Europea. Como si fuera un primer paso para que en un futuro Reino Unido volviera al viejo Continente.
Recuerdo que decía un escritor que a este país lo ha salvado la literatura. Pues que alguien escriba esta farsa, porque la historia ya no se atreve. Y que le ponga título: La verja cayó, pero el muro sigue en pie.
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