Sánchez, el punto débil en el Estrecho de Gibraltar
Los españoles ignoran no sólo su historia y sus triunfos, sino, también, la inmensa potencia que les da su posición geográfica en el Estrecho de Gibraltar. En cambio, los demás países, sobre todo los enemigos, lo saben y se aprovechan de nuestra indiferencia para anularnos.
La colonia de Gibraltar ya no constituye una etapa en la «ruta a la India» británica, pero ésta sigue siendo una base militar y de espionaje fundamental para Estados Unidos, a fin de mantener abierta la conexión con Israel. Hay tres países con costa en el Estrecho: España, Reino Unido y Marruecos, al que podemos añadir los mismos Estados Unidos, ya que, gracias a la base naval de Rota, en la bahía de Cádiz, se encuentran más cerca de esa vía de comunicación que Portugal o Argelia. España, además, tiene presencia en los dos continentes gracias a la ciudad de Ceuta, portuguesa desde 1415 y española desde 1640 y reclamada, al igual que Melilla, por los sultanes marroquíes desde que éstos recuperaron su independencia en 1956.
La potencia hegemónica anglosajona, primero Inglaterra y luego Estados Unidos, está decidida en que el control del Estrecho resida en manos amigas, sean quienes sean. Y, desde el final de la Segunda Guerra Mundial (Guerra Fría, fundación de Israel, independencia de Marruecos, shock del petróleo) cuando se ha producido una crisis Washington ha respaldado a su aliado de más confianza en ese momento, al margen de factores como los tratados o la democracia.
En 1975, cuando el general Franco agonizaba y el rey Hassán II lanzó su operación para invadir el Sáhara español y salvar su cabeza, Estados Unidos optó por el monarca marroquí, ya que el ambicioso príncipe Juan Carlos de Borbón estaba dispuesto a entregar lo que le pidieran para tener, también él, un trono. En cambio, en 2002, cuando un puñado de gendarmes enviados por el majzén marroquí se instaló en el islote de Perejil, la Casa Blanca se decantó por el gobierno español debido a la relación entre George Bush y José María Aznar.
Sin embargo, desde 2018 gobierna España el más repugnante presidente de gobierno que hayamos tenido desde Godoy, el socialista Pedro Sánchez, y bien que lo saben los que están interesados en dominar el Estrecho de Gibraltar. La conducta de Sánchez confirma esa máxima de la diplomacia: «En política internacional, o estás sentado a la mesa o eres parte del menú». Y Sánchez y el PSOE han convertido a los españoles en plato de ese carta, como estamos viendo ante la invasión de Ceuta por hordas de marroquíes, que no huyen de ninguna guerra ni de ninguna hambruna, sino que vienen a vivir a costa de nosotros, como los musulmanes que derribaron el reino hispanogodo.
Cuando Gran Bretaña se retiró de la UE (2020) España gozó de la mejor ocasión desde el sitio de 1779-1783 para, si no recuperar la colonia de Gibraltar como ya sentenció la ONU, al menos apretar el dogal en torno al Peñón, contando con el respaldo de la Unión Europea. Bruselas encargó a Madrid que negociase en su nombre con Londres el acuerdo de comercio y cooperación sobre Gibraltar. El contenido de este tratado, que entró en vigor el 15 de julio de manera provisional, se puede juzgar por la alegría incontenida del ministro principal de la colonia, Fabián Picardo.
Y antes de que acabe julio, otra de las potencias presentes en el Estrecho ha realizado un nuevo movimiento que acorrala a España a costa de su soberanía y su seguridad.
Vistas las humillantes relaciones del PSOE con la casa real alauita, como el desmantelamiento de la unidad de la Guardia Civil que combatía el narcotráfico en el Estrecho, el bloqueo de las aduanas de Ceuta y Melilla y el etiquetado de los productos agrícolas cosechados en el Sáhara ocupado, cabe preguntarse si el ataque a Ceuta responde a que se ha torcido la negociación de algún asunto entre Mohamed y Sánchez. ¿Se trata de subvenciones o de otras cosas?
Una de las razones puede ser la visita de Sánchez a Argelia el 20 de julio. Ante el presidente de la república, el octogenario Abdelmadjid Tebboune, el español declaró que Argelia es «un socio estratégico» para España y anunció que ambos gobiernos celebrarán este otoño una Reunión de Alto Nivel (RAN), como las que también mantienen España y Marruecos.
Argelia, protectora de los saharauis, sigue bloqueando la exportación de gas natural a Marruecos, cortada en 2021 debido, según Argel, a la actitud hostil de Rabat, y ha prohibido a Madrid la reexportación de su gas, que llega a Almería. ¿Pretende el majzén dejar claro a Sánchez que no debe olvidarse de que no tiene más socio en el norte de África que Marruecos?
Quizás haya otra razón, situada en una esfera distinta de la geopolítica y las materias primas. Mientras miles de sus súbditos irrumpían en Ceuta, algunos incluso al precio de sus vidas, Mohamed VI celebraba a pocos kilómetros el 27º aniversario de su entronización. Entre los asistentes, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino. En unos meses, la FIFA decidirá dónde se jugará la final del Mundial de 2030 y el sultán quiere que sea en Casablanca, donde se está construyendo el mayor estadio del mundo, con capacidad para 115.000 espectadores. Como ya hemos contado aquí, la victoria de la selección española irritó no sólo a los separatistas, sino también a Marruecos y sus ensobrados en España y la FIFA, porque dificulta la concesión de la final a Casablanca.
La diplomacia marroquí, como ocurre con los países árabes, más el añadido del protocolo de un despotismo oriental, actúa con hechos y ofensas, envueltos en silencios que los destinatarios tienen que descifrar. El mensaje innegable desde hace años es que el sultán manda y Sánchez obedece.
Todos los actores de la política internacional, desde Trump a Putin, desde Mohamed a Netanyahu, desde Picardo a Von der Leyen, saben quién es el pagafantas en el Estrecho de Gibraltar. Y no es España, sino Sánchez. ¿Por qué… o por cuánto?
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