El Rey, la Reina y la melancolía
Lo primero es antes que nada. Me niego a dar pábulo a toda una sarta (últimamente en España todo pasa por embutidos y fiambres) de dimes/diretes, conjeturas, acerca de lo que ocurre en los vestidores de La Zarzuela. Al fin y a la postre, la Familia Real es, antes que nada, una familia y quien más y quien menos todos pertenecen a alguna.
Escrito lo anterior vamos a lo mollar. El Rey Felipe VI lleva reinando –que no gobernando, asunto éste que se olvida con frecuencia– más de una década. Y durante esos diez años, conducido por una prudencia incluso algo exagerada, se ha preocupado de instalarse en su rol constitucional sin apartarse un ápice del mismo.
A la izquierdona, una ultraizquierda de la que participan Sánchez y su Gobierno, le importa una higa lo que haga y diga el Monarca. Buscan la decapitación, y punto. A una parte de la derecha, más radical y ultra que nunca, le gustaría que el Jefe del Estado se condujera de acuerdo con su manera de entender la cosa, sin comprender la propia situación coyuntural del Rey. Recuerdo que hace algunos años, recién producido el relevo en la Jefatura de la Casa Real, durante un acto con organizaciones de autónomos pregunté a Don Felipe entre bromas si se consideraba un «autónomo»; respondió con sorna:
-¡Hombre! Autónomo, autónomo, la verdad es que soy poco…
La cosa para él y su familia ha ido a peor desde entonces.
El mute real a propósito del Premio Nobel a María Corina Machado resulta sorprendente hasta cierto punto. ¿Lo ha hecho motu proprio? ¡Imposible! Sin embargo, el no-gesto ha quedado ahí, para la historia.
Todo el mundo en España debería conocer algo sobre las relaciones de La Zarzuela con su primer ministro antes de dar cuartos al pregonero. Es un hecho cierto que Sánchez ostenta el Poder Ejecutivo de la nación, pero tiene fecha de caducidad se mire por donde se quiera.
El Jefe del Estado se encuentra en la misma tesitura que la nación española que representa. Dar agua mientras se cambian las cañerías.
PD. Un poquito más de «memoria histórica» en su entorno respecto a quién es quién no haría ningún daño y se tendría en cuenta cuando las cosas se pongan más de color gris. El morado ya está instalado.
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