Resistir en vez de gobernar
Parecía que Pedro Sánchez tenía un superpoder casi mágico que le permitía convertir cada batacazo en un pequeño accidente del camino que le servía para seguir avanzando. Fracasaba en una sesión de investidura, se liaba a cuchilladas en un comité federal, se descalabraba en una comunidad autónoma o se dejaba media piel en unas municipales, y, después, Sánchez salía reforzado una y otra vez, dando la sensación de que el presidente del Gobierno encarnaba efectivamente todo aquello de lo que presumía en ese manual de resistencia que hizo que le escribiera la socialista Irene Lozano a cambio de un notable impulso a su por entonces maltrecha carrera política. Quizá hasta los militantes socialistas llegaron a creer que esa capacidad de resistencia les serviría a ellos para mantenerse aferrados cada uno a su pequeña cuota de poder. Hasta que esa leyenda ha empezado a hacer aguas por todas partes. Los últimos resultados electorales ya no son pequeños tropiezos, sino síntomas claros de una hemorragia, la militancia se va quedando sin sustento y las razones para creer en Sánchez, el superresistente, van desapareciendo.
El problema de Pedro Sánchez ya no es solo que hayan dejado de salirle las cuentas elección tras elección. El próximo día 28 su hermano, el músico vago, se sentará en el banquillo de la Audiencia Provincial de Badajoz, acusado de prevaricación y tráfico de influencias, junto a otros diez cargos de la diputación socialista. La ‘catedrática’ Begoña Gómez tendrá que comparecer después del verano ante un jurado popular que podrá condenarla por tráfico de influencias, corrupción en los negocios, malversación de caudales públicos y apropiación indebida, que es como los abogados llaman a robar.
Pronto conoceremos la sentencia del ‘caso mascarillas’, que afecta al que fuera su mano derecha durante tantos años, José Luis Ábalos. En breve comenzarán a pasar por los juzgados los testigos que pueden implicar al ministro Ángel Víctor Torres y a la presidenta del Congreso, Francina Armengol. Se siguen conociendo cada vez más evidencias del caso hidrocarburos, que salpica a Reyes Maroto y Teresa Ribera, y del caso Plus Ultra, donde se habla del expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero. Mientras, continúan las investigaciones de la UCO de la Guardia Civil acerca de la implicación del socialista Santos Cerdán en la trama de comisiones y adjudicaciones ilegales de Acciona y Servinabar. El panorama judicial que acecha a Pedro Sánchez y al PSOE es tan amenazante como el electoral.
Está ya tan agotada la estrategia de supervivencia que durante tanto tiempo le funcionó, que resistir ha dejado de ser sinónimo de fortaleza y empieza a oler a desesperación. Perdiendo elección tras elección, sin ser capaz de aprobar unos presupuestos generales en toda la legislatura, sufriendo una derrota tras otra en el Congreso y gobernando por decreto, en realidad el Gobierno ya no gobierna y solo se dedica a apagar fuegos y generar polémicas que distraigan la atención de que Sánchez solo está intentando alargar el tiempo en el que siga teniendo bajo su mando a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y a los organismos judiciales que investigan a su familia, a su partido y a todo su entorno más cercano, dedicando más energía a sobrevivir un día más que a dar un rumbo mínimamente coherente al país.
Hace mucho tiempo que Pedro Sánchez no puede pisar una calle de la que, previamente, no se haya alejado a los ciudadanos para rodearlo de actores. Cada vez más españoles han dejado de ver al Partido Socialista como una organización en la que se puede confiar y han empezado a imaginar cómo va a ser el día después de que desaparezca el sanchismo. El PSOE debe decidir si quiere sobrevivir a Sánchez, aunque lo mejor para España sería que vuelvan a equivocarse uniendo su destino al de su actual secretario general.
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