Opinión

Psobre

Hace ya ocho años que España cayó en el pozo más infecto de cuantos existen en el universo político, tantas veces replicado en la historia con consecuencias fatales en lo económico, social y cultural, sin que el aprendizaje haga mella aún en la amaestrada ciudadanía. El socialismo suele instaurar, siempre que llega al poder, un sistema perverso de incentivos a su causa que se basa en extorsionar al que trabaja mediante saqueos constantes, persecuciones fiscales y trabas a la creación de riqueza para mantener a los que no producen, conformando una bolsa creciente de votantes dependientes, pobres y agarrados a una subsistencia por la que matarían, si hiciera falta.

España no es hoy una excepción en esa continuidad histórica. La cantidad de personas receptoras de subvenciones, ingresos mínimos vitales (denominado así para no llamarlo compra perfecta de votos), que no han cotizado un solo día al sistema que les proporciona subsistencia es tan desproporcionada, que lo insostenible empieza a ser costumbrista. Cuando la pirámide de mantenidos es mayor que la de mantenedores, el socialismo, como cultura de pobreza y muerte, triunfa sin remisión.

Afirmaba en días recientes el emprendedor argentino Martín Varsavsky que en cuanto la gente prospera, deja de votar socialismo. Es evidente la lógica de esta reflexión: la prosperidad es incompatible con el socialismo porque el socialismo necesita cadenas que el hombre próspero no está dispuesto a asumir: la libertad exige crítica y capacidad de discernir dentro del libre albedrío de las decisiones que más afectan al proyecto de vida de cada uno. El socialismo es todo lo contrario: comprar, por la vía del Estado, la conciencia ajena para dictaminarle cómo debe pensar, actuar, vivir y, por supuesto, votar.

En ese proyecto, el lenguaje como ventana con la que miramos al mundo, se convierte en la herramienta esencial del socialismo para controlar las mentes. Todo lo que emana de boca de un socialista parece bonito, realizable y éticamente intachable, si exceptuamos que toda su retórica es una inmensa capa de maquillaje moral. Al robo le llaman solidaridad, a la mentira, verdad, y a la guerra, paz. Y así construyen un nuevo neolenguaje cien años después de que Orwell lo inventara con Winston de personaje principal.

Todo esto viene a colación del enésimo desfalco a las arcas públicas del partido que, tarde o temprano, va a sentarse como entidad jurídica para aclarar los cargos de presunta financiación ilegal. Ahora, a cuenta de la ayuda a la cooperación al desarrollo: miles de millones de euros que van a parar a países exóticos -y cercanos- mediante entidades y organizaciones creadas ad hoc para fines que encajan en la agenda ideológica del Gobierno, pero no vienen a solucionar nada. Como tampoco soluciona financiar colegios en Marruecos por el mismo importe por el que te niegas aquí a sufragar el coste de tratar a los enfermos de ELA.

Mientras apuran a los inspectores de Hacienda para que rastreen, saqueen y fiscalicen hasta el último céntimo de euro del contribuyente, el antiguo número tres de la agencia tributaria está imputado por haber cobrado mordidas de empresarios a cambios de evitarles inspecciones fiscales. Al mismo tiempo que a un autónomo no le permite la cueva de Alí Babá desgravarse ni la grapa de un folio, la titular de Hacienda, hoy candidata a la Junta de Andalucía, miraba para otro lado ante los millones de euros de dinero público que la SEPI autorizaba para rescatar empresas extranjeras en quiebra.

Mientras a muchos trabajadores que han cotizado toda su vida en este sistema caduco, enfermizo y estafador apenas les llega para pasar el mes, y ven cómo sus impuestos se gastan en prostitutas, asesores incapaces y desvío de dinero a paraísos fiscales, al que viene en avión o barco esclavista, junto al que Marruecos exporta vía chantaje telefónico, se le dan prebendas, ayudas y manutención como si hubieran mantenido por sí solos la nación desde Recaredo. En España hay gente sin casa pagándosela a extranjeros que llevan medio minuto en el país, previo negocio oenegé. Cuando la mayoría de los que sostienen el cotarro empiezan a ser cansada e indignada minoría, y el dinero que estos aportan no se destina a mantener nuestra seguridad vial y física sino a todo lo contrario, a ponerla en serio peligro, entonces es momento de concluir que no estamos en manos de inútiles, sino de mafiosos con carné de partido.

Y estos no llegaron, como siempre dicen, para mejorar la vida de la gente, de aquellos que menos tienen, de los que no se pueden permitir llenar la nevera. Resulta que intentaron convencernos de que su discurso contra la corrupción provenía de personas inmaculadas en su trayectoria, santos varones que arreglarían el país y se irían a sus trabajos bien remunerados en lo privado.

Tardamos poco en descubrir que, en realidad, se trataba de una banda de ladrones, golfos y delincuentes organizados para ostentar el poder y delinquir en él. Desde entonces, todo ha sido una lucha entre la verdad y su relato, entre su delito y la justicia, entre el ciudadano crítico y el pesebre subvencionado. Con lo que nos roban cada día, una parte lo destinan a sus cuentas opacas en paraísos fiscales, otra parte, no menor, a ocio y comidas varias, entre prostitución y ágapes de lujo subvencionados con los onerosos impuestos. Y el resto, a comprar voluntades políticas, alauitas y publirreportajes por el mundo, a mayor gloria del felón napoleónico.

Nadie destroza lo público como un defensor de lo público, esto es, un socialista, de mentalidad o sigla. Si a la ausencia de moral y escrúpulos mercenarios se le suma impunidad política y anestesia social, tenemos al partido que más y mejor ha traicionado, desfalcado y arruinado España: el Partido Socialista Bien Remunerado, Psobre.