Opinión

PP y Vox, obligados a entenderse

B. C. Forbes, fundador de la revista Forbes, decía: «Todo negocio que no es rentable para la otra parte acabará por no serlo para ti. Únicamente un negocio que conduce a la satisfacción mutua puede ser mantenido». Cualquiera que tenga una mínima experiencia en negociaciones sabe que los mejores acuerdos son aquellos en los que ambas partes terminan pensando que son quienes han salido ganando, porque sólo en ese tipo de tratos se producen pactos sostenibles a largo plazo, maximizando los beneficios para todas las partes. Comenzamos cualquier tipo de negociación con una idea de lo que esperamos conseguir y la terminamos con un trato que no suele coincidir completamente con nuestras expectativas iniciales, pero que siempre será infinitamente mejor que no llegar a ningún acuerdo.

Por tanto, el primer punto en el que tienen que ponerse inmediatamente de acuerdo los dirigentes del Partido Popular y de Vox, que se están encargando de negociar en Extremadura, Aragón y Castilla y León, es que dichas conversaciones van a finalizar forzosamente con un acuerdo que evite una repetición electoral y garantice que en esas comunidades habrá un gobierno de centro derecha, que es la voluntad expresada mayoritariamente en las urnas por sus ciudadanos. Sentada esa base fundamental, resultará muchísimo más sencillo progresar en otros acuerdos que, obligatoriamente, deben concretarse en un programa de gobierno, unas partidas presupuestarias y, siempre después de tener eso decidido, los nombres de las personas que asumirán las máximas responsabilidades.

Menos mal que parecen haber abierto ya los ojos aquellos nefastos analistas que, tanto entre la prensa como entre los responsables del PP, llegaron a la conclusión, tras las elecciones generales de 2023, de que, para ganarle a Sánchez, forzosamente tenía que desaparecer Vox, porque eso es algo que no está en sus manos, sino únicamente en las de unos votantes que no son los suyos y a los que ese tipo de mensajes solo les reafirma en sus convicciones. El bipartidismo terminó tras la mayoría absoluta que consiguió Mariano Rajoy en 2011. Hasta esas elecciones, entre el PP y el PSOE siempre sumaban más de 300 diputados que, a partir de 2015, han estado rondando los 200. Eso obliga a cambiar la actitud de unos partidos que se habían acostumbrado a gobernar o a liderar la oposición sin tener que pactar nada más que un par de cesiones menores con los independentistas vascos y catalanes.

La izquierda ya ha demostrado que lo ha entendido. Nadie duda de que en cualquier ocasión en la que el PSOE y los partidos a su izquierda tengan la oportunidad de evitar que gobierne el PP, van a llegar inmediatamente a un acuerdo. El centro y la derecha van a tener que aprender a ganar, porque es evidente que aún no saben hacerlo. Las campañas electorales no pueden hacerse peleándote contra aquellos con los que luego vas a tener que pactar, porque eso dificultará los acuerdos posteriores y, lo que es mucho más importante, porque a quien tienes que vencer no es al que luego será tu socio. No te sirve de nada ganar dos escaños si lo haces a costa de que quien luego va a sumar contigo pierda cuatro. Tienes que conseguir movilizar a tu electorado sin desmovilizar al de tus socios, al mismo tiempo que, entre ambos, os centráis en lograr que los que se queden en sus casas sean quienes votan a los verdaderos enemigos políticos de ambos. Es algo tan básico que cuesta entender cómo no lo han asumido aún.

La inmensa mayoría de los votantes del Partido Popular y de Vox tiene claro que sus papeletas deben servir para quitarnos de encima un socialismo sanchista del que estamos todos hasta las narices. Si alguien vota a cualquiera de esos dos partidos y luego comprueba que su voto no ha servido para nada, existen muchísimas posibilidades de que en la siguiente elección se quede en casa y que su abstención acabe beneficiando a Pedro Sánchez. Los de Feijóo y los de Abascal tienen que sentarse alrededor de una mesa de negociación de la que no se levanten hasta haber llegado a un acuerdo y, después, dejar de pelearse entre ellos y centrarse en lo verdaderamente importante: liberar a España del sanchismo.