Periodismo de felación
Lo que de verdad te enseñan cuando estudias Periodismo, gran oficio perfectamente prescindible en los planes de estudios universitarios, es que el periodista debe, ante todo, vigilar, fiscalizar, cuestionar y denunciar al poder, se encuentre donde se encuentre y adopte la forma que adopte. La función del periodista es contar lo que pasa a quien no sabe que algo existe. Es abrir la ventana a ver si llueve mientras en la habitación se discute el clima. Poner rostro a quien no puede ver y voz a quienes han sido silenciados. Es rebelarse, no adaptarse, es usar las fuentes, no jugar con ellas. Es respetar la información y al informante, al lector y contribuyente. Porque un periodista se debe a la verdad, que es su oficio, salvo los cínicos, que se dedican a otra cosa.
Hay periodistas acreditados en el palmerismo. Algunos, incluso, lo llevan insertado en el apellido. Dedican sus minutas televisivas a pontificar sobre el buen o mal periodismo mientras replican argumentarios enviados por guasap, a tanto la tertulia y el mensaje. Son activistas profesionales, que se reúnen en torno a asociaciones gremiales como palomas esperando el alpiste público. Denuncian que haya quien, bajo formas cuestionables, pregunte al Gobierno y sus socios, lo que ellos, atrapados en la felación de taberna, son incapaces de hacer. Prefieren sentarse con el poder para palmear su ego, defenderlo en articulitos y criticar a quien denuncie sus excesos, para luego plantear un descrédito del debate público que sólo se produce porque las ovejas quieren seguir siendo vigiladas por el perro.
Un periodismo libre apuntala democracias fuertes. Una democracia débil extermina todo periodismo libre. Hoy en día, y eso es lo que molesta a los activistas del sanchismo, cualquier ciudadano puede cuestionar al periodista y éste ser ridiculizado, por su servil sumisión a unos intereses concretos, con la hemeroteca haciendo de Archivo de Indias. La decencia moral y ética profesional nos obliga a estar con los que publican las desviaciones del mando supremo, los escándalos de gobernantes y siervos, y las corruptelas de presidentes y familias. Lo demás, lametraserismo del poder.
Empero, el columnismo patrio sigue escribiendo, entre lametones mutuos, sobre cuestiones que ya han quedado escritas hace mucho acerca del carácter y personalidad autócrata de un sujeto con evidentes pulsiones liberticidas, virtud que sus nóminas excelsas les impiden ver. La mayoría ejercerán de valientes a posteriori, cuando la Justicia determine lo que el periodismo libre sí denuncia. Mientras ellos, pedretes feladores, seguirán pontificando sobre buen o mal periodismo y pasarán a la historia sin hacer una sola pregunta, en el Congreso o fuera de él, sobre los casos de corrupción del Gobierno más golfo de la democracia. Nadie les bajará de su poltrona mediática, porque su trabajo de palmeros a sueldo ha costado mucha pesca de bajura. No se llega a conformar un ejército de paniaguados y dirigir tertulias, acudir a ellas o escribir en medios que soportan el noventa por ciento de la subvención gubernamental sin la iniciación al arrastre. Y si al final, Sánchez no amaña las elecciones, por vía legal o ilegal, por lo civil o lo criminal, virarán sus intereses al sol que más caliente y paga. Y como la derecha política adolece de inteligencia para recordar estas cosas, les colocarán debidamente cuando llegue el momento. Así se ha escrito desde Suárez la historia del periodista egipcio.
Recuerdo que Sánchez impulsó una ley para combatir el bulo y la desinformación cuando los principales adalides de esta deontología a la inversa son sus medios de cabecera: no hay más desmentidos, cartas al director, correcciones de la comunidad digital y llamadas de oyentes pidiendo rectificar una información, noticia, reportaje o directamente llamando mentiroso al escriba que perpetra su hagiografía que los que sufren a diario los medios patrocinados y pagados por el Gobierno. El sueldo público del palmero a sueldo se estira tanto como sus babas sumisas. ¡Que tiemblen Camba, Azorín, Chaves Nogales y Pla! que ahora a la tribuna de estos asesinos de Kapuscinski se le llama sábana de babas.
Perseguir lo que se cultiva es una nueva muesca en el revólver trilero de quien ha deformado tanto los fundamentos democráticos de una sociedad que ni sus principales amanuenses y bufones distinguen percepción de realidad, de ahí que se ofusquen cuando alguien, sea político, periodista o ciudadano libre, acude a cantarle las verdades del barquero a esas sonrisas del régimen que, por cobardía moral o necesidad de parné, escriben, opinan y tertulianean como si nada, mientras el dinosaurio aún sigue aquí.
Cuando estudié Periodismo creía en poder contar las cosas que importan. Con los años, he comprobado que lo que importa son las cosas que cuentan. Y que ahora lo que cuenta es el marco ideológico de quienes cuentan lo que ocurre a través de los que deciden qué pasa.
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