Opinión

Pedro Sánchez y el síndrome de Chernóbil

  • Pedro Corral
  • Escritor, investigador de la Guerra Civil y periodista. Ex asesor de asuntos culturales en el gabinete de presidencia durante la última legislatura de José María Aznar. Actual diputado en la Asamblea de Madrid. Escribo sobre política y cultura.

Este año se han cumplido 40 años de la peor catástrofe nuclear de la historia, cuando una cadena de errores en una prueba experimental de seguridad, unida a una política de abaratamiento de costes en esas mismas medidas de seguridad, provocó el 26 de abril de 1986 la explosión del reactor 4 de la central Memorial Vladimir Ilich Lenin de Chernóbil, en la antigua URSS.

El aniversario me empujó a trastear en Internet para rememorar lo ocurrido, lo que ya hace años había conseguido de forma escalofriante la serie Chernóbil, escrita por Craig Mazin y dirigida por Johan Renck. Su protagonista es Jared Harris, que encarna a Valeri Legásov, el científico clave en la comisión gubernamental encargada de investigar lo ocurrido.

Las decisiones de Legásov después del accidente evitaron una catástrofe mayor. Por algo se le conoce como el «héroe de Chernóbil» en una tragedia que tuvo tantos. Pero no fue menor su relevancia a la hora de poner al descubierto la trama de corrupción, incompetencia y mentiras del Gobierno soviético.
El afán de transparencia de Legásov chocó frontalmente con la voluntad de las autoridades soviéticas de silenciar lo ocurrido. Después de prestar declaración sobre la catástrofe en la sede en Viena de la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA), fue destituido de sus cargos y responsabilidades. Condenado al ostracismo, se suicidó el 27 de abril de 1988, dos años después de la explosión nuclear.

Entre los innumerables artículos con la referencia de Chernóbil me llamó la atención el de un experto en filosofía empresarial, Rik Vera, que en 2019 había acuñado precisamente el término «cultura del síndrome de Chernóbil» para describir una manera letal de afrontar los cambios en las empresas.
Lo que ocurrió en Chernóbil fue, para este experto, la consecuencia de un rígido sistema de toma de decisiones, tan rígido que al final nadie podía tomar aquellas que corrigieran las ya estipuladas, aunque estas pudieran conducir a la catástrofe.

«Los altos directivos -escribía Rik Vera- recibían instrucciones de las autoridades, los mandos intermedios de la alta dirección y los gerentes operativos de la gerencia intermedia. Lo único que debían hacer era obedecer y seguir las instrucciones, incluso si eso les acarreaba una muerte segura e inúti».

En Chernóbil, en realidad, nadie tomó decisiones, nadie pensó por sí mismo. «No había lugar para ningún guion alternativo ni improvisación. La explosión del reactor 4 era un suceso imposible y, como tal, no encajaba en ningún guion», apunta este experto.

«El personal operativo -continúa- tenía miedo de decir la verdad a la gerencia intermedia, que tenía miedo de decir la verdad a los gerentes superiores, que tenían miedo de decir la verdad a las autoridades, y a quienes se atrevían a abrir la boca se les ordenaba callarse de la manera más amenazante».

En definitiva, en Chernóbil, según Rik Vera, «no se trataba de desconocer lo que uno desconoce, sino de no querer saber lo que uno sabe». Este podría ser el epitafio del mandato de Pedro Sánchez en estos años de su funesto «novenio negro».

Es el retrato exacto de su catastrófica actitud ante la pandemia de COVID-19, con una de las peores gestiones del mundo en pérdida de vidas y crisis económica, pese a que la OMS declaró la alerta sanitaria internacional el 30 de enero de 2020.

Aquí el Gobierno minimizó letalmente el peligro, hasta el punto de que el propio Sánchez anunció el 10 de junio de 2020 el fin de la pandemia –»Hemos vencido al virus»-, cuando aún quedaban tres años de graves pérdidas en vidas humanas. Hasta el 5 de julio de 2023 no se declaró el fin de la emergencia.
«No querer saber lo que uno sabe» fue también el resumen de la actuación de Sánchez ante la DANA que asoló el 29 de octubre de 2024 la Comunidad Valenciana y Castilla-La Mancha, con un balance de 232 víctimas mortales. Hasta el propio Gobierno ha tenido que reconocer que no avisó a la población del desbordamiento del barranco del Poyo hasta las 19 horas, cuando ya había víctimas.

En el gran apagón del 28 de abril de 2025 se produjo la misma secuencia del síndrome de Chernóbil. Decisiones superiores que conducen al desastre alejadas de la realidad, y a veces de la legalidad, y después ocultación de la verdad. Del mismo modo ha procedido Sánchez con el accidente ferroviario de Adamuz, con 46 muertos, y con los casos de corrupción de su familia, partido y Gobierno.

Con la invasión de Ceuta por más de 80.000 personas procedentes de Marruecos se ha reproducido de nuevo, con consecuencias catastróficas para la vida de los ceutíes, el comportamiento de Sánchez bajo el síndrome de Chernóbil. Es evidente que el Gobierno no quería saber lo que sabía por los servicios de información e inteligencia.

Su conducta en este caso es también especialmente gravosa, pues ha producido que hoy, más de un mes después, 80.000 compatriotas sigan secuestrados bajo el yugo de Marruecos con la decisiva colaboración de Sánchez.

Lejos de poner solución a esta terrible situación, tanto para los ceutíes como para las personas instrumentalizadas por el reino alauita, el Gobierno sólo contribuye a prolongarla y agravarla con sus medidas, como la toma del control del puerto de Ceuta para convertirlo en un campamento para los invasores.

Si la mentira es el santo y seña del Gobierno de Pedro Sánchez, no lo es menos otro atributo también vinculado al síndrome de Chernóbil: el Gobierno nunca es responsable de sus errores y, por lo tanto, no caben ceses y dimisiones. Si acaso, se cesa al que trata de decir la verdad a los ciudadanos, como ha sucedido con la destitución de la responsable de información del Departamento de Seguridad Nacional, que informó de la entrada de decenas de miles de invasores en Ceuta.

El síndrome de Chernóbil está permeando todas las actuaciones, decisiones e iniciativas del Gobierno de Pedro Sánchez, incluso la organización y funcionamiento del PSOE. Es, a su vez, el síndrome del partido único, que conduce a la parasitación del Estado como una extensión del propio partido, de manera que se blinda aún más la voluntad de Sánchez para no rendir cuentas, no someterse a fiscalización alguna y no dar explicaciones de su acción de Gobierno, ni siquiera sobre el destino del dinero de los contribuyentes.

En ese síndrome de partido único juegan un papel clave los socios de Gobierno, mimetizados de tal forma con el poder de Sánchez que no son sino su mero apéndice. Lo que parecen concesiones del PSOE a sus insaciables aliados, no son más que espasmos de crecimiento de los largos tentáculos de Sánchez para cumplir su proyecto de partido único, no sólo en contra de la alternativa democrática, sino en contra incluso de sus propios socios. Su reciente declaración negando la existencia de una alternativa a su poder es mucho más que un síntoma: es una declaración de principios acorde con la aspiración hegemónica del partido de Pablo Iglesias Posse, a la que el PSOE pareció renunciar teóricamente en 1979, cuando rechazó el marxismo como su ideología oficial.

Del síndrome de Chernóbil y del partido único bajo el que actúa el Gobierno y el PSOE de Sánchez es también reflejo la bunkerización del inquilino de La Mareta, aislado de la realidad no sólo en sus jornadas de buceo bajo el agua, sino también cuando se agazapa bajo una gruesa capa de indiferencia para recomendar canciones ante la devastación producida por su ansia de poder, entre las ruinas de la libertad, la convivencia y el bienestar de la España constitucional.