Pablo Iglesias, un catálogo de contradicciones
Su vacua idea de la política ha transformado a Pablo hiena Iglesias en un adulador de sí mismo. Cada día se levanta con la intención de sentar cátedra y cada noche se acuesta habiendo protagonizado otro disparate. De tener la gracia de Chiquito de la Calzada para hacernos reír, al menos contaría con algo a su favor. Pero lo único que luce, como hiena que es, son sus repulsivos dientes y su muy mala baba. Afortunadamente, las encuestas pronostican un futuro en caída libre para él y los trincones de distinto pelaje que todavía le soportan.
Esta fiera transmisora de la rabia, calumnia a quien le critica, ofende a los inteligentes, aprecia a los incultos… Su visión de la vida pone en riesgo las libertades civiles. Controlarlo todo y purgar a cuantos no piensan como él, son sus objetivos. Disfruta con la peligrosa amistad de Otegui, tampoco le da urticaria abrazarse a la Colau. Conseguir que España se subdivida en una plural nación de tintes bolcheviques casa con su modelo de éxtasis. Fue oscuramente claro cuando le regaló al Rey, a quien sonríe en palacio y repudia en los mítines, una copia de ‘Juego de tronos’.
Vitorea ese toque secesionista de Piqué, entrega la camiseta de CR7 a Morales y se las da de hincha del Atleti. Tan moteada y variopinta es la hiena… ¡Caray qué bicho el machito Alfa de Podemos, menudo catálogo de contradicciones! Sueña en broma con fustigar a Mariló y sus amores son volcánicos pero breves. Besa a sus secuaces, más se olvida de besar al pobrecito de Toulouse-Lautrec, con la de idioteces ideológicas que aporta a la maldita causa. Alza una langosta, brinda por el comunismo y pone en práctica su manía preferida: aplaudir mucho a todo aquel que le rodea.
Dicen que se ha sacado un billete de ida —sin retorno— a Maracaibo, donde hará un cursillo de reciclaje en una escuela bolivariana ducha en rescatar a dictadores fracasados. En su etapa de emigrante podrá llevarse a la chorba de turno y un retrato de Lenin para que le haga compañía del otro lado del mar. No le exigirán vacunas, ni que toque la bandola o las maracas, ni siquiera que se corte la coleta, aunque no estaría mal visto que le echase un buen chorro de Fairy Ultra, porque en Venezuela no hay champú. Podrá usar chilaba y hacerle un lejano guiño al Ayatolá de Irán, el que le engrasa La Tuerca. Así pasará la tarde y el destierro, pegándole al licor de caña, platicando con Maduro entre el garrir de las cotorras.
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