Opinión

La ministra de La Ciencia™

  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

¿Se acuerda del «Trust the Science!» («¡Confía en la Ciencia!») con que nos pusieron la cabeza como un bombo durante dos años? Era la consigna más paradójica que se haya podido pergeñar jamás, porque la ciencia no es una fe. Ni siquiera es un conocimiento: es un método, bastante preciso, pero que exige para avanzar un continuo cuestionamiento, exactamente lo contrario de lo que nos exhortaban.

Estaba la ciencia de verdad y, luego, la Ciencia, marca registrada, la respaldada por las autoridades a su capricho, la Ciencia con mayúsculas de Diana Morant. Morant no es exactamente ministra de Ciencia. Es ministra de La Ciencia, que es una cosa completamente distinta y bastante más importante. La ciencia formula hipótesis, hace experimentos, comprueba resultados, los discute y, con bastante frecuencia, descubre que estaban equivocados. La Ciencia, en cambio, ya lo sabe todo. Y casi siempre coincide con Diana Morant.

La última revelación de la ministra ha llegado con el eclipse. Preguntada si invitaría a Vox al Observatorio de Yebes para contemplarlo, respondió que no: «Es imposible una conversación entre ciencia y un charlatán». Los de Vox, añadió, estarían «dando la matraca». Se ve que en Vox creen que un dragón del cielo se come el sol y que hay que sacrificar niños a Huitzilopochtli para que vuelva a salir.

Es una pena. Un eclipse parecía uno de los pocos acontecimientos que todavía podían celebrarse sin consultar antes la composición del Congreso. La Luna muestra una admirable indiferencia por nuestras querellas ideológicas y se interpone entre nosotros y el Sol exactamente a la hora prevista, con independencia de que gobierne Sánchez, Feijóo o una junta militar de terraplanistas.

Pero Morant tiene una concepción más ambiciosa de las competencias de su departamento. Hace apenas unas semanas estableció un paralelismo entre las políticas de PP y Vox y las que llevaron a «gobiernos criminales como los de Hitler». Las comparaciones con Hitler son el último refugio del idiota sin imaginación desde aproximadamente 1946, pero lo verdaderamente formidable llegó cuando tuvo que explicar sus palabras: «No la hago yo, la hace la Ciencia, está demostrado científicamente», aseguró sobre aquella reflexión. «Tengo aquí el estudio, por alguna parte», añadió.

Uno se queda con ganas de conocer el experimento. Quizá metieron a Feijóo y Abascal en sendos tubos de ensayo, añadieron unas gotas de reactivo y apareció una esvástica en el precipitado.

Patxi López se desmarcó de la comparación, lo que plantea un problema epistemológico considerable. Si estaba científicamente demostrada, el portavoz socialista estaba incurriendo en negacionismo. Tal vez Morant debería impedirle también la entrada en Yebes.

No era, en cualquier caso, la primera incursión de nuestra ministra en las ciencias políticas experimentales. Después de la DANA aseguró que el «cambio climático mata y el negacionismo también mata», después de acusar a PP y Vox de «negacionistas del cambio climático, de la ciencia».

Aquí La Ciencia hace verdaderos milagros políticos, que hasta nos puede decir quién tiene la culpa política de una riada.

Más extraordinaria aún fue una intervención de Morant en la rueda de prensa posterior a un Consejo de Ministros. Habló de «los negacionistas de la memoria, los negacionistas de la dictadura, los negacionistas del cambio climático, de la violencia de género» y los reunió finalmente bajo una categoría verdaderamente soberbia: «Los negacionistas del conocimiento».

Frente a ellos situó al Gobierno: «Nosotros somos el Gobierno de España», dispuesto a seguir apoyando «justamente el conocimiento». Ya está. Problema resuelto. Desde Sócrates llevamos veinticinco siglos preguntándonos qué podemos conocer y resulta que bastaba con consultar el BOE. El Gobierno sabe; la oposición niega.

La ministra ha descubierto incluso que está «demostrado científicamente» que los países que más financian la investigación y la innovación tienen mayor desarrollo, bienestar y «también mayor democracia». Que la titular del Ministerio de Ciencia descubra científicamente que gastar más dinero en aquello que administra mejora hasta la democracia tiene un mérito especial. Espero con impaciencia el estudio del Ministerio de Hacienda que demuestre científicamente que pagar más impuestos nos hace más guapos.

Diana Morant tiene una curiosa propensión a poner una bata blanca a cualquier opinión que ya tuviera antes. Pero la ministra es sólo una versión especialmente pintoresca de una enfermedad mucho más extendida.

La ciencia está llena de antiguas certezas científicas que dejaron de serlo porque alguien cometió la impertinencia de cuestionarlas. Ésa es precisamente su grandeza. Puede corregirse porque ninguna conclusión está protegida contra la revisión por el hecho de haber recibido el sello de «científica».

El cientificismo invierte el proceso. Convierte un método en una autoridad y después utiliza esa autoridad para resolver cuestiones que el método científico no puede resolver. De que podamos determinar científicamente que una sustancia es tóxica no se deduce científicamente cuál debe ser la pena por verterla en un río. Podemos estudiar el clima con creciente precisión; no existe un experimento que determine qué porcentaje del PIB debemos gastar para combatir su calentamiento. Y ningún telescopio permite averiguar si debe gobernar Sánchez o Abascal.

Pero la fórmula «lo dice la Ciencia» es demasiado tentadora para el político. Convierte una decisión discutible en un hecho, al adversario en ignorante y la discrepancia en negacionismo. Ya no hace falta convencer a nadie. Como dice Morant, la conversación es imposible. Pero la ventaja de la ciencia es que funciona aunque no confíes en ella.