Opinión

Midterms y clase media, decisiones tras los resultados

Las elecciones de medio mandato van a configurar el nuevo equilibrio de poder y control de las nuevas cámaras de 100 senadores y del Congreso de los EEUU, con 435 representantes, así como el margen de maniobra de Trump para seguir con su sorprendente agenda nacional e internacional en un mundo caracterizado por el desorden mundial y los cambios acelerados de los marcos estratégicos vigentes.

Unas elecciones de medio término que son vistas como un plebiscito casi de un carácter constituyente sin precedentes, sobre el segundo mandato del presidente Donald Trump, al que pueden condicionar sus nuevos límites de actuación. A diferencia de los midterms habituales, donde el partido en el poder suele sufrir un castigo moderado, estos comicios se perciben como un veredicto directo sobre su liderazgo, sus promesas económicas y el impacto tangible de su agenda «America First» en la vida cotidiana de los ciudadanos estadounidenses. Máximo cuando la diferencia actual es de 4 escaños en la Cámara de Representantes y de 6 en el Senado. Con una simple suma neta de 3 escaños en el Congreso y de 4 en el Senado, el cambio sería una realidad, mostrando un gobierno dividido.

La nueva mayoría demócrata podría condicionar sobre todo el techo de gasto, los presupuestos y los grandes proyectos pendientes de la presidencia de Trump, acelerando la cojera del pato presidencial, que termina su mandato con una fuerza decreciente que sería decisiva en política exterior y en el manejo de las numerosas y poderosas agencias federales dependientes de la Presidencia del Gobierno.

Veremos un conflicto creciente entre las decisiones presidenciales y el control parlamentario, algo que ya hemos visto con casi 300 órdenes ejecutivas de Trump, una cifra por encima de las de sus antecesores, con asuntos polémicos desde el punto de vista de la geoeconomía de un gran impacto para el comercio internacional, como los aranceles, la política migratoria, las sanciones a terceros países o los visados de los técnicos cualificados procedentes del extranjero, algunas de esas decisiones corregidas por los tribunales.

Trump ha alimentado esta narrativa épica, instando a los votantes a «votar como si él mismo estuviera en la papeleta». Las encuestas muestran una aprobación presidencial en mínimos históricos, con una desaprobación particularmente aguda en los asuntos relacionados con el incremento del coste de la vida, la cesta de la compra y la marcha de la economía.

Para aquellas familias de clase media, con ingresos de entre 50.000 y 150.000 dólares anuales, que constituyen el núcleo del electorado que puede hacer cambiar el resultado de una elección a otra, el juicio no gira tanto en torno a los debates ideológicos abstractos, sino a cómo le afecta todo a su bolsillo: los precios del combustible, la compra del supermercado, las hipotecas, el cuidado infantil y los seguros que pagan por su sanidad privada en un país donde la sanidad pública sigue siendo insuficiente.

La geoeconomía está presente en la elección; el impacto de los crecientes aranceles, de las guerras comerciales, de las guerras en Ucrania e Irán afecta directamente a los precios de la energía. Las necesarias y costosas reconfiguraciones de las cadenas de suministro han golpeado directamente a las cuentas familiares domésticas de la clase media.

La asequibilidad se ha consolidado como el tema dominante de las conversaciones y las preferencias de los votantes. Las últimas encuestas sitúan el coste de vida como la principal preocupación para cerca de la mitad de los votantes registrados. La inflación anual, índice de precios de los gastos de consumo personal, rondaba el 3,6% en octubre de 2026, superando el crecimiento salarial del 3%, lo que implica una pérdida de poder adquisitivo real durante varios meses consecutivos.

Los precios de la gasolina superan los 4,6 dólares por galón de media nacional, impulsados por la guerra con Irán iniciada a principios de 2026, que ha interrumpido el suministro a través del estrecho de Ormuz y elevado el crudo por encima de los 100 dólares el barril. El diésel ha alcanzado unos máximos históricos, afectando no solo a los conductores, sino a los agricultores, a los camioneros y a toda la cadena logística de los alimentos. Las familias de clase media, que prácticamente todas ellas dependen del coche para desplazarse al trabajo y llevar a sus hijos al colegio, sienten este golpe de una manera especialmente directa.

Los alimentos también han subido. Con un incremento interanual de la cesta de la compra de entre el 1,8 y 4% según las categorías, el efecto acumulado desde la pandemia y los años posteriores deja a muchos hogares pagando cientos de dólares más cada mes sin una esperanza de ver bajadas de los alimentos. Productos como la carne de vacuno y el café han registrado unas subidas notables, junto con la subida de las facturas de la electricidad que muchos achacan al auge de la demanda de los centros de datos vinculados a la inteligencia artificial.

La vivienda representa otro punto clave del descontento. Los tipos de interés hipotecarios se mantienen por encima del 7%, muy lejos de las promesas de tipos del 2%. El coste medio de una vivienda exige la dedicación de unos ingresos familiares significativamente más altos que los necesarios hace solo unos años, junto con los gastos escolares y de guardería. Se trata de unos conceptos familiares que han crecido en proporción mucho más que los salarios durante la última década, dejando a muchas familias con dos hijos pequeños con unos gastos anuales adicionales de miles de dólares.

El incremento del coste de los seguros de salud completa el cuadro del descontento. La no renovación o los recortes de subsidios de la Affordable Care Act han elevado las primas de los planes privados en un 20% de media. Aquellas familias de clase media que no reciben el pago directo de la cobertura de estos gastos médicos por sus respectivas empresas se enfrentan a unas facturas crecientes que impactan en la línea de flotación de sus gastos básicos a pesar de los aumentos salariales nominales.

Se extiende una sensación generalizada de vivir un estancamiento o incluso un retroceso financiero, un sentimiento comparable a los periodos de recesión o a la inflación del año 2022. Aunque el PIB crece un 3,4% en el tercer trimestre de 2026 y el gasto de los hogares de ingresos altos sostiene la demanda agregada, la clase media percibe una economía de dos velocidades.

Con respecto a la dimensión geoeconómica, aranceles, comercio y conflictos, es donde la política exterior y comercial de Trump se traduce en unos impactos domésticos negativos concretos.

La Administración ha impulsado una de las subidas arancelarias más ambiciosas de la historia moderna estadounidense, con unos aranceles elevados sobre los bienes procedentes de China, Canadá, México y Europa. Se presentaron como una herramienta para proteger los empleos industriales y nivelar el déficit comercial; la evidencia ha demostrado una vez más que los consumidores y las empresas estadounidenses han sido quienes han asumido directamente la mayor parte de la subida de los precios. Los aranceles equivalen a un impuesto adicional de casi 2.000 dólares anuales por hogar promedio, con un impacto regresivo más fuerte en los quintiles inferiores y medios, que destinan una mayor proporción de su ingreso a bienes importados como electrónica, ropa, herramientas, alimentos procesados y componentes.

Los aranceles han elevado, además, los precios de los insumos intermedios, lo que se ha trasladado a los productos finales fabricados en EEUU que llevan componentes de terceros países; la mayoría de ellos lo llevan en una economía globalizada. Las represalias comerciales han dañado a los exportadores estadounidenses, especialmente a los agricultores de soja, maíz y productores energéticos, que han perdido parte de su cuota de mercado en China a favor de competidores como Brasil.

La realidad es un crecimiento del déficit por una política fiscal sin compromiso, con previsiones de llegar al 5,8% del PIB y un déficit comercial de bienes que no se ha reducido de una forma significativa, mientras se produce una desviación del comercio mundial hacia otros países como Vietnam, México y la India. La incertidumbre generada por la política de aranceles recíprocos desincentiva la inversión a largo plazo de las empresas multinacionales en procesos de reindustrialización. Para la clase media, el resultado es una combinación de precios más altos en bienes de consumo y, en aquellas regiones agrícolas o manufactureras, un menor dinamismo laboral.

El conflicto bélico inconcluso con Irán añade otra capa geoeconómica. Más allá de los impresionantes costes militares, según el Comando Central, ya van 47.100 millones de dólares y de las bajas militares, el impacto en los precios energéticos globales se ha convertido en un impuesto de facto sobre los hogares mundiales y estadounidenses.

Trump justificó la intervención militar en términos de obtener una mayor seguridad evitando el desarrollo de armamento nuclear y de acuerdo con su filosofía electoral ganadora «America First», pero una vez más, los votantes de clase media deciden su voto cuando rellenan sus depósitos en la gasolinera o cuando reciben la factura de su calefacción. La desaprobación actual supera el 65-70% según varias encuestas electorales.

Otros elementos de la agenda, como las deportaciones masivas del ICE, las restricciones migratorias y los recortes en ciertos programas sociales, generan unos efectos secundarios en el mercado laboral de sectores como la agricultura, la construcción y el cuidado de personas, elevando costes laborales de los nuevos trabajadores que se trasladan a los nuevos precios que pagan por esos servicios los contribuyentes americanos. La percepción de corrupción o de enriquecimiento personal del entorno presidencial refuerza el resentimiento de aquellos que sienten que el sistema actual no les beneficia.

Una familia típica de clase media en el Medio Oeste o el Sur se enfrenta cada día a decidir priorizar unos gastos sobre otros. Llenar el depósito cuesta más; la visita al supermercado exige una mayor disciplina; el pago de la hipoteca o el alquiler consume una porción creciente de los ingresos por el trabajo; el cuidado infantil rivaliza con obtener un segundo sueldo a tiempo parcial que igual se quedará íntegramente la persona de apoyo familiar; y cualquier imprevisto médico o de reparación del vehículo familiar puede desestabilizar el ajustado presupuesto. En este marco, el ahorro familiar se reduce o incluso desaparece, y el acceso a la propiedad de vivienda o a una educación superior de calidad se hace cada vez menos posible.

Algunos sectores, como el tecnológico, las finanzas y las manufacturas protegidas se han beneficiado de la nueva regulación y de los aranceles, pero la realidad es que la mayoría de los empleados de clase media se encuadran en el gran sector de servicios, donde los aranceles no solo no han generado una protección laboral directa, sino que además han elevado el coste de la vida. La promesa de Trump de vivir en una nueva «edad de oro» económica ha chocado frontalmente con esa experiencia cotidiana relatada de una erosión del poder adquisitivo de la mayoría de las familias de clase media, que son los decisores de la contienda electoral.

Si los demócratas recuperan la Cámara de Representantes, un escenario que las predicciones electorales consideran probable y amenazan la mayoría del Senado, Trump tendrá por delante dos años de investigaciones parlamentarias, bloqueos legislativos y una restricción de su agenda ejecutiva. Un resultado más favorable a los republicanos validaría, al menos parcialmente, su actual enfoque. Pero el mensaje de los votantes de clase media parece claro sea cual sea el resultado, el nivel de la vida cotidiana y la asequibilidad pesan más que las narrativas de grandeza nacional o las victorias simbólicas en política exterior y comercial.

Estas midterms no solo decidirán el control del Congreso. Medirán si la geoeconomía de Trump frente a China y el mundo global, aranceles agresivos, nacionalismo económico y confrontaciones que elevan los precios de la energía, se traducen en una próxima prosperidad tangible para el americano medio o en una carga que afecta a su prosperidad. Para millones de familias, el veredicto se está escribiendo cada vez que pasan por la caja del supermercado o llenan el depósito de combustible, la gasolina un 40% más caro que hace un año y el diésel un 70% más.

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