Opinión

La Marcha Verde del siglo XXI

  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

Ni todos los lacayos del régimen tienen forma de disfrazar lo que todos podemos ver. Durante unas horas, ante la mirada del mundo entero, Ceuta ha dejado de parecer una ciudad española para convertirse en una fortaleza bajo asedio.

Las escenas difícilmente podrían ser más claras: decenas de miles de varones en edad militar forzando la frontera, fuerzas de seguridad desbordadas, calles tomadas por el caos y vecinos preguntándose hasta dónde llegaría aquello. Mientras, a seiscientos kilómetros de allí, en Madrid, ministros, altos cargos y representantes de las instituciones españolas levantaban sus copas en la recepción organizada por la Embajada de Marruecos para celebrar el aniversario de la entronización de Mohamed VI. Si alguien hubiera escrito esa escena para una novela, el mismo autor la rechazaría por poco verosímil.

Llevamos años llamando «crisis migratoria» a episodios que tienen muy poco de migratorios, tal como se han entendido toda la vida, la foto de Manolo llegando a Frankfurt con una maleta atada con cuerdas para sacarse unos marcos y volver a España. Esto está siendo una demostración de fuerza. Una demostración de que un país vecino puede poner en jaque una parte del territorio español cuando le conviene. De que la frontera sur de España depende enteramente de la voluntad del sultán. De que la soberanía nacional puede convertirse, en cuestión de horas, en materia de negociación.

Quien no quiera verlo seguirá hablando de acogida, integración o cooperación. Que se lo cuenten a los ceutíes, que vieron ceder la frontera bajo un ataque indisimulado y masivo. Vieron cómo su ciudad dejaba de ser una frontera protegida para convertirse en el escenario de una operación de fuerza. Desde hoy, podemos ceder mansamente a la invasión o reaccionar con la contundencia necesaria; pero el tiempo de fingir que estos son «inmigrantes», que esta es una cuestión de refugiados huyendo de la guerra, ha pasado para siempre.

Hace cincuenta años, Hassan II descubrió una de las grandes innovaciones estratégicas del siglo XX. Comprendió que una multitud podía conseguir lo que un ejército solo habría logrado al precio de una guerra. La Marcha Verde no fue únicamente una movilización popular. Fue una operación política calculada hasta el último detalle. Marruecos consiguió alterar el equilibrio estratégico sin desencadenar una guerra convencional. Fue una lección de poder.

Medio siglo después, aquella lógica sigue viva. Hoy la llamamos guerra híbrida. Es la guerra de quien prefiere utilizar la presión económica, la información, la energía, los flujos migratorios o los ciberataques antes que los tanques. ¿Para qué cruzar la frontera con blindados si puedes hacerlo con una multitud? ¿Para qué asumir el coste internacional de una invasión militar si puedes colocar al adversario ante un dilema imposible?

Porque esa es la verdadera perversión de la guerra híbrida. No solo instrumentaliza a quienes participan en ella. Instrumentaliza también la decencia del enemigo. Convierte su respeto por la vida humana, sus garantías jurídicas y sus escrúpulos morales en parte del propio sistema de armas. Obliga al Estado atacado a elegir entre dos derrotas: renunciar al control efectivo de su frontera o aceptar el coste político y moral de emplear toda la fuerza necesaria para defenderla.

Por eso resulta tan peligroso seguir hablando de inmigración. Si reducimos lo ocurrido a un problema migratorio, responderemos con políticas migratorias. Si entendemos que estamos ante una forma de coerción estratégica, comprenderemos que lo que está en juego no es cuántas personas han cruzado una frontera, sino quién tiene la capacidad de abrirla cuando le conviene.

Los habitantes de Ceuta no necesitan que nadie les explique teorías sobre guerra híbrida. Ellos ya la han visto. Han comprobado cómo una ciudad puede quedar sometida a una presión insoportable sin que se dispare un solo tiro. Han descubierto que una frontera también puede ser un campo de batalla.