La Mansión Encantada de Zapatero
Chez Zapatero abre a las ocho de un crepúsculo pegajoso, en el que los españoles entramos en fila india, con la entrada ya cobrada.
El vestíbulo tapizado de moqueta color «diálogo permanente». De las paredes cuelgan retratos que sonríen con dulzura aterradora, sin que nadie se lo pida. Subimos a la vagoneta y nos adentramos en el pasillo principal. De entre una bruma con aroma tropical, emerge el anfitrión de momia sostenible. Es él. No hay duda, esa vocecita de profesor de Ética que no aprobó las oposiciones, pero se adueñó del instituto. Cada vez que dice «convivencia», de las paredes se descuelgan más contratos, asesorías, tramas con ambientador barato de despacho oficial mientras nos invita a la paz y la pobreza franciscana. Tose entonces con un pudor adorable, y se tapa la boca. El patriarca de la filantropía opaca y el buenismo gótico; resulta imposible no inquietarse ante su nivel de escapismo financiero. Este es un pasaje del terror distinto: aquí no te persigue un zombi.
Avanza, no temas, damos la espalda al capo delicado, al señor de las joyas. Coloca una de sus manos congeladas (manos suaves deshuesadas, de no haber trabajado nunca, salvo en Excel) sobre tu hombro de ciudadano crédulo.
Subimos la escalera, doblamos la esquina; el tren de la bruja abandona el susto barato y abraza el terror psicológico de autor. La siguiente habitación es el joyero. Brilla en la penumbra como los dientes de un vampiro fiscal. En la pared, escrito con sangre o rotulador corporativo: «Otro mundo es posible».
No sabemos desde dónde llega. Su voz atraviesa las tuberías mientras su silueta cruza el rellano con un candelabro. Aparece la soprano consorte. Entona un aria que marchita los geranios de plástico de la sala, no por el volumen, sino por esa inquietante simetría conyugal que te hace dudar de si estás viendo a dos personas distintas: ¿Es él? Es el eco perfecto del marido: la versión deluxe en falsete.
El vagón se precipita hacia el sótano. De entre las sombras saltan a cuatro patas. Las herederas. La rumorología de sumario las bautizó como lobas. No sabemos si vienen a asustarnos o a hacer una ronda de financiación. ¿Lobas? La loba se gana la comida a dentelladas. Estas no muerden. Te miran desde la penumbra mientras roen un disco duro triturado. Retrocedemos y caemos al agua.
Es el pantano de Gertrudis. Emerge del fango imperturbable, armada con un sello de caucho. Su dureza no es física, es arquitectura brutalista, con esa mezquindad funcionarial inflexible, costumbrista, de ventanilla a las dos menos cinco. Una la observa, fascinada, preguntándose cuántos millones costará el abono mensual para que Gertru chapotee en esa ciénaga con tanta carne y tanta sangre, dejándose la piel, haciendo suyo el lodo como tratamiento exfoliante de lujo. La belleza y la fealdad son expresiones psicológicas.
La mansión encantada de Zapatero no tiene sótano; tiene subsuelo. Bajamos la última escalera rodando y encontramos espejos: donde esperábamos monstruos, aparecen nuestras caras imbéciles, las que seguimos poniendo año tras año, fingiendo que los monstruos no existen. En el ángulo más lejano y oscuro, donde se escucha una gota caer sobre su cabeza, ¿es Norman Bates? Es el número uno.
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