Opinión

Koldo o la chistorra metafísica

  • Carla de la Lá
  • Escritora, periodista y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid. Escribo sobre política y estilo de vida.

Portero de puticlub, aizkolari, concejal socialista en Huarte, chófer, consejero de Renfe con búnker en Polop (con nueve armas, veintitantos móviles, criptomonedas y más efectivo del que pasa por muchas nóminas decentes), pisos en el mediterráneo, chistorras que son billetes, billetes que son chistorras y «yo pasaba por allí». No importa la realidad, su defensa es el absurdo, lo uno y lo contrario, no sabemos si por incapacidad intelectual o su opuesto. ¿Lo de hoy ha sido un ejercicio de manipulación criminal o un despliegue de estulticia tan severa que roza la genialidad?

Koldo es el resultado de una meritocracia a la inversa. El gigante con manos de carnicero es el paradigma del «hombre que sabía demasiado» y estudió lo justo. Koldo ha puesto nerviosa a la sala porque es impredecible. ¿Es un tonto útil o un cínico por necesidad?

Que sí, que comía chorizos, no solo pitayas, pero que también manejó billetes de 500, sólo por causas nobles: Ferraz le devolvía gastos en sobres con billetes grandes, la Guardia Civil le pedía que se los cambiara porque no sabía dónde colocarlos y los turistas y bañistas de sus pisos en Benidorm se empecinaban en pagarle en violetas que sacaban de sus trajes de baño. Koldo es el primer acusado de la historia que se declara víctima de una epidemia de billetes de 500 procedentes de surtidores varios, menos de Aldama.

No es un cerebro criminal a la siciliana, yo lo encuentro más cercano estéticamente al thriller balcánico de bajo presupuesto; el buscavidas perfecto para un sistema que se nutre de tipos maximalistas, turbios y toscos, como él mismo se ha denominado, con un talento sobrenatural para estar donde no deberían.

Dice que su patrimonio (ese incremento de 1,4 millones que la UCO no termina de ver claro) viene de proyectar cultivos de frutas tropicales en Latinoamérica. De las mascarillas a la agricultura exótica en un solo paso de baile. Es el sueño sanchista: pasar de gorila de discoteca a magnate de la pitaya mientras gestionas la logística de una pandemia.

Del búnker alicantino se habla poco, como si fuera un capricho arquitectónico. Pero ahí tenemos el kit de supervivencia del conseguidor paranoico: arsenal, cash, flota de móviles desechables y un refugio sin vecinos donde, según los atestados, también se refugiaba Ábalos. ¿Qué?

Tiene reconocida una incapacidad permanente por la rodilla y cobra una pensión mientras encadena trabajos de asesor ministerial, consejero de empresa pública y, según la prensa, coordinador del gimnasio de la cárcel; la UCO le ha contabilizado un patrimonio inmobiliario poderoso: pisos en primera línea de playa, terrenos rústicos, propiedades a nombre de la esposa, del hermano, de la madre y hasta de la hija. Todo muy humilde, muy de izquierda social: la redistribución familiar como nueva ciencia fiscal con pestazo a contrato gordo, metálico abundante e ingeniería contable chapucera, donde alguien abría una puerta y aparecía Koldo, «yo sólo vengo a ayudar» con las manos llenas de chistorra metafórica.

Hoy, viendo al personaje explicarle al Supremo que los billetes le caían encima como granizo inevitable, una tiene la sensación de que nos hemos equivocado de pregunta. No es ¿de dónde salían los fajos de pasta?, ni siquiera ¿quién mandaba más, Ábalos o Aldama? La clave es otra: ¿cómo demonios ha acabado este hipopótamo siendo el filtro entre el dinero público y el poder político? ¿Qué cadena de decisiones, nombramientos y cesiones de criterio ha hecho que un mostrenco de burdel con búnker, antecedentes por agresión y pensión de incapacidad se convierta en hombre de confianza de un ministro, guardián de las esencias del sanchismo y epicentro de contratos de decenas de millones?

La respuesta, de nuevo, no trata tanto de Koldo como de nosotros. Él es coherente: siempre ha sido lo mismo, un superviviente de libro con predisposición natural a la opacidad. Lo que ha cambiado es la altura del enchufe. El Koldo que ha declarado no es una anomalía del sistema; es el sistema cuando se quita la mascarilla.