La gran farsa de «los trabajos que los españoles no quieren hacer»
No es simplemente que, en una supuesta democracia, se pasen nuestros intereses y opiniones por el forro; es que nos llaman imbéciles a la cara. Y nos lo llaman, con toda la calma, políticos, empresarios, sindicalistas, prelados y analistas. Me refiero, naturalmente, a esa frase que repiten de continuo los entusiastas del neoesclavismo, más conocido en nuestros tiempos como inmigración masiva del Tercer Mundo, una sentencia que hará retorcerse en su tumba a Paul Samuelson: los recién llegados vienen a cubrir “los trabajos que los españoles (o los franceses, o los alemanes) no quieren hacer”.
A ver, no sé ni por dónde empezar ante tamaño disparate económico. Por ejemplo, por lo empírico: ¿qué pasaba con esos trabajos hasta que llegaron de Mali o Tegucigalpa a cubrirlos? ¿Se dejaban sin hacer, nadie recogía la fresa? ¿O es que teníamos una avanzada robótica que nos ocultan? Evidentemente, no existen trabajos “que los X no quieran hacer”, algo espantosamente racista que parece apelar intelectualmente a una división de capacidades por etnia.
Asusta la tranquilidad con que tantos, y algunos presuntamente de izquierdas, ven con satisfacción la llegada de razas con “vocación de servicio”, por así decir, adaptadas por la evolución a arrastrarse por las cloacas o a soportar interminables horas bajo el sol recogiendo fruta por una miseria. Recuerdan a esos señoritos que en los ochenta hablaban de “mi filipina”, convirtiendo una nacionalidad de 116 millones de habitantes en una categoría profesional.
No hay trabajos que los españoles no quieran hacer. Hay trabajos mal pagados, junto a una estructura de Estado de Bienestar que permite evitarlos. Aquí los españoles nos hemos embarcado en balleneros que no veían tierra durante meses, hemos bajado a las minas y cruzado el mar en barquitos como cáscaras de nuez. Porque, precisamente, existía una relación entre dureza, riesgo, prestigio y remuneración. No sé, es de primero de Economía, no estoy enunciando una sutil paradoja: si un trabajo es especialmente desagradable, duro o peligroso, el mercado tiende a elevar su remuneración para atraer trabajadores. Todo muy elemental.
Pero ahora se ha dado con una idea similar a la que se les ocurrió a los plantadores de algodón y tabaco en el sur de Estados Unidos en el siglo XIX: importar de forma masiva mano de obra desesperada. ¿Por qué subir salarios, mejorar condiciones o invertir en automatización si siempre existe un flujo prácticamente inagotable de personas dispuestas a aceptar cualquier cosa? Especialmente cuando llegan de países donde el salario europeo, incluso miserable, sigue pareciendo una fortuna relativa.
Pero ni siquiera tienen el valor moral de reconocer que esta es la ventaja de la inmigración masiva, no: mejor dejar a cualquiera que se oponga como un malvado racista que ahoga gatitos por las noches. Las mismas élites políticas, mediáticas y empresariales que hablan obsesivamente de dignidad, inclusión y derechos humanos sostienen un modelo económico que depende en buena medida de la existencia de una masa de trabajadores extremadamente vulnerables. Vulnerables jurídica, social y económicamente.
El inmigrante no es el “malo”, al contrario: hace lo que probablemente haría yo en su caso. Pero es que no es un problema individual, sino estructural. Es el sistema lo perverso. Importar mano de obra barata no es bueno para nadie a medio plazo. No lo es para el país de acogida, que deprime salarios, tensiona servicios públicos y convierte sectores enteros en economías dependientes de trabajo semiesclavo. No lo es para los países de origen, que pierden precisamente a su población joven y dinámica. Y tampoco termina siéndolo para muchos inmigrantes, atrapados durante años en una precariedad permanente que jamás les prometieron cuando emprendieron el viaje.
Mientras, oímos en Europa que “los jóvenes no quieren trabajar”. España tiene uno de los mayores índices de paro juvenil de Europa, salarios reales estancados y una edad de emancipación que supera ya los treinta años. El precio de la vivienda se dispara mientras la natalidad se hunde a mínimos históricos. Y luego nos sorprendemos de que una parte creciente de los jóvenes viva desmoralizada, retrasando indefinidamente cualquier proyecto familiar o vital serio.
Pero es que lo que hay no da para alegrías; no da siquiera para lo que ha sido normal durante todas las generaciones anteriores: aspirar a formar una familia propia. Durante décadas, el pacto implícito occidental era relativamente simple. Trabaja, esfuérzate y podrás construir una vida estable: vivienda, familia, hijos, continuidad. Hoy millones de jóvenes trabajan para sobrevivir en habitaciones compartidas, encadenar alquileres imposibles y consumir pequeñas dosis digitales de entretenimiento mientras aplazan indefinidamente la vida adulta. Y eso, por cierto, les da para esa suscripción a Netflix y ese par de escapadas que tanto escandaliza al búmer.
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