Gorbachov, un comunista sin orejeras
Conocí a Mijaíl Gorbachov una mañana luminosa en Leningrado (hoy San Petersburgo) cuando la perestroika (cambio) y la glanoss (transparencia) trataban de abrirse paso en un decrépito y fracasado imperio soviético que daba sus últimos estertores. La visita de un grupo de periodistas de habla hispana formaba parte de aquel histórico intento gorbachiano por mostrar al mundo otra cara del comunismo.
Gorbachov, una criatura cocinada desde su más tierna infancia en los fogones del PCUS hasta llegar a la cúpula como secretario general, gran estudioso de Lenin, vino a decir que los casi sesenta años de revolución con los soviet eran pura filfa y una gran mentira que necesitaban una reforma a fondo, es decir, abandonar los viejos postulados leninistas/estalinistas para poder subsistir. Escrito de otro, intentar cambiar el sistema comunista desde dentro. Cierto es que para entonces el cambio venía obligado por la supremacía militar y económica absoluta de los Estados Unidos de Ronald Reagan que, incluso, mediante el escudo antimisiles (guerra de la galaxias) la URSS no podía en modo alguno atacar el territorio nacional de USA.
De modo y manera, que mi percepción al acabar aquel encuentro fue que Gorbachov era una persona inteligente, un comunista sin orejeras, esto es, que veía la realidad de su país y el mundo con realismo y objetividad. Los muros de la URSS, férreamente sostenidos durante sesenta años por la represión y la ausencia total de libertades. Lo que acaeció seguidamente es de conocimiento público urbi et orbi. Gorbachov no pudo reformar el Estado comunista sencillamente porque es irreformable. Las democracia liberales pueden convivir con sectores marginales comunistas, pero los regímenes autoritarios comunistas no toleran los sectores marginales liberales. Se ha demostrado en todos los países del mundo: China, Venezuela, Cuba, Nicaragua, Vietnam y Corea del Norte.
Este es el legado esencial e histórico que deja Mijaíl Gorbachov a la hora de su muerte. Quiso ser Adolfo Suárez, pero ni era de Ávila, ni la España postfranquista era la URSS. El intento, que no es poco, de llevar la libertad a Rusia resultó fallido, pero sólo la voluntad de hacerlo le permitirá entrar en la historia de los buenos. Falló, no pudo, claro. Nada más hay que contemplar ahora quién manda en el Kremlin.
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