El golpe de Pedro Sánchez a la Transición
Esta semana se anuncian nuevas desclasificaciones de documentos históricos en este caso de la Transición Española, como si abrir archivos polvorientos fuera suficiente para provocar titulares que llenen páginas y pantallas. Y en efecto, el ritual de mostrar papeles amarillentos funciona como un espejo de humo: se despliega la historia ante la mirada pública, se evocan pactos y tensiones de hace medio siglo, y mientras tanto, el debate contemporáneo ya sea Adamuz o la presunta denuncia por agresión sexual del DAO quede diluido. Amén de buscar tiempo Pedro Sánchez para alcanzar otro mes y otro…, y así hasta 2027.
Porque la política, a veces, es más teatro que administración: desempolvar cartas, actas y memorias se convierte en un ejercicio de espectáculo donde lo que interesa no siempre es lo que los documentos dicen, sino cómo se leen, cómo se interpretan y, sobre todo, cómo se utilizan para reforzar narrativas de actualidad.
Cuando algunos recurren hoy a la Transición Española como si fuera un simple atrezzo para diluir discusiones contemporáneas, conviene recordar que la historia no es un catálogo de efectos especiales que se pueda colocar sobre cualquier escenario político. Fue, en realidad, un proceso tan lleno de contradicción como de consenso, en el que figuras tan dispares como Adolfo Suárez, Juan Carlos I, Felipe González o Santiago Carrillo tuvieron que reinventar la política española desde el borde de la confrontación hacia un terreno común que nadie sabía con certeza si sería firme o traicionero.
Suárez abrió aquel camino con la famosa fórmula: «Puedo prometer y prometo…», pronunciada en las elecciones de 1977 como declaración de fe en la democracia y en una generación que quería enterrar silencios de décadas. Suárez representó la apertura sin ruptura, sabiendo que sin reformas profundas no habría futuro, pero que sin prudencia no habría paz.
En esa misma cuerda, el papel del rey Juan Carlos I fue reconocido incluso por quienes después se distanciaron de él: «Después de cuarenta años de dictadura, di a los españoles una democracia que aún sigue viva; es mi herencia», afirmó en una de sus entrevistas promocionando sus memorias, subrayando su convicción de que el paso de España hacia la libertad política fue un proyecto colectivo con un monarca que cedió poder a la soberanía popular.
Pero ahora, Sánchez juega con la ventaja de saber qué lineas finas llevan esos documentos que mostrará al mundo. Juega con posicionar al Rey emérito como un traidor o no, aún no se sabe, ni tampoco hasta qué punto quiere a la actual Corona de su parte y qué habrán debatido de forma privada, porque ellos también saben qué está escrito, documentado y qué se publicará.
También tocará a quien años más tarde tomó la palabra en actos oficiales como protagonista vivo de aquel ciclo, Felipe González, y quién resumió en una frase que el núcleo ético de la Transición fue preservar la convivencia civil: «El cometido más importante que tenemos los españoles es preservar a toda costa esta paz civil», defendiendo que aquel momento histórico fue una apuesta consciente por el orden democrático y la reconciliación, no una mera fotografía de buena voluntad.
No son frases extraídas de discursos enlatados ni perogrulladas académicas; son declaraciones públicas que muestran el tono y la ambición de quienes, tras décadas de conflicto y represión, apostaron por una solución que evitara la ruptura violenta. Suárez, con su retórica de compromiso; Juan Carlos I, reivindicando su papel en la construcción de la democracia; y González, subrayando la prioridad de la paz civil sobre la revancha política, coinciden en algo esencial: la Transición no fue una simple maniobra decorativa, sino un pacto difícil y consciente entre fuerzas diversas para reconfigurar España.
Curiosamente, cuando esos mismos nombres y frases se desentierran en el debate público actual, no siempre es para recordar la altura moral que exigió aquel momento, sino a veces para instrumentalizar el pasado en un contexto político donde el desacuerdo se expresa con una virulencia que pocos imaginaban hace medio siglo. Si los protagonistas de entonces hubieran pretendido adherir etiquetas simples a sus palabras —como moderación o patriotismo enlatado— es probable que no hubieran tenido resonancia alguna. Precisamente porque lo que hicieron fue abrir espacios donde antes había cerrojos, sus palabras siguen siendo relevantes, aunque muchos las reinterpreten con fines distintos a los que ellas tenían en su origen, señor Pedro Sánchez.
La Transición no fue un mito de unanimidad ni un cuento idealizado; fue un proceso lleno de tensiones, de negociaciones incómodas, de renuncias estratégicas y de actos que hoy podemos celebrar o cuestionar con la perspectiva del tiempo. Y si el uso retórico de esas frases históricas sirve para encubrir debates más inmediatos, entonces quizás convenga recordar que la historia no es un decorado que se pueda mover al antojo de los intereses políticos del presidente Pedro Sánchez, sino una herramienta crítica para entender por qué decisiones complejas entonces lo fueron y siguen siéndolo hoy.
Ahora, veamos qué documentos ha desclasificado el presidente del Gobierno de todos los españoles o, de parte –sería más certero–, y qué quiere hader con ellos, aunque, me temo que lo peor que pueda contra parte de España.
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