Opinión

Un general de Trump en Caracas y Cuba

  • Pedro Fernández Barbadillo
  • Columnista de Internacional. En la editorial Homo Legens ha publicado 'Eternamente Franco' y 'Los césares del imperio americano'. Su último libro es 'Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español' (Almuzara).

Pocas horas después de la captura del dictadorzuelo Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores en su palacio de Caracas el 3 de enero, la Secretaría de Estado de EEUU difundió un post en redes sociales con el mensaje de «Éste es nuestro hemisferio» sobre una foto de Donald Trump.

Y mientras Europa sólo presta atención a Oriente Próximo y el frente de Ucrania, Estados Unidos va cumpliendo su plan de control del hemisferio occidental, que consiste en expulsar a potencias ajenas, como China y Rusia, y aislar y hasta derrocar a los regímenes que traten de oponerse a la voluntad de la Casa Blanca. En los últimos días, hemos tenido dos ejemplos, que se pueden resumir en un general del Pentágono paseándose por suelo venezolano y cubano.

El 23 de mayo, el general Francis Donovan, jefe del Comando Sur, y varios oficiales se trasladaron de Miami a Caracas en sendos helicópteros MV-22B Osprey y aterrizaron en los jardines de la embajada, con aprobación del gobierno interino que preside Delcy Rodríguez. La justificación era un simulacro de evacuación del edificio y de su personal. Luego, Donovan se reunió con autoridades locales para discutir sobre la transición en Venezuela y «la seguridad compartida en todo el hemisferio occidental».

Llama la atención que un general de cuatro estrellas, equivalente a general de ejército en España, participe en un simulacro tan reducido, a no ser que la verdadera misión de Donovan, que ya se presentó en Caracas en febrero, fuese la de seguir dando instrucciones a los chavistas que quieren mantener sus fortunas y su libertad.

A esta visita le precedió una exclusiva en el New York Times según la cual la petrolera Exxon Mobile estaba negociando con el gobierno de Caracas para poner en marcha yacimientos de petróleo parados, lo que constituiría un triunfo para Trump y su objetivo de recuperar la economía venezolana, arrasada por décadas de incompetencia y corrupción del socialismo caribeño.

El mismo general Donovan viajó el viernes 29 a Guantánamo, la base naval norteamericana en suelo cubano, para otra «revisión de la seguridad». En el vigiladísimo perímetro de la instalación militar, se reunió con uno de los mandos militares más importantes del régimen comunista, el general Roberto Legrá Sotolongo, jefe del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. El Comando Sur dio la noticia, acompañada de una foto, de Donovan, Legrá y otros oficiales. No hubo secreto.

Esta reunión y su publicidad son más sorprendentes que el anterior viaje de Donovan a Venezuela, dada la enemistad entre Cuba y EEUU desde 1960; y la Casa Blanca ha apretado el dogal en torno a la isla, al detener el envío de petroleros venezolanos y advertir al resto de países americanos que no manden nada. Sólo Rusia y China han incumplido este bloqueo con unos pocos barcos, más simbólicos que efectivos.

En unos momentos en que las presiones de EEUU han cortado el suministro de petróleo a la isla y aumentan las protestas contra la dictadura comunista, la estrategia de la Casa Blanca puede ser repetir en Cuba lo hecho en Venezuela: un pacto con los verdaderos dueños del régimen, las Fuerzas Armadas Revolucionarias. El secretario de Estado, Marco Rubio, arremetió el 14 de mayo contra Gaesa, el grupo de empresas controladas por los generales cubanos y que ya sufre una serie de sanciones económicas: «Cuba es un país donde la gente literalmente come basura de las calles, pero esta empresa tiene 16.000 millones de dólares».

Dentro del plan del gobierno de Trump de garantizar la seguridad de EEUU en su hemisferio (esfera de influencia sería una expresión más adecuada), se encuentra la presencia rusa en nuevas instalaciones de espionaje electrónico y en diversas industrias, incluida la alimenticia. A través de sus satélites y antenas, Estados Unidos también ha detectado la presencia de militares y expertos chinos. Washington los quiere a todos ellos fuera de la isla y del continente. Y los cubanos tienen que escoger si suprimen al menos uno de los motivos de enfado de la Casa Blanca o se exponen a más represalias.

La mejor manera de entender el nuevo mundo que está surgiendo es observando un mapa sin las gafas de la ideología. De esta manera, el Caribe y el golfo de México (de América, según Trump) empiezan a parecerse a un lago controlado por Estados Unidos.

La frontera sur de EEUU ya no es el coladero de los años de Biden. El Gobierno mexicano de Sheinbaum reprime a los cárteles y a las mafias de la inmigración por miedo a la reacción de Washington, aunque en el interior sea incapaz de poner orden. En Honduras, el presidente Nasry Juan Asfura recibió el respaldo de Trump días antes de las elecciones, celebradas en noviembre. El gobierno de Panamá expulsó a China de sus puertos y permitió el establecimiento de nuevas tropas en torno al canal. Guyana y Trinidad y Tobago colaboraron en la intervención en Venezuela. Los caciques venezolanos obedecen a la Casa Blanca para no acabar en una cárcel. El castrismo está tan asfixiado que negocia con su enemigo. Las elecciones en Colombia pueden colocar en la presidencia a un admirador de Trump. Preside la República Dominicana Luis Abinader, que colabora en todo con Estados Unidos. Sólo la Nicaragua de la familia Ortega queda al margen de este control, pero se trata de un país pobre, que ha perdido a su suministrador de petróleo.

La hegemonía de Estados Unidos en esta área es similar a la que tuvo durante la presidencia del demócrata Woodrow Wilson (1913-1921), aunque con una gran diferencia. Éste, el típico humanitario convencido de su misión de expandir la democracia incluso a cañonazos, fue el presidente que más intervenciones militares (en México y otros seis países caribeños y centroamericanos) realizó. Trump, en cambio, lo ha hecho pacíficamente, salvo en Caracas.