España maquilla sus cuentas: ¡Europa es el aviso!
«Las nueve palabras más temibles del idioma son: soy del gobierno y
vengo a ayudar», Ronald Reagan.
Goldman Sachs ha bendecido a España. Creceremos un 2,1% en 2026, el triple que la eurozona, y de inmediato el coro habitual —ministros, tertulianos, plumillas a sueldo del relato— ha entonado el himno del milagro. Conviene un recordatorio elemental de aritmética antes de descorchar nada: crecer tres veces más que un cuerpo tendido en el suelo no te convierte en atleta. La noticia no es la vitalidad española.
Es la anemia europea. España no brilla; lo que ocurre es que el resto del continente se ha apagado tanto que arrastrarse al 0,7% ya pasa por normalidad.
Y aquí empieza lo interesante, porque el diagnóstico de la decadencia europea
no lo firma ningún panfletario libertario. Lo firma Mario Draghi, sumo sacerdote del europeísmo, expresidente del BCE, el hombre que prometió hacer «lo que fuera necesario».
En su informe sobre la competitividad europea utiliza dos palabras que deberían helar la sangre: «agonía lenta». Esa es la confesión. El proyecto que iba a ser la vanguardia próspera del mundo se contempla a sí mismo en el espejo y se descubre moribundo.
Lo verdaderamente cómico —si no fuera trágico— es la receta. Draghi acierta en el diagnóstico: fragmentación, burocracia, parálisis. Y a continuación prescribe exactamente la enfermedad como cura. Su solución a un continente asfixiado por el Estado es más Estado: 800.000 millones de euros anuales, deuda común, más Bruselas, más planes, más directivas redentoras. Es el alcohólico que receta ginebra contra la resaca.
El constructivismo en estado puro: la fe inquebrantable de que basta con que un comité de iluminados diseñe la prosperidad desde un despacho para que ésta brote, obediente, del suelo. Repasemos la obra del ingeniero. La electricidad industrial europea cuesta el doble que la estadounidense; el gas, hasta cinco veces más.
No es mala suerte geológica: es el ETS, el Green Deal y el cierre ideológico de centrales nucleares perfectamente operativas. Europa decidió encarecer la energía por decreto y luego se sorprende de que su industria emigre. Cumplir solo con el Reglamento de Protección de Datos —ese monumento a la buena conciencia regulatoria— recorta los beneficios de las tecnológicas europeas un 12%, según el propio Draghi.
Y el mercado único, esa joya que justificó medio siglo de integración, esconde barreras internas que el FMI cifra en el equivalente a un arancel del 45% sobre los bienes y del 110% sobre los servicios. Tradúzcanlo: el mercado común que el Estado prometió, sencillamente, no existe. Lo prometieron, cobraron por construirlo, y nunca lo entregaron. El cadáver más ilustre de esta política es Alemania, el antiguo motor convertido en ancla.
Desde 2017, la economía alemana ha crecido un mísero 1,6% frente al
9,5% de media europea. Su producción industrial languidece un 15% por debajo del pico de aquel año. Volkswagen amputa 35.000 empleos; Bosch, 22.000; ThyssenKrupp, 11.000. El orgullo industrial del continente desmantelándose pieza a pieza, víctima de una energía imposible y una regulación delirante.
Esto no es una crisis: es un suicidio asistido, y el asistente lleva bandera azul con estrellas.
Frente a este paisaje, España «se salva». Pero un anarcocapitalista no aplaude titulares: los disecciona. ¿De qué crecimiento hablamos exactamente? Cuando se descompone la cifra, el espejismo se deshace.
Desde 2019, la población activa española ha aumentado un 6,4% gracias a la inmigración; la productividad por hora, en cambio, ha mejorado un raquítico 0,4%, y por persona ha caído un 1,2% respecto a la eurozona.
El PIB por ocupado sigue plano, por debajo de su nivel de 2019. La productividad por hora trabajada continúa un 7% por debajo de la media europea. El paro, en el 10,5%, es el más alto de toda la Unión; el
juvenil roza el 25%.
La conclusión es incómoda para el relato oficial: España no es más productiva. Es, simplemente, más poblada. Crecemos porque hay más brazos, no porque cada brazo produzca más. Es crecimiento por adición, no por inteligencia.
Y ahora la pregunta que ningún ministro se atreve a formular: si España crece, ¿es gracias al Estado o a pesar de él? Los datos no dejan margen a la duda piadosa. España ocupa el puesto 31 de 38 países de la OCDE en libertad económica, y desciende al 33 en salud fiscal. Lo que más nos penaliza, según el índice, es precisamente el tamaño del Leviatán: gasto público desbocado, déficit estructural, deuda acumulada y una presión fiscal confiscatoria. La cuña fiscal es récord.
La rentabilidad empresarial se desploma en paralelo a la libertad: el excedente de explotación ha caído del 44% al 42% del PIB. Tenemos una fiscalidad nórdica con servicios públicos tercermundistas. Este Estado no es el motor del crecimiento español, es el lastre que ese crecimiento arrastra cuesta arriba.
¿Qué tira, entonces, de España? Tres palancas que el Estado no diseñó, no planificó y ni siquiera comprende. La primera, la inmigración: el mercado de factores buscando su equilibrio natural, gente votando con los pies, no un plan maestro de Moncloa. La segunda, el turismo: ventaja comparativa en estado químicamente puro —sol, costa, un sector privado hostelero que trabaja mientras el funcionariado descansa—, el 12,6% del PIB que ninguna política industrial ideó. Y la tercera, la más deliciosamente subversiva: la parálisis política. España no aprueba unos Presupuestos Generales desde 2023. Un Gobierno incapaz de legislar, incapaz de gastar nuevas ocurrencias, incapaz de inventar tributos. ¿Y saben qué hace el mercado ante esa quietud? La premia.
La prima de riesgo se mantiene serena precisamente porque el legislador está
maniatado. He aquí la lección que ningún político soportará escuchar: cuanto
menos hace el Estado, mejor se comporta la economía. El mercado de bonos se
ha convertido cada día sin nuevas leyes en un pequeño referéndum a favor de que nos dejen en paz.
No seré yo, sin embargo, quien venda humo optimista. Este crecimiento es azúcar, no músculo. La cantidad sin productividad caduca; la inmigración sin reformas se agota; el turismo solo no sostiene a una nación. España vive de prestado sobre fundamentos frágiles. Pero el peligro real no es que el Estado fracase —en eso es fiable como un reloj suizo—.
El peligro es que despierte. Que Bruselas «armonice» que Madrid recupere el vicio de legislar, gravar y planificar. El día que este Estado vuelva a llegar puntual a su cita con la economía para «ayudar» el milagro se evaporará.
Porque esa es la verdad que Europa se niega a aprender, embriagada de directivas y subvenciones: la prosperidad no se decreta desde un despacho de
Bruselas. La prosperidad es, sencillamente, lo que ocurre cuando dejan a la gente trabajar. La libertad no es un programa de competitividad. Es la ausencia de uno. España se salva, de momento, mientras el Estado llega tarde a estropearlo. Recen para que siga llegando tarde.
Gisela Turazzini, Blackbird Bank Founder CEO.
Temas:
- Europa
Lo último en Editoriales
Últimas noticias
-
Los 5 vestidos que me he comprado en las rebajas de Mango y van a solucionarme los looks de la oficina
-
Pedro Cuesta destaca la colaboración público-privada para transformar la oferta turística: «Factor clave»
-
Como cuidar tus mechas en verano según un experto: «Haz una puesta a punto antes del verano y reserva el retoque para después»
-
Más exigente y transparente: Ecovidrio lanza una nueva edición de su Informe de Sostenibilidad
-
Djokovic se harta: «El tenis necesita reiniciarse a gran escala y replantearse el formato y las reglas»