Opinión

La entrevista a Sánchez, ruido blanco

  • Carla de la Lá
  • Escritora, periodista y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid. Escribo sobre política y estilo de vida.

Hoy he puesto la televisión para ver a Pedro Sánchez y me he quedado dormida, a media mañana, habiendo dormido fenomenal anoche. No es una crítica política, que es lo que yo, obrera incansable y determinada, de altísima direccionalidad pretendía escribir, pero este Sanchez… es como una intoxicación farmacológica. La siesta de la marquesa, lo llaman, ¿no?
La entrevista prometía emociones. España en plena crisis de Ceuta, Pegasus, Zapatero, Begoña… el Gobierno enfangado hasta el flequillo y yo, ingenua, esperando algo de sangre, contradicciones, quizá una de esas piruetas dialécticas que obligan a trabarse un poquito. Pero apareció ÉL (hasta arriba de Sumial) con su voz acariciadora y sedante de enfermero de cuidados intensivos y, a los diez minutos, estaba en fase REM.

Y es que Sánchez no sólo nos habla como si fuéramos niños, o mensos, nos habla con la condescendencia de un sanitario a un paciente impulsivo o agitado. En serio, para lograr semejante efecto en mí no basta con no responder. Hay que hacerlo despacio, mirando con compasión a quien pregunta, como si el periodista atravesara una etapa difícil y la verdad pudiera alterarle las constantes vitales.

Y yo, empeñada en trabajar, empecé a sentir una paz inmensa… Un relax místico. La crisis de Ceuta se me fue desdibujando en alguna viscosa región de la mente, los políticos imputados me empezaron a parecer querubines de un cuadro renacentista, y la voz de Pedro me envolvió como una manta de cachemir.

Veamos, el prodigio consiste en contestar sin rozar jamás la pregunta. ¿Hubo imprevisión? El Estado siempre trabaja en mejorar. ¿Quién lanzó el ataque híbrido? Nadie que pueda ser mencionado durante el horario infantil. ¿Marruecos nos chantajea? España es un país responsable. ¿Se fue usted de vacaciones? Estuvo al pie del cañón ejerciendo su derecho al descanso. ¿Cuándo irá el rey a Ceuta? En próximas fechas. ¿Adónde va? Manzanas traigo, pero manzanas inclusivas, resilientes y con perspectiva europea.

A cada cuestión comprometida, una nada tan bien envuelta, tan aterciopelada, que casi les daba lástima interrumpirle. Su mensaje, si lo traducimos al lenguaje de los mortales, venía a ser esto: «Mirad, lo que pasa es que hay que ser muy buenos, y no malos, porque ser malo está muy feo. Y yo soy un presidente buenísimo, lo hago todo fenomenal y, sobre todo, fijaos en lo guapísimo que soy». Ya está. Ese es el único concepto.

Sánchez no miente durante las entrevistas: practica una disciplina más sofisticada, la levitación semántica. Las palabras salen, flotan unos segundos sobre el plató y desaparecen sin haber tocado ningún hecho, como rosadas pompas de jabón. “Normalidad”, “responsabilidad”, “transparencia”, “contundencia”. Hasta la autocrítica le sale en tercera persona. Es el vocabulario de un folleto de fisioterapia institucional. Uno termina convencido de que algo le han explicado, aunque sería incapaz de decir qué.
Cuando desperté, luchando contra Morfeo, Sánchez seguía hablando de sus cositas. Y me volví a dormir sin poderlo remediar. Y despertaba y otra vez dormida… Porque Sánchez no habla: te acuna.

Lo admirable no es que no diga nada. Es la convicción con la que lo hace. Tiene la habilidad de convertir cualquier pregunta concreta en una lección de moralidad abstracta donde él siempre sale serio, responsable y, de paso, muy bien peinado. Es como si el guionista le hubiera dejado una sola frase y él la estuviera improvisando con distintas inflexiones: “Hay que ser españoles de bien. Como yo”.

No sabía cuánto tiempo había pasado mecida en ese indescriptible bienestar. Pudieron ser siete minutos o dos legislaturas. Conservaba el mismo tono, la misma media sonrisa y ese mensaje profundo que logré reconstruir entre bostezos lisérgicos: debemos ser buenos, no malos; él es transparente y bastante mono; la culpa pertenece siempre a un sustantivo indeterminado.

Hoy TVE ha refinado el género periodístico hasta la abstracción total, con el primer político que convierte la nada en una experiencia terapéutica. Una entrevista que empieza pareciendo periodismo político y termina pareciendo un test de Rorschach: cada uno oye lo que necesita oír, porque en realidad no se ha dicho nada.

Propongo que emitan sus próximas entrevistas después del Telediario, con receta electrónica. España quizá no duerma tranquila, pero duerme.