Cuando votar deja de parecer suficiente
Rupert Lowe, líder de Restore Britain, a la derecha del Reform de Farage, hizo esta semana algo perfectamente razonable: pidió a los británicos que no recurrieran a la violencia. Lo hizo después de los disturbios de Belfast, después del ataque brutal sufrido por un joven local, después de que ardieran viviendas, negocios y alojamientos vinculados a inmigrantes. El mensaje, en cualquier país sano, habría sido recibido como una llamada elemental a la calma. Pero lo más inquietante no fue el mensaje. Fueron las respuestas.
Meten miedo. La idea más repetida, en distintos grados de desesperación, era: ya hemos votado, ya hemos protestado, ya hemos escrito, ya hemos advertido, ya hemos confiado en los cauces habituales de una sociedad democrática. Y como si oyen llover: nada cambia. Algunos respondían que la política normal estaba agotada. Otros recordaban el Brexit como la gran promesa incumplida. Otros sugerían, con una frialdad más alarmante que cualquier grito, que el sistema solo escucha cuando algo arde.
Siempre ha habido violentos, de verdad o de boquilla, pero empieza a aparecer un número creciente de ciudadanos corrientes que ya no parecen convencidos de que los procedimientos ordinarios sirvan para algo. Y ése es el momento exacto en que un problema político se convierte en una amenaza histórica.
Belfast ha sido la última señal, pero no la única. La capital norirlandesa vio esta semana escenas que parecían importar una nueva versión de viejos fantasmas: casas atacadas, comercios incendiados, familias evacuadas, listas de direcciones circulando por redes sociales, patrullas improvisadas y policías intentando contener una furia que ya no parece responder solo al caso concreto que la desató. La violencia estalló después de que un sudanés fuera acusado de intento de asesinato por un ataque con cuchillo. La familia de la víctima pidió calma. Las autoridades condenaron los disturbios. Los medios hablaron de racismo. Todo eso era previsible. Lo que nadie parece querer mirar de frente es lo anterior: la acumulación.
Porque Belfast no ha ocurrido en el vacío. En noviembre de 2023, Dublín ardió después del apuñalamiento de tres niños y una cuidadora a la salida de un colegio. Hubo autobuses quemados, tiendas saqueadas, coches incendiados y decenas de detenidos. En octubre de 2025, otra protesta antiinmigración en Dublín acabó con un vehículo policial ardiendo y ataques a agentes cerca de un edificio que alojaba solicitantes de asilo. En Epping, el Bell Hotel se convirtió durante meses en símbolo de la tensión británica alrededor de los hoteles para inmigrantes. En Heathrow, manifestantes intentaron entrar en otro hotel usado para alojar solicitantes de asilo. En Greenock, Escocia, una protesta ante un alojamiento similar terminó con policías heridos y una mujer acusada de delito de odio.
Podemos condenarlo todo. Debemos condenarlo todo. Pero, ¿qué queda? ¿Cuántas veces puede repetirse el mismo patrón antes de que alguien admita que no estamos ante incidentes aislados?
La izquierda europea lleva años denunciando el regreso del fascismo. El término se ha gastado tanto que apenas significa nada. Fascista es ya cualquiera que pida fronteras, cuestione la inmigración masiva, se oponga al multiculturalismo o vote mal. Pero los mismos que invocan constantemente el fantasma de los años treinta parecen empeñados en reproducir las condiciones que hacen posible la política de los años treinta: humillación nacional, inseguridad, colapso de confianza, instituciones desacreditadas, élites impermeables y masas convencidas de que nadie escucha. Y un estamento político totalmente impermeable a la opinión mayoritaria de su pueblo en la cuestión crucial de nuestro tiempo: ser o no ser.
Incluso un progresista convencido debería preocuparse. Incluso alguien feliz con la transformación demográfica de Europa debería mirar con alarma lo que empieza a suceder en las calles y en las redes. Porque la inmigración masiva no solo cambia barrios, escuelas, hospitales o estadísticas criminales. Cambia también el clima político. Y cuando el clima político se envenena lo suficiente, ya no importa demasiado quién tenía razón en el seminario universitario.
Los comentarios al mensaje de Lowe resultan más importantes que muchas declaraciones oficiales. No porque representen a la mayoría. Naturalmente no la representan. La mayoría de la gente quiere vivir en paz, trabajar, pagar sus facturas y acostarse sin que nadie queme nada en su calle. Pero las sociedades no necesitan una mayoría de saboteadores para volverse ingobernables. Les basta con una minoría suficientemente convencida de que el contrato social se ha roto.
Ese es el verdadero peligro. Una democracia funciona mientras sus ciudadanos creen que votar puede cambiar las cosas. Puede soportar gobiernos mediocres, políticos corruptos, crisis económicas e incluso decisiones desastrosas. Lo que soporta mucho peor es la sensación de inutilidad. Cuando una parte de la población concluye que votar no sirve, protestar no sirve, escribir no sirve, ganar referendos no sirve y cambiar gobiernos tampoco sirve, empieza a buscar otros lenguajes.
Los gobernantes europeos deberían escuchar menos a sus asesores de comunicación y más a sus propios barrios. Llevan años diciendo a sus pueblos que lo que ven no ocurre, que lo que sufren no importa, que lo que temen es propaganda y que cualquier protesta contra la inmigración masiva es racismo. Después se sorprenden cuando la protesta adopta formas brutales, estúpidas y criminales.
Belfast, Dublín, Epping, Greenock. La lista empieza a parecer demasiado larga para seguir hablando de episodios inconexos. Europa está entrando en una fase nueva. Ya no se trata solo de inmigración. Se trata de la confianza mínima que permite a una sociedad resolver sus conflictos sin romperse.
Lo último en Opinión
Últimas noticias
-
Así han quedado los partidos de hoy en el Mundial 2026: resultados y goles del viernes 12 de junio
-
Larin rescata a Canadá en el debut de su Mundial ante Bosnia y Herzegovina
-
El Gobierno saca la cara por Piqué: el TAD quita al Andorra una de las sanciones por amenazar a árbitros
-
Vox presenta una querella contra el ex fiscal general García Ortiz por omisión del deber, prevaricación y tráfico de influencias
-
El mitin de Pedro Sánchez que cuenta con una invitada especial en primera fila