Conchita Montenegro, icono de la modernidad
A los que les inspira el nombre artístico de Conchita Montenegro, primera actriz española que destacó en Hollywood —aunque se empeñen en decir que triunfó— les recomiendo que se documenten como es debido. Pues mi tía Conchita prefería destacar a triunfar. Vasca nacida en Donosti, de soltera, Concepción Andrés Picado, desposó a Ricardo Giménez-Arnau, un culto aragonés perteneciente al cuerpo diplomático y, según las habladurías de la época, por ser uno de los hombres más guapos de Zaragoza. Mi tío también destacó hablando/escribiendo once idiomas, aparte de por haber traducido al español los cuentos completos de Chéjov. Lo hago constar para que los escritores que encumbran a mi tía borren la imagen de ayuda de cámara que le otorgan a mi tío. Ricardo era un ser inteligente, igual que su mujer.
Antes de opositar a la diplomacia, donde ingresaría con el número 2 (mi padre, su hermano, fue el 1), dio dos veces la vuelta al mundo en el buque escuela Juan Sebastián Elcano, junto a su amigo Don Juán de Borbón —abuelo del rey Felipe VI— donde ambos marinos se doctoraron en las artes de la mar. Así que presentar a mi tío Ricardo como un simple comparsa en la vida de Conchita Montenegro, son ganas de escupir a la historia. El melifluo Leslie Howard que le puso cuernos a su propia con la muy sexy vasca, son cosas de una mujer romántica que tiene derecho a pasar un buen rato. Pero enamorarse, enamorarse de verdad, sólo se enamoró del aragonés.
Para escribir libros, habría que conocer a la diva como yo la conocí. De seguir vivo mi tío carnal, se perfectamente lo que opinaría de los tres títulos que hablan de la divina Montenegro, que se desnudó en el París de los 30 y después abofeteó a Gable por meterle la lengua en la boca durante un rodaje. Conchita se adelantó a la modernidad e hizo lo que le vino en gana. De los que han escrito de ella, ‘El vuelo del ibis’, José Rey Ximena, ‘Mientras tú no estabas’, Carmen Ro, y ‘Mi pecado’, Javier Moro, Premio Primavera de Novela 2018, sólo vale la pena leer el libro de Carmen Ro que, aparte de escribir como los ángeles, es la única que plasma la pasión que sentía por la vida mi adorada Conchita.
De José Rey Ximena, aprecio/agradezco la maravillosa edición de su texto. A Javier Moro no le perdono que diga que los ojos de Ricardo eran azules, por mucho que se le antojara. Ni le perdonaré que me cite en su libro como “polémico periodista”, cuando soy un escritor de raza que escribe cien veces mejor que él. Y de Ro, que copula con un poeta con el talento de Ángel Antonio Herrera, qué cabe añadir. Pues eso, que Conchita y Carmen son iconos del libre pensar de la mujer enamorada.
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