Opinión

El complejo de superioridad de la izquierda

  • Xavier Rius
  • Director de Rius TV en YouTube. Trabajó antes en La Vanguardia y en El Mundo. Director de e-notícies durante 23 años.

El acto organizado por Gabriel Rufián y Emilio Delgado, con Sarah Santaolalla de telonera, el pasado 19 de febrero refleja fielmente el complejo de superioridad moral de la izquierda.

Estaban convencidos de tener una «misión histórica». No solo salvar a la izquierda, sino incluso salvar al mundo. Es una suerte que Trump no hubiera bombardeado todavía Irán porque en este caso se hubiera convertido en un aquelarre similar a los Goya.

Rufián aseguró, por ejemplo, que «está de moda ser facha, ser un chungo, ser mala gente». Con lo cual quiere decir que todos los que voten a PP o Vox son malas personas.

Ya nos pasó en Cataluña con el proceso: que repartían carnets de catalanes buenos y malos. Emilio Delgado, por su parte, hizo un llamamiento a hacer frente a «estos criminales que a lo que vienen es a infundir terror». O sea que hacía extensiva esta categoría penal a los electores de los dos partidos citados.

Mientras que Sarah Santaolalla se quejó de que «cada vez hay más nazis». Pese a que el Tercer Reich sucumbió en 1945. Y no me consta que ni en Génova ni en la calle Bambú, sede de ambas fuerzas políticas, hayan gaseado a nadie.

A pesar de ello, hubo algunos momentos, escasos, de lucidez. Como cuando el aún diputado de ERC afirmó que «lo del burka es una salvajada». «Si somos izquierda laica de verdad o podemos permitir que se invisibilice a las mujeres de esta manera», añadió.

Haberlo dicho antes porque pronunció la frase justo el día después de haber votado en el Congreso en contra de su prohibición. Además, me extrañó porque consiguió arrancar aplausos al respetable público.

Delgado reconoció, de otro lado, que hay barrios inseguros. Aunque pasó de puntillas sobre el tema de la inmigración. El concejal de Más Madrid admitió que «a la izquierda le cuesta hablar de seguridad». Por fin alguien ha entendido por qué tiene un electorado cada vez más menguante, entre otras razones.

El mismísimo Rufián pronunció en cuatro o cinco ocasiones esta palabra prohibida antaño por la izquierda. El todavía diputado republicano la considera fundamental para la próxima campaña. Su fórmula electoral es: «ciencia, método y seguridad». Pero ya es mucho para alguien que todavía se define como «marxista». En el acto lo volvió a hacer.

Pero no se descuiden, la iniciativa es la vieja táctica del voto del miedo. El líder de Esquerra en Madrid auguró más de 200 diputados para PP-Vox y hasta vaticinó que Abascal llegaría a «ministro del Interior». Si se cumplen las previsiones electorales, sospecho que puede aspirar incluso a la vicepresidencia.

En el diagnóstico, no obstante, fallaban estrepitosamente. Gabriel Rufián atribuía el auge de los partidos conservadores a las redes o «a la pasta que ha metido la ultraderecha en el poder más poderoso de todos: el poder digital». El hecho de que la vivienda esté por las nubes, la inseguridad campe a sus anchas y Sánchez se disponga a regularizar a 1,5 millones de personas -500.000 y sus hijos menores- parece que no tiene nada que ver. Es aquello de matar al mensajero.

Emilio Delgado aceptó que hay «sectores de población a los que no llegamos» y citó a «los trabajadores del campo» y a «los chavales de los barrios». Y admitió que «hay barrios complicados en los que tu hijo no puede bajar a la plaza». ¡Aleluya!

Sin embargo, que nadie se llame a engaño: toda la operación del frente progre es para que Gabriel Rufián pueda seguir ganándose la vida en Madrid. Y muy ricamente, por cierto.

Ahora ya no reclama la independencia ni anuncia que «a los 18 meses» volverá a la República catalana, sino que se limita a reivindicar «el derecho de autodeterminación» hacia el final del acto.

El mencionado derecho —en un hipotético referéndum se puede votar a favor o en contra— no es lo mismo que una declaración de independencia, pero incluso en este caso no sé si lo votarán en Algeciras.

De hecho, aquel día ya lanzó más flores a Podemos que al que es todavía su partido. Auguró que «a Bildu le va a ir de puta madre, al BNG también, igual que a Compromís», pero con ERC no lo tiene tan claro.

No ha parado tampoco de deshacerse en elogios como aquel que tira la caña a ver si pesca algo. A Irene Montero o incluso a Pablo Bustindy, el actual ministro de Consumo. A mí me recuerda a su antecesor, Alberto Garzón, al que también le hicieron un ministerio a medida por aquello de las cuotas de partido y hacer encajar a todas las fuerzas que daban apoyo a Sánchez. Luego se preguntarán por qué sube la derecha. Para contestar a la pregunta no había que hacer un acto en la sala Galileo Galilei. Basta con pisar la calle, Gabriel.