Opinión

Celebrar un juicio imposible

El que se consiga celebrar un juicio oral, con o sin jurado, y sentar en el banquillo a Begoña Gómez, ha pasado de ser primero una posibilidad lógica, a una incógnita después, y ahora es, lamentablemente, un imposible. Porque ante la acumulación de indicios, e incluso de hechos evidentes que ni siquiera necesitan prueba ulterior, se ha desencadenado una ofensiva brutal, despiadada, integral y, muy posiblemente, definitiva. Saben que el impacto comunicacional de ese juicio sería tan potente que no habría manera ni de soslayarlo ni de contraprogramarlo, y que arruinaría las posibilidades de remontar la desventaja en intención de voto que muestran las encuestas. Y saben que eso sería un cul-de-sac, que estarían en el final de la escapada, en el hundimiento del régimen; y por eso ni siquiera contemplan la posibilidad de que ese juicio se celebre.

Es por eso que se ha tocado a arrebato y han salido todos en tromba; todo el Gobierno presionando arriba, como el Barça de Flick cuando tiene que remontar un resultado adverso; presión total de todo el plantel sin dejar salida al adversario, que ya no es Peinado, o ya no sólo es Peinado, sino que es la Audiencia Provincial, es el Tribunal Superior de Madrid y es, en definitiva, la justicia. Sánchez ha sacado a jugar a todo el equipo, titulares y suplentes, y se van a comer el campo; sin lugar al desaliento y con la confianza ciega del que sabe de la infalibilidad del jefe, que, como Mario Draghi, les ha dicho que, para evitar que esa desgracia ocurra, va a hacer todo lo necesario y que, de verdad, será suficiente.

Bolaños proclama su derecho a opinar y su obligación moral de luchar contra una injusticia. Pero resulta que él no puede opinar como un ciudadano cualquiera porque no es un ciudadano cualquiera, sino que es el ministro de Justicia; y no puede luchar contra una supuesta injusticia porque su intervención no sería la del juez legal y predeterminado, sino la de un político justiciero. ¿O es que Bolaños se va a dedicar a opinar sobre todos los asuntos que son juzgados en España? ¿O es que va a instar la enmienda de todos los casos que considere que están incorrectamente instruidos? Si no es así, que evidentemente no lo es, estará corroborando la desigualdad en el trato y la capacidad de influencia que sobre él tiene Begoña Gómez por ser la mujer de su jefe.

Y el ministro Puente, con el desparpajo de una ignorancia fingida y ese tonito arrabalero, reta a que le digan de qué va el tema: ¿es Justicia o es política? Pues para ayudarle a resolver esa pregunta retórica, pero en el sentido contrario al que él mantiene, basta con que se fije en cuatro de los indicios, uno por cada delito, que ha recogido el juez Peinado, que son fríos e inapelables como tajos de espada. Dedicación exclusiva de una empleada de Presidencia del Gobierno a las actividades particulares y lucrativas (malversación de caudales públicos); registro de la titularidad del software en una sociedad particular (apropiación indebida); concesión de la dirección de una cátedra sin méritos ni formación académica (tráfico de influencias); cartas de recomendación en concursos públicos para uno de los financiadores de sus actividades (corrupción en los negocios).

En fin, más valdría que estos ministros se leyeran de verdad el auto y dejaran de hacer el ridículo proclamando de antemano una inocencia que solo se debería certificar una vez que se terminara el proceso judicial. Porque, hoy por hoy, los indicios de delito son tan obvios como la impostura de los ministros que no quieren verlos.

Como no van a escatimar medios y se está dispuesto a sacrificar todo, además del Estado de derecho y la independencia de los jueces, también se sacrificará el rigor intelectual y hasta el sentido común. Carentes de cualquier razón, van a torcer la mano de quien corresponda con una simpleza como la de aquel telegrama que, por un error en la colocación de un signo de puntuación, cambiaba el fatal destino de un condenado a muerte. En este caso bastará con poner la coma antes del adjetivo: Sobreseer la causa, imposible celebrar juicio. ¡Así de fácil, así de indigno!