La boda de los marqueses de Zugasti
La máxima de Lutero, en la que afirma que «debe llamarse matrimonio de conveniencia al que se celebra entre personas que no se convienen mutuamente» no pudo aplicarse al enlace entre Conchita Ybarra Dávila y Joaquín Fernández de Córdoba Frígola, pues formaron una bonita y armoniosa familia, que desgraciadamente no pudo durar mucho tiempo. Él ostentaba ya entonces el marquesado de Zugasti, perteneciente a la cuarta rama de la casa de Córdova, la de los marqueses de Malpica y Mancera y, por alianza, de los duques de Arión. De esta rama se derivaron también las líneas de los Fernández de Córdova, condes de Gondomar y marqueses de Montalvo.
La boda se celebró en una mañana del 1 de enero de mediados del siglo pasado en la capilla de la casa que habitaban en la sevillana calle Moratín. Luego se sirvió un cocktail a los invitados orquestado por el maître del Hotel Alfonso XIII, Clodoaldo Cortés. Del agrado de los invitados a aquella celebración no nos cabe ninguna duda, si consideramos que aquel joven maître, poco después, sería el fundador del restaurante madrileño Jockey y una de las figuras más sobresalientes de la gastronomía y la restauración española de la posguerra.
Los marqueses de Zugasti tuvieron cuatro hijos. La primera de ellas fue bautizada con el nombre de su abuela materna, Consolación, para mantener viva su memoria; la segunda fue Amparo, en este caso en honor a la abuela paterna; siguió Joaquín, actual marqués de Montalbo, maestrante de la Real de Sevilla y caballero de la Orden de Santiago; y Tomás, que homenajeaba con este nombre a su abuelo materno, conocido cariñosamente como Tomasón, debido a su corpulencia.
El abuelo Tomasón Ybarra Lasso de la Vega era nieto del I conde de Ybarra. Era un hombre muy internacional, que estudió la carrera de Derecho en Inglaterra. Tenía un humor muy británico, a veces poco comprendido en el sur de España. Era muy político y, sobre todo, muy monárquico. En la naviera Ybarra todas las mañanas dictaba un trocito del Quijote a Belencita, su secretaria. Su vida fue un drama romántico: perdió a su madre nada más nacer, a su único hijo varón siendo un mozo, a su mujer de pena y, lo más duro, al tesoro que le quedaba: su única hija, la marquesa consorte de Zugasti.
Su valía como ser humano es incuestionable, como demuestran los vestigios de tan dura trayectoria vital. En su memoria, comprobaría que los recuerdos no pueblan nuestra soledad, sino que la hacen más profunda. Me he entretenido demasiado con él, perdónenme. Debería haber seguido escribiendo sobre los Zugasti, pero mi pluma es caprichosa y hay que empezar el año con desenvoltura, que las promesas de estos días ya sabemos que luego no se cumplen.
Conocí a Amparo y a Joaquín hace unos años. Ella me pareció una señora delicada, atenta y cariñosa; él tenía el porte aristocrático que le correspondía, la firmeza y los comentarios oportunos, pero también aprecié rápidamente la falta de visión larga, un carácter demasiado fuerte y la típica personalidad egoísta con la que se han educado históricamente a los herederos de las casas nobiliarias. Los segundones somos más interesantes en general, más imprevisibles, divertidos, perspicaces y echaos pa’lante.
Extraño final para un artículo titulado La boda de los marqueses de Zugasti, pero revelador de mis intenciones en este año que ahora inauguro con ustedes: hacer lo que me dé la santa gana, en orden, por derecho y, sobre todo, con gracia.
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