Opinión

El ‘affaire Rajoy’

  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

El ‘politiqués’, el idioma en el que siempre hablan los políticos, está diseñado más para la ocultación que para la revelación, y no hay político, por mucha fama de audacia que tenga, que se deje sorprender en un renuncio cuando declama.

Pero todos tendemos a dejar de lado las cautelas cuando hablamos de lo que nos apasiona, de nuestras aficiones. Ahí solemos bajar la guardia y hablar a calzón quitado. El problema es cuando se cruzan inadvertidamente los dos mundos; entonces podemos tener cosas tan divertidas como ver a una figura tan moderadita como el expresidente Rajoy situándose con una sencilla frase a la derecha de Reagrupación Nacional.

Francia, escribió Rajoy, tiene «una selección extraordinaria; eso sí, sin franceses», y en cuestión de horas convirtió una columna futbolística en un pequeño incidente diplomático entre España y Francia.

La respuesta oficial fue inmediata. El ministro francés de Exteriores, Jean-Noël Barrot, calificó sus palabras de «estupidez» y «racismo». La portavoz del Gobierno, Maud Brégeon, las consideró «abyectas» y prueba de un profundo desconocimiento de la historia de Francia. Pedro Sánchez, desde París, confesó sentirse «muy avergonzado», mientras José Manuel Albares trasladaba al Ejecutivo francés que Rajoy no hablaba en nombre de España, lo que es bastante discutible.

Hasta ahí, una reacción exagerada pero esperable a una columna deportiva. Más desconcertante fue la reacción de Reagrupación Nacional, que ha hecho de su lucha contra la sustitución poblacional el eje de su reclamo electoral. Julien Odoul, uno de los portavoces del partido de Marine Le Pen, calificó sus declaraciones de «escandalosas, vergonzosas y lamentables» y las tachó igualmente de racistas. Rajoy había conseguido una hazaña poco frecuente: poner de acuerdo, aunque sólo fuera durante unas horas, al Elíseo y al principal partido de la derecha nacional francesa.

En su inocencia, Rajoy estaba planteando una pregunta que lleva años recorriendo Europa y que el Mundial simplemente ha sacado del banquillo: ¿qué convierte a alguien en francés?

La postura de Francia —»Francia no tiene color de piel», como afirmó Barrot— es la formulación clásica del universalismo republicano francés: la República no distingue entre ciudadanos por su origen, su religión o su raza. Francés es quien tiene la nacionalidad francesa. Punto.

Y está muy bien, y les ha funcionado durante siglos maravillosamente, convirtiendo en franceses a un corso como Napoleón, un español como Picasso, un armenio como Aznavour o un ginebrino como Rousseau. Pero es sencillamente infantil pretender que no nos choque ver en la selección que representa a Francia una representación tan exigua del tipo humano que uno tiene en la cabeza cuando piensa en un francés. Es estirar demasiado.

Reuters recordaba un dato llamativo: de los veintiséis convocados por Francia, sólo tres nacieron fuera del país. Pero una parte creciente de la opinión pública entiende que la cuestión no termina en el pasaporte.

Durante años, el debate sobre la inmigración se ha centrado en los salarios, la delincuencia, la vivienda, la presión sobre los servicios públicos o la integración. Era una discusión sobre las consecuencias de la inmigración. Poco a poco empieza a convertirse en otra distinta: una discusión sobre la identidad de las naciones europeas.

Francia ya tuvo este debate en 1998, cuando la selección campeona del mundo fue celebrada como la Francia black-blanc-beur, símbolo de una república mestiza. Muchos creyeron entonces que el debate había quedado definitivamente resuelto. Veintiocho años después, basta una frase escrita por un expresidente español para comprobar que, en realidad, sólo había quedado aplazado.

Habrá quien sostenga que una nación es exclusivamente una comunidad de ciudadanos iguales ante la ley. Otros defenderán que también intervienen la historia, la cultura, la memoria compartida o la continuidad humana de un pueblo. Lo que empieza a resultar difícil es mantener que una de esas posiciones merece ser discutida y la otra sólo merece ser denunciada.

El Mundial terminará y dentro de unos meses casi nadie recordará quién levantó la copa. Pero quizá sí recordemos otra cosa: que, durante unos días, Europa dejó de hablar de fútbol y empezó a discutir sobre sí misma.