Quizá te la encuentres haciendo senderismo, pero es una rarísima especie endémica de la Península Ibérica
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¿Cuáles son las especies endémicas?
Cuando las temperaturas se regulan un poco, salir a hacer senderismo es uno de los mejores planes que se pueden hacer. Paisajes imponentes, silencio, aire limpio… la combinación perfecta para desconectar de la rutina. Y entre caminos, árboles o rocas, hay plantas que suelen pasar desapercibidas.
Ese es el caso de Arenaria erinacea, una especie endémica que sólo crece en ciertas montañas de clima continental de la Península Ibérica. Desde Lugo hasta la Sierra de Grazalema, su presencia es tan limitada que muchos ni se dan cuenta de que existe. Aun así, lleva siglos resistiendo viento, frío y altura sin que nadie le preste mucha atención.
Esta es la curiosa especie endémica que pasa desapercibida en la montaña
Arenaria erinacea es una planta que sólo vive en la Península Ibérica. No se encuentra en Francia, en Marruecos, ni en ninguna otra parte del mundo. En España aparece sobre todo en zonas de montaña: norte, centro, este y sur. Su hábitat son esas cimas peladas donde el viento no da tregua y el suelo, muchas veces crioturbado, se agrieta por el hielo.
Su distribución no es uniforme. Se ha localizado en sistemas montañosos como la Cordillera Cantábrica, el Sistema Ibérico, los Pirineos y en puntos aislados como la sierra de Codés en Navarra, donde apenas hay una localidad conocida. Esa es una de las razones por las que se propone incluirla como especie «vulnerable» en los catálogos de conservación.
Las condiciones que necesita son tan específicas que apenas tiene margen para expandirse. Prefiere pastizales pedregosos de altura, zonas calizas y laderas expuestas al viento. A pesar de que no se han realizado censos exhaustivos, su rareza salta a la vista en cuanto se compara con otras especies de su entorno.
Cómo es esta planta que sobrevive entre piedras y viento en la Península Ibérica
La Arenaria erinacea es una planta pequeña, dura y compacta. No levanta más de 10 centímetros del suelo y crece en forma de cojín denso, como una alfombra vegetal erizada. Su aspecto recuerda un poco a un erizo, de ahí su nombre científico: erinacea.
Las hojas son cortas, lanceoladas y terminan en una pequeña arista. No tienen pelos llamativos ni colores que brillen, por lo que se camufla muy bien. Las flores son blancas, de cinco pétalos, y pueden aparecer solas o agrupadas. Florece en los meses cálidos, de mayo a agosto, aunque la altitud modifica ligeramente su calendario.
El fruto es una cápsula pequeña, apenas unos milímetros, con semillas negras y reniformes. No compite con árboles ni necesita sombra. Le basta un suelo pedregoso, algo de caliza y que nadie le pise.
Lo curioso es que, pese a su rareza, sigue siendo bastante desconocida. No aparece en muchas guías, no llama la atención y pasa desapercibida incluso para algunos botánicos. Los senderistas que caminan junto a ella difícilmente imaginarían que están ante una especie tan singular.
Pero quienes la conocen, saben que no hay muchas como ella. Y por eso se propone protegerla, porque una especie que vive sólo en este rincón del mundo no debería perderse en silencio.
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