OKDIARIO en Israel: Tel Aviv intenta vivir con normalidad pese a las heridas de un conflicto aún latente
Domingo. Aquí en Israel es el primer día de la semana; su rutina arranca en domingo, no en lunes, y basta salir a la calle para comprobarlo. La ciudad transcurre con una normalidad casi desconcertante: gente camino al trabajo, un sol limpio que baña los bulevares, terrazas repletas de desayunos típicos —shakshuka humeante, cafés servidos con prisa— y un tráfico caótico, desordenado, tan característico de Oriente Medio. Israel podrá ser la única democracia plenamente consolidada de la región, pero hay cosas que no cambian.
Sin embargo, bajo esa apariencia de vida cotidiana late una calma tensa imposible de ignorar. La primera parada es prueba de ello: una de las zonas donde impactó uno de los misiles de largo alcance lanzados por Irán hace apenas unos meses, durante aquella ofensiva inédita que por primera vez incluyó decenas de misiles balísticos directos contra territorio israelí.
El edificio residencial alcanzado está completamente destruido. Sólo quedan columnas retorcidas, muros abiertos como heridas y restos de viviendas suspendidos sobre un vacío que impresiona. Su estado es un recordatorio brutal del polvorín que fue, es y seguirá siendo Oriente Medio. El impacto fue tan potente que la mayoría de los edificios colindantes de la manzana conservan en sus fachadas las marcas de la explosión: ventanas reventadas, balcones arrancados, persianas dobladas como papel. Esas cicatrices, visibles incluso meses después, cuentan una historia que la aparente normalidad de Tel Aviv intenta —sin conseguirlo del todo— dejar atrás.
Pese a la brutalidad de lo vivido, el impacto no dejó víctimas mortales. Las sirenas de ataque —esas que en Israel forman parte del paisaje sonoro tanto como el rumor del tráfico— sonaron con la precisión que aquí se da por sentada. En cuestión de segundos, los residentes abandonaron lo que estuvieran haciendo y corrieron hacia los refugios de los edificios de enfrente, siguiendo una coreografía aprendida casi desde la infancia.
Sólo unos segundos pueden separar la vida de la muerte. Ese margen mínimo, esa reacción instintiva al sonido metálico de la alarma, fue lo que evitó que la escena de devastación que tengo delante fuese también un lugar de duelo. Para muchos de los vecinos, el estruendo del impacto aún sigue resonando, no sólo en los muros fracturados, sino en la memoria de una madrugada que pudo haber acabado de otro modo.
Metros más adelante, las sedes del Ministerio de Defensa y del Mossad, la inteligencia israelí —considerada una de las más potentes y temidas del mundo— también fueron alcanzadas por misiles durante esos doce días de escalada más intensa entre Irán e Israel en la historia reciente. Fue la primera vez que ambos países se enfrentaban directamente, con ataques y represalias mutuas que pusieron al país, y a la región, en máxima alerta. Los muros, las fachadas y las calles cercanas conservan la memoria de esa tensión: ventanas blindadas, controles de acceso reforzados y patrullas constantes son testigos mudos de la amenaza latente. Aquí, incluso la normalidad cotidiana lleva la marca de la guerra, un recordatorio permanente de que la sombra de la violencia sigue presente en cada rincón de la ciudad.
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