OKDIARIO se adentra en el viejo Jerusalén: visitamos el ‘colegio español’ de las misioneras del Calvario
Las autoridades investigan la agresión registrada en la Ciudad Vieja de Jerusalén en un contexto de alta sensibilidad religiosa
Jerusalén no es solo un punto en el mapa. Es el epicentro espiritual donde convergen las tres grandes religiones monoteístas. Es una ciudad donde la fe define, pero también donde la historia pesa y donde la convivencia, aunque imperfecta, existe.
En los últimos días, un hecho grave sacudió esa delicada realidad: la agresión a una monja en Monte Sion, un área de altísima sensibilidad religiosa donde conviven símbolos centrales del cristianismo y del judaísmo.
El hecho es condenable. No admite matices.
Pero lo que ocurrió después merece una mirada aún más rigurosa.
En cuestión de horas, el incidente fue amplificado y convertido en narrativa global. Un acto individual pasó a ser interpretado como reflejo de una supuesta intolerancia estructural. La generalización fue inmediata. Y con ella, el riesgo de distorsionar la realidad.
Porque el problema no es solo el hecho. Es el uso que se hace de él. Reducir Jerusalén a ese episodio es desconocer su esencia. Pero utilizarlo como combustible para discursos que derivan en antisemitismo no solo simplifica la realidad: la degrada.
En Jerusalén, como en cualquier sociedad, hay personas buenas y malas. Judíos, cristianos y musulmanes comparten esa misma condición humana. Generalizar no construye verdad. Construye prejuicio.
Por eso, en lugar de quedarme en el ruido, decidí caminar el barrio cristiano de la Ciudad Vieja. Buscar respuestas donde no llegan los titulares.
Allí, en pleno corazón de ese entramado histórico y espiritual, se encuentra el colegio Nuestra Señora del Pilar, conocido como «el colegio español». Fundado en 1923, este espacio educativo, gestionado por las Misioneras Hijas del Calvario, mantiene como base de su enseñanza una visión profundamente humanista: educar desde el respeto, la dignidad y la convivencia.
Niñas palestinas, cristianas y musulmanas, comparten aulas, idiomas árabe, hebreo, inglés y español, y una experiencia cotidiana que desafía las narrativas simplificadas.
Fue allí donde encontré una de las voces más claras para entender Jerusalén: la hermana Mayela.
Mexicana, con más de dos décadas en la ciudad, fue maestra en este colegio y forma parte de una congregación cuya esencia es profundamente simbólica: acompañar, en oración, las tres horas de agonía de Jesucristo junto al Santo Sepulcro.
«Yo me he sentido a gusto en Tierra Santa», me dice. Su testimonio no es ingenuo. Es vivido. Recuerda cómo, durante años, los fines de semana recorrían Israel, y cómo esos recorridos se convirtieron en una de las experiencias más maravillosas de su vida: descubrir el país en su diversidad, en su complejidad y en su humanidad cotidiana. También recuerda cómo las niñas palestinas cantaban como andaluzas La violetera, como Sara Montiel, reflejo de una educación donde la cultura española se integraba con naturalidad. «Las niñas árabes son muy inteligentes», afirma.
Pero lo más revelador no está en la anécdota, sino en la estructura. En el colegio, las hermanas enseñaban religión a las niñas católicas, mientras una maestra musulmana impartía clases de islam a las alumnas musulmanas. Y en las clases generales, la religión no se utilizaba como punto de conflicto. «Como decía la Madre Irene: el respeto es lo primero». Esa frase resume más sobre Jerusalén que muchos análisis geopolíticos.
Para la hermana Mayela, Tierra Santa es única. «Es donde Jesús nació, vivió y dio la vida por nosotros». Y añade algo íntimo: su sueño, desde México, siempre fue vivir y morir en Jerusalén.
No niega la realidad.
«Tierra Santa es tierra de conflictos, como en todas partes. Pero nuestro cristianismo nos alimenta desde la vivencia, desde el recordar y renovar».
Su mirada sostiene una verdad incómoda para muchos: la convivencia no es perfecta, pero es real.
En medio del ruido mediático, también hay gestos que importan. El vicealcalde de Jerusalén, Adir Schwarz, envió una flor y una carta a la monja agredida. Un acto discreto, sin consignas. Pero profundamente significativo.
No cambia el hecho. Pero sí marca el contexto.
Jerusalén vive en una dualidad constante: tensiones reales y convivencia cotidiana. Es una ciudad donde la espiritualidad convive con la fricción humana.
Ignorar el incidente sería irresponsable. Convertirlo en categoría general, deshonesto.
Por eso, el desafío periodístico y humano, es sostener ambas dimensiones: denunciar sin distorsionar, analizar sin simplificar.
Vuelvo al colegio Nuestra Señora del Pilar. A sus pasillos donde niñas de distintas religiones crecen juntas. A ese espacio donde la convivencia no se proclama, se aprende.
Hoy, el centro está coordinado por la hermana Hedwin, una religiosa originaria de Zimbabue que habla español, reflejo vivo de la dimensión global y multicultural que define tanto a Jerusalén como a esta institución.
Allí, lejos del ruido, Jerusalén revela su verdad más profunda.
Una verdad que no cabe en titulares.
Porque en esta ciudad milenaria, incluso un gesto aislado puede convertirse en símbolo global.
Pero el verdadero desafío es no confundir el eco del incidente con la esencia de Jerusalén.
(*) Nicole Mischel Morely es periodista sefardí israelí.
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