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Francia, laboratorio de la decadencia europea: mafias con metralletas y drones con droga para las cárceles

Prohíbe helicópteros sanitarios nocturnos para no interferir con los drones del narcotráfico

  • Pedro Fernández Barbadillo
  • Columnista de Internacional. En la editorial Homo Legens ha publicado 'Eternamente Franco' y 'Los césares del imperio americano'. Su último libro es 'Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español' (Almuzara).

En Francia, docenas de drones están alterando el tráfico aéreo, aunque no los ha enviado Vladímir Putin. Aparte de los que atacan Kiev, se han detectado drones rusos en los países bálticos, Rumanía, Bulgaria y Polonia; pero los que preocupan a las autoridades francesas no vienen de Moscú, sino de las banlieues de sus propias ciudades.

La agencia France-Presse desveló que los drones que realizan entregas de droga y otros productos a los reclusos de la prisión de Estrasburgo-Elsau son tan frecuentes que, para evitar accidentes, la prefectura ha prohibido a los helicópteros sanitarios que transportan a heridos y enfermos el aterrizaje por la noche en el hospital Hautepierre, en la misma Estrasburgo, séptima ciudad del país y una de las sedes del Parlamento Europeo.

En vez de detener a esos delincuentes, las autoridades suspenden el servicio al que afectan. Es una medida idéntica a la de cortar el paso por una calle porque en ella hay muchos atracos. He aquí un símbolo de la decadencia de los Estados europeos, a los que las mafias están poniendo de rodillas, sea mediante la inmigración o el narcotráfico.

Otros hechos que confirman la pérdida del orden público son las hordas de africanos que tomaron las calles durante el último Mundial cuando la selección francesa perdía algún partido o bien lo ganaban las de sus países de origen, con los que de verdad se identifican. Y las quemas de cientos de vehículos en Nochevieja y en otras festividades a lo largo de todo el país, ya tan frecuentes que la prensa subvencionada omite los recuentos.

En los años 80 del siglo XX, las alabanzas al Estado francés iban desde los patriotas militantes de Fuerza Nueva a las lectoras internacionalistas de El País. Todos encontraban en Francia cosas que les encantaban o envidiaban: el funcionamiento de la Administración, el laicismo oficial, la potencia del catolicismo tradicional, la presencia de la masonería, los partidos de la ideología respectiva, la red de centrales de energía nuclear, un sector público que competía con empresas de EEUU, Fuerzas Armadas operativas, generosas pensiones públicas… Ser francés era uno de los sueños de la generación de la transición, que los progresistas más acomplejados llegaban a expresar en público.

Por el contrario, ahora Francia tiene mucho en común con España: un Estado ineficaz, dirigido por una oligarquía de alucinados, aunque con más títulos universitarios, más idiomas y más viajes.

La creciente delincuencia, formada por extranjeros y “nuevos franceses”, ha logrado dominar numerosos barrios en las grandes ciudades. En sus combates contra otras bandas y la policía, los criminales recurren a metralletas y hasta a morteros y lanzacohetes de fabricación casera. Ahora están desarrollando el uso de drones, de momento para el suministro de droga y teléfonos a sus jefes encarcelados. La fase siguiente consistirá en la vigilancia de la policía y el ataque a comisarías o juzgados.

Por los vídeos que llegan de la guerra de Ucrania sabemos lo fácil que es para un técnico sentado en una oficina alejada del frente matar a un pobre soldado mediante un dron pequeño armado con una poca cantidad de explosivos. El mismo método puede emplearse para asesinar a jueces, fiscales, policías, periodistas, o alcaldes que persigan a esos delincuentes.

Diversas bandas, formadas por turcos, marroquíes, colombianos, albaneses, pakistaníes, o argelinos, que ya han superado en número y en violencia a los criminales nativos, se disputan el hampa en Suecia y los puertos de Rotterdam y Amberes, y por supuesto se expanden en Alemania, Francia y España.

Los Estados europeos pretenden lanzar el euro digital, cuando no custodian sus propias bases de datos, duplican la recaudación de impuestos, interfieren en la conducta de los ciudadanos honrados… Y a la vez se revelan incapaces de perseguir y derrotar a la gran delincuencia, como también de evitar las muertes de cientos de personas por una ola de calor o por inundaciones.

Este fracaso en ofrecer seguridad supone una pérdida de legitimidad que está despojando a los Estados de la facultad de pedir obediencia a los ciudadanos y que también explica el surgimiento de los partidos identitarios.