La nueva OTAN 3.0 y la geoeconomía de la defensa
La cumbre se ha celebrado por segunda vez en Turquía, un actor clave que controla determinados accesos estratégicos
Como continuación al punto de inflexión geopolítico de 2025 que supuso para Europa el anuncio de que para los EE. UU, Europa ya no es una prioridad estratégica y que no seguirían cubriendo los niveles de defensa existentes, la transcendental cumbre de la OTAN en Ankara ha puesto el foco directo tanto en el reequilibrio de las capacidades y de las cargas financieras como en la inversión en la seguridad y la defensa vía impuso de una industria de la defensa autónoma que aunque sea interoperable con la de los EEUU no esté sometida totalmente a sus planes estratégicos y a sus cadenas de suministro. Un difícil equilibrio entre las exigencias de Trump y las sensibilidades europeas.
La Alianza Atlántica es un bloque defensivo compuesto por 32 países aliados que en la actualidad está sometido a una fase intensa de redefinición de los recursos que cada miembro debe aportar, para hacer creíble la cuestionada capacidad de disuasión de la propia organización y el grado de cohesión interna. Una de las claves de este proceso es definir adecuadamente la relación entre la OTAN y los EE. UU, incluyendo la posible continuidad de parte del contingente militar que opera en territorio europeo desde bases navales y aéreas.
La cumbre se ha celebrado por segunda vez en Turquía, un actor clave que controla determinados accesos estratégicos y posee una industria de defensa autónoma desde que se encontró con una crisis de suministros en el conflicto de Chipre. Desde una perspectiva geoeconómica, la cumbre no sólo aborda el gasto en defensa y el apoyo a Ucrania, sino que pone en evidencia las importantes tensiones estructurales en las cadenas de suministro de materiales y municiones, la vulnerabilidad de los flujos energéticos, la atomización de las industrias locales de defensa y el imprescindible reequilibrio transatlántico de las responsabilidades económicas.
El mensaje es claro, para hacer creíble la disuasión es clave desarrollar una capacidad industrial que sea capaz de dar una respuesta rápida a cualquier crisis o conflicto que pueda producirse. Es preciso lograr una mayor autonomía militar de Europa en lo que respecta a la tecnología y el uso militar de la inteligencia artificial en la guerra híbrida incluida la ciberguerra. Una mayor autonomía en las capacidades, en la operativa logística de los suministros y en la garantía de tener acceso a la munición necesaria para cubrir la llamada defensa convencional.
Y es clave porque los EEUU están priorizando la disuasión frente a China en la Región del Indo Pacífico y ya no quieren tener a nuestra disposición íntegramente todas las capacidades estratégicas que nos habían proporcionado hasta la fecha en materia de inteligencia, transporte, mando y control, defensa antimisiles o logística. Ucrania será reconocida como el gran acelerador de la historia en esta nueva gramática del poder.
Por primera vez, el proceso de planeamiento de defensa de la OTAN (NDPP), se integró con la planificación operativa del Mando Aliado en Europa (SACEUR) para asignar las capacidades militares concretas que deberían completar cada uno de los Estados miembros. Un proceso realista que pude comprobar hace unos meses, de primera mano en nuestra visita al Cuartel General del Ejército de Tierra durante el Curso de Defensa nacional del CESEDEN.
Se ha incorporado como centro del debate el planteamiento de un crecimiento presupuestario para la defensa del 3,5 % para disuadir a Rusia tal y como se recogió en el Libro Blanco sobre la Defensa y se discutió en la Cumbre de La Haya de junio de 2025. Un compromiso de alcanzar el 5 % del PIB en gasto en defensa con un mínimo del 3,5 % anual. El principal reto es la transición hacia un objetivo de gasto en defensa del 5% del PIB para 2035 con un 3,5% para potenciar las capacidades centrales y 1,5% en gastos relacionados. Según estimaciones de la OTAN, alcanzar sólo el 3,5% requeriría cientos de miles de millones adicionales al año, elevando el gasto total de la OTAN a niveles que podrían superar los 2,9 billones de dólares anuales en 2035
Durante la última década los aliados europeos y Canadá han invertido 1,2 billones de dólares adicionales en defensa con una cifra de 130.000 millones de dólares en 2025, el mayor esfuerzo inversor desde el final de la Guerra Fría. Según sus propios datos, Estados Unidos destina 999.000 millones de dólares a la defensa común, una cifra que contrasta drásticamente con la de otros socios como los 66.500 millones de Francia, los 48.800 millones de Italia o los 44.300 millones de Polonia que junto a Lituania y Letonia son quienes más porcentaje de su PIB invierten en defensa ahora mismo y sólo los polacos están por encima del 4%, según los datos del último informe de la Alianza correspondiente al 2025.
El caso de Estados Unidos, es paradigmático, porque la presión de Trump a los demás no se aplica a sí mismo dado que ha reducido su inversión en defensa en el último año, situándose en un 3,19%. Es el único miembro de la Alianza que ha bajado la cifra de aportación a la organización que se ha reducido del 64% al 60%.
Una clave de la Cumbre de La Haya fue el compromiso de ampliar la cooperación industrial de defensa transatlántica y aprovechar la tecnología emergente y el espíritu de innovación para avanzar en la seguridad colectiva. Para hacerlo posible se comprometían los firmantes a eliminar las barreras comerciales de defensa entre los aliados. Durante la Cumbre de Ankara se ha celebrado el Foro Industrial de Defensa de la OTAN, de donde han nacido diferentes compromisos para fabricar en Europa armamento de diseño americano como misiles y munición de gran calibre que permitan aumentar las reservas disponibles.
La clave no es gastar más, sino producir más y a un ritmo más acelerado en un contexto de bajas reservas por el gran aporte a Ucrania. Un crecimiento de la inversión con destino al desarrollo de una moderna industria de la defensa europea, genera nuevas capacidades imprescindibles para garantizar nuestra resiliencia como pilar de nuestra ventaja estratégica y al apoyo incondicional a Ucrania en su defensa territorial en un desgaste asimétrico frente a Rusia.
Vivimos en un escenario estancado a la espera de unas cercanas negociaciones de paz que nunca llegan. Se destaca la iniciativa PURL, lista de los requerimientos prioritarios de Ucrania, un instrumento clave para dotar a nuestro aliado de los sistemas de armas de fabricación americana, que primero adquieren los miembros de la OTAN y luego entregan al ejército ucraniano. Se trata de interceptores Patriot, sistemas de defensa aérea y otros considerados imprescindibles para la autodefensa.
La OTAN no olvida el flanco mediterráneo, un foco de inestabilidad euroatlántica creciente, con amenazas híbridas y una evidente presión migratoria orquestada por Rusia, que recibimos desde el Magreb y el Sahel, sin olvidar la cada vez mayor presencia de China en el territorio africano.
Una de las claves de esa buscada autonomía estratégica europea en materia de defensa se refiere a la gestión de las dependencias criticas de materiales como el titanio o de determinadas tierras raras. Las fragmentaciones nacionales de las diferentes industrias de defensa europeas producen numerosos desencuentros, lagunas de capacidades, duplicidades, problemas de interoperabilidad, y sobre todo dependencia de otros países principalmente de los EEUU que se transforman en sumas de gasto ineficiente. Esta revisión se llevará a cabo con la colaboración de las Fuerzas Armadas de los EEUU y del mando europeo, e implicará consultas con el Congreso de Estados Unidos y con los aliados, pero como adelantó el secretario de Defensa de los Estados Unidos, será una revisión en toda regla.
Desde el punto de vista geoeconómico, este aumento presupuestario no es sólo fiscal, dado que implica la reasignación de los presupuestos nacionales en un momento de desaceleración económica europea, envejecimiento poblacional y de transición energética. Países como Alemania, España, Francia o Italia se enfrentan a dilemas entre inversión en defensa, el gasto social en el marco de una mejora de la competitividad industrial. Un gasto elevado podría actuar como un estímulo keynesiano clásico si se destina a producción local, pero también puede generar riesgos de inflación, aumento de deuda pública y un efecto crowding out de expulsión de otras inversiones productivas como la vivienda. La dependencia de tecnología y armamento estadounidense podría agravar los importantes desequilibrios comerciales transatlánticos, especialmente bajo una administración Trump que prioriza el «America First» y presiona por el reparto de las cargas.
Un segundo gran reto es la escalada de la base industrial de defensa. La guerra en Ucrania ha revelado importantes cuellos de botella en la producción de municiones, misiles y sistemas avanzados. Europa debe aumentar su capacidad productiva, diversificando las cadenas de suministro y reduciendo vulnerabilidades ante las posibles disrupciones de semiconductores o tierras raras dominadas por China. Desde el punto de vista de la geoeconomía estratégica, se abren oportunidades para una «revolución industrial de defensa» transatlántica.
Un tercer desafío geoeconómico es el flanco sur y la inestabilidad en Oriente Medio. Conflictos recientes, como las tensiones en el Estrecho de Ormuz, han impactado sobre los flujos del crudo y los precios de la energía. La OTAN debe abordar cómo este tipo de inestabilidad regional afecta a la seguridad energética europea, a los flujos migratorios y a las rutas comerciales.
El reequilibrio transatlántico plantea riesgos serios de una fragmentación económica. La presión estadounidense para que Europa asuma una mayor responsabilidad podría acelerar la «autonomía estratégica» europea, con implicaciones para la realización de compras conjuntas, normas técnicas y un mercado único de defensa. Si Europa prioriza «compra en Europa», podría reducir su dependencia de los EEUU, pero a costa de reducir tanto la interoperabilidad como las economías de escala.
Los retos geoeconómicos de Ankara van más allá de los nuevos presupuestos de defensa, se trata de reconfigurar las alianzas económicas en un mundo multipolar impulsando la innovación, el empleo en sectores de alta tecnología y una mayor autonomía europea, fortaleciendo la OTAN como un pilar de estabilidad económica global. En el caso de fracasar, la menor competitividad y vulnerabilidad ante los rivales como Rusia y China, serían clave. La cumbre no sólo definirá la seguridad, sino la viabilidad económica de la OTAN.
Termino con unas reflexiones del Real Instituto Elcano que hace unas semanas publicaba las pautas que serían esenciales, para lograr de forma acelerada la madurez europea en política industrial de defensa, en el caso de una reorientación drástica de la política estadounidense en esta materia.
El principal punto señalado es la necesidad de centrarse en lograr un nivel mucho más alto de convergencia en la evaluación de las amenazas comunes. Se citaba el concepto de «seguridad de 360 grados», que implica un acuerdo por parte de todos los aliados para lidiar con amenazas procedentes de cualquier dirección, del Sahel a Rusia, sean de carácter militar, híbrido o terrorista. Para reforzar la solidaridad y lanzar un mensaje a quienes no deseen trabajar en equipo, los europeos harían bien en reflexionar sobre los peligros que entraña el distanciamiento autoimpuesto.
La unidad y el compromiso colectivo son una apuesta mucho más segura para todos los países europeos. Finalmente, poner la seguridad en primer plano debería servir además de catalizador de la innovación tecnológica y de la competitividad. La inversión en una industria para la defensa debería estimular el crecimiento económico y la modernización de la economía, combinando la fortaleza europea con la de nuevos socios y aliados de otros continentes como Australia, Canadá, Japón o Corea del Sur.
Futurum ex praesenti scriptum
José Luis Moreno, economista ha sido director de Economía en la Comunidad de Madrid y en el Ayuntamiento de Madrid. Autor de Geoeconomía estratégica con ESIC.
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