Absolutismo esloveno
No hubo sorpresa. El régimen esloveno se mantiene indemne, incólume y aparentemente intacto. En el planeta ciclista rige el absolutismo esloveno. Un dominio que no tiene a la bella Ljubliana como capital; la elección de este poder bicéfalo ha elegido para esta temporada París, Roma, y probablemente, Madrid. La admiración por las capacidades que demuestran Pogacar y Roglic no hace sino crecer con el paso del tiempo, en base a victorias y exhibiciones como las acreditadas en la última semana.
Sendos triunfos nos dejan varias conclusiones. La que considero más destacable es la que nos reaviva al mejor Roglic, quien después de pasar por el quirófano para robustecer un chasis que arrastraba dolencias desde hacía años, ha acabado luciendo la bella casaca azulona con total superioridad, haciéndose acreedor al trofeo más hermoso del calendario.
Roglic ha vuelto. Alguien bien podría decir que nunca se fue. Es igual de cierto admitir que existían dudas acerca de su renovada plenitud. No eran pocos los que pensaban que esta Tirreno–Adriático, que finalmente ha ganado con contundencia, no iba con él. Ha desmentido con su habitual superioridad todos los sombríos pronósticos. El esloveno del Jumbo–Visma domina los finales que exigen un plus de potencia. Con razón es triple vencedor de La Vuelta, carrera especializada y promotora en este diseño de metas.
Acertó Roglic eligiendo el Giro de Italia su como objetivo central. Allí disfrutaremos de un combate galáctico con Remco Evenepoel, el mismo que le arrebato su cuarta Vuelta. Dos corredores de características similares, con una diferencia de edad de casi diez años. Es una excelente noticia para el ciclismo el triunfo de Roglic en esta Tirreno. Primoz alcanza las seis decenas de victorias en su carrera profesional, algo digno de admirar para un ciclista tardío, que ha sabido como nadie renacer y levantarse todas las veces que la vida y el ciclismo le han probado. Desde aquel fatídico Tour perdido en el último suspiro en la Super Planche de les Belles Filles, hasta la última vez, en la aparatosa caída del Monasterio de Tentudía, un trance que bien podría haber significado el principio de su ocaso.
Un Pogacar bestial
Otra conclusión es Pogacar en sí mismo. Tadej Pogacar devora hasta los calificativos. No le caben ni le abastecen suficientemente. ¡Qué bestia!, es la expresión más espontánea y real para resumir la retahíla de adjetivos que podrían definirle. Insaciable, inasequible, incansable, y así hasta detonar el María Moliner, quien, como el esloveno en su ramo, fue capaz de escribir sola y por su propia mano, el diccionario más completo, útil, sutil y divertido de la lengua castellana. Pogacar gana en solitario y se divierte, y no se esconde de hacerlo. No lo necesita.
El triunfo aplastante de Pogacar en su primera participación en la Paris-Niza obliga a repensar cómo fue posible que Vingegaard le ganara un Tour de Francia a este espécimen. La respuesta es el trabajo de equipo con otro gran ciclista enfrente. El danés ha perdido su primer combate, sin embargo, se ha demostrado luminoso. No se ha escondido, lo ha intentado en los puntos decisivos, si bien con tan portentoso rival, fue imposible hacer más. En marzo, Pogacar está mejor. Junio, todavía nos coge muy lejos.
La última conclusión es la síntesis de todo lo narrado. El absolutismo esloveno sentencia que sus rivales están muy lejos. Cuesta imaginar un golpe de autoridad de alguno de sus contrincantes más ambicioso. No son pocos los que lo intentan, contemplándose importantes progresos en algunos de ellos. Sin embargo, Pogacar y Roglic, además de acreditar superioridad, como diría José María García, no regalan ni en los cumpleaños.
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