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El castellano es un idioma profundamente vinculado a su historia y a su mesa. Una de las frases más recurrentes para expresar indiferencia absoluta tiene sus raíces en los mercados y cocinas de la Edad Media, donde una pequeña semilla marcaba el valor de lo insignificante.
En el día a día, recurrimos a fórmulas lingüísticas de forma casi automática sin pararnos a pensar en el peso histórico que cargan. Entre todas ellas, existe una expresión que ha sobrevivido al paso de los siglos para definir el desinterés más absoluto: «importar un comino».
Aunque hoy la usamos en cualquier contexto, su origen nos traslada a una época donde esta especia, a pesar de sus propiedades, era el ejemplo perfecto de lo que no tenía valor económico ni presencia física relevante.
El valor de lo ínfimo: por qué el comino se convirtió en símbolo de indiferencia
Para entender el origen de esta expresión, debemos fijarnos en la naturaleza misma del producto. El comino es una semilla de dimensiones minúsculas y peso casi imperceptible. En la España medieval, aunque era una especia muy utilizada en la gastronomía por su aroma y sus beneficios digestivos, su abundancia y su pequeño tamaño la hacían parecer algo despreciable desde el punto de vista del valor material.
Decir que algo «importaba un comino» era una forma metafórica de señalar que el asunto en cuestión no pesaba nada, no ocupaba espacio y no merecía el más mínimo esfuerzo. Era, en definitiva, la unidad de medida mínima de la relevancia.
A diferencia de otras especias exóticas y costosas de la época, como el azafrán o la pimienta, el comino representaba lo común y lo diminuto, lo que cualquiera podía tener y a lo que nadie daba importancia si se perdía una sola semilla.