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Sociología

La sociología afirma que las personas que en los años 80 o 90 compraron una casa en la playa no es porque les sobrara el dinero: buscaban un refuerzo social tras décadas de escasez

  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Durante los años 80 y 90, tener una casa en la playa se convirtió en una aspiración compartida por miles de familias españolas de clase media. Apartamentos en Benidorm, Torrevieja, Salou o la Costa del Sol se llenaban cada agosto de propietarios que, en muchos casos, habían tardado años en pagar su vivienda habitual y aun así decidieron endeudarse de nuevo.

Desde luego, la explicación más sencilla apunta al crecimiento económico de aquellas décadas. Sin embargo, los estudios sobre la segunda residencia en España sugieren que el dinero disponible solo explica una parte del fenómeno. La otra tiene que ver con la memoria de una generación y con lo que aquel apartamento junto al mar significaba ante los demás.

¿Por qué se solían comprar casas en la playa durante los 80 y 90?

Quienes compraron esas viviendas sobre distintas costas habían nacido, en su mayoría, en los años de la posguerra o justo después, cuando las cartillas de racionamiento estuvieron vigentes hasta 1952.

Así, crecieron en hogares donde no sobraba nada. Para ellos, el apartamento en la playa no era solo un lugar de vacaciones: funcionaba como prueba visible de que la familia había prosperado y había dejado atrás aquella etapa.

Por su parte, la sociología lleva más de un siglo estudiando este mecanismo. El economista Thorstein Veblen acuñó en 1899 el concepto de consumo ostentoso para describir las compras cuyo valor reside, sobre todo, en lo que comunican a los demás.

Y en la España de aquellos años, pocos bienes transmitían tanto como poder decir en el barrio que se pasaba el verano «en el apartamento».

Desde luego, esa dimensión cultural aparece también en la investigación académica. El sociólogo Julio A. del Pino Artacho, de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), analizó la vivienda secundaria en la costa en un artículo publicado en la revista Scripta Nova de la Universidad de Barcelona.

En él sostiene que estas casas actúan como símbolos de identidad y distinción social, y no solo como espacios de ocio, y describe un «nomadismo sedentario» de familias que vuelven siempre al mismo lugar.

La transformación del «país de propietarios» al apartamento en la costa

El terreno estaba abonado desde décadas atrás. En los años 50, el ministro de Vivienda José Luis Arrese defendió la idea de construir una España «no de proletarios, sino de propietarios», y el desarrollismo de los 60 consolidó la vivienda en propiedad como la gran meta de las familias. El Seat 600 y el piso propio se convirtieron en los primeros símbolos de la nueva clase media.

Ildefonso Marqués-Perales, profesor de Sociología de la Universidad de Sevilla y especialista en movilidad social, lo explicaba así en declaraciones al diario Ara: la vivienda en propiedad «se convirtió en símbolo de estatus para indicar que habías triunfado, aunque fuera modestamente».

Según el investigador, los gobiernos, la publicidad y la televisión alimentaron durante aquellos años esas aspiraciones de «vida perfecta».

Dicho esto, con la casa principal ya pagada o en vías de pagarse, la segunda vivienda era el siguiente escalón.

Así lo recoge un estudio del geógrafo José María Serrano Martínez, de la Universidad de Murcia, publicado en Cuadernos de Turismo: una vez que se dispone de la vivienda habitual en propiedad, «los ahorros se canalizan hacia estas segundas viviendas», que además empezaban a verse como una inversión segura.

Lo que dicen las cifras sobre las casas en las playas españolas

Los datos del trabajo de Serrano Martínez, elaborados a partir del INE, reflejan la dimensión del fenómeno. En 1950 había en España unas 180.000 viviendas secundarias, mientras que en 2001 la cifra llegaba a 3,32 millones, 18 veces más.

Además, cabe remarcar que la década de los 80 fue la de mayor construcción de viviendas de toda la segunda mitad del siglo XX, con 4,7 millones de nuevas unidades.

En este sentido, la costa concentró buena parte de ese crecimiento. Solo entre 1981 y 1991 se sumaron cerca de 750.000 segundas residencias, y casi la mitad se levantaron en Andalucía, la Comunidad Valenciana y Cataluña.

De esta manera, a comienzos de los 90, más de la mitad de las viviendas secundarias del país (el 50,2%) estaban en el litoral o en municipios cercanos a él.

Y para ir cerrando, hay que destacar que el hábito no ha desaparecido. Según la Encuesta de Características Esenciales de la Población y las Viviendas del INE, en 2021 el 15,5% de los hogares españoles disponía de una segunda residencia, lo que equivale a unos 2,1 millones de familias.

Así, cuatro décadas después del gran auge, casi una de cada seis familias del país conserva un segundo hogar fuera de su residencia habitual.