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Según los psicólogos expertos, los adultos que necesitan dormir abrazando una almohada no son infantiles, en realidad necesitan la sensación de seguridad

Dormir abrazado a una almohada es una costumbre mucho más habitual de lo que parece y no tiene por qué tener nada que ver con comportamientos infantiles. Algunas personas lo hacen porque así están más cómodas, otras porque duermen de lado y encuentran una postura mejor, y también están quienes reconocen que les cuesta conciliar el sueño si no tienen algo entre los brazos. Desde la psicología, esta forma de dormir se ha relacionado en algunos casos con la búsqueda de contacto y con una sensación de seguridad que ayuda a relajarse antes de quedarse dormido.

Eso no significa que quienes abrazan una almohada tengan necesariamente un problema emocional ni que pueda deducirse su personalidad a partir de esta costumbre. El contexto importa mucho y cuando se dan momentos de estrés, preocupación o cambios personales es posible buscar de manera más frecuente pequeños gestos que resulten reconfortantes. Además, abrazar una almohada también tiene una explicación mucho más sencilla, ya que puede ofrecer apoyo físico y hacer más cómoda la postura durante varias horas de sueño.

Según los psicólogos, quienes necesitan dormir abrazando una almohada no son infantiles

El contacto físico suele estar asociado a sensaciones de cercanía, apoyo y tranquilidad. Por eso, cuando una persona duerme sola o simplemente está acostumbrada a rodear algo con los brazos, una almohada puede ofrecer una sensación parecida de contención. Desde Cleveland Clinic explican que los abrazos pueden relacionarse con la liberación de oxitocina y con una sensación de bienestar, y llegan a señalar las almohadas corporales como una alternativa que puede resultar reconfortante cuando no existe ese contacto con otra persona.

Por otro lado, especialistas citados por el portal Cuerpomente señalan además que esta manera de dormir puede aparecer con más frecuencia durante etapas complicadas de la vida. Cuando alguien llega a la cama después de un día especialmente difícil, buscar una postura que transmita calma no resulta extraño. La almohada puede convertirse así en un elemento asociado a la rutina nocturna. El cuerpo se acostumbra a una determinada posición y, después de repetirla durante mucho tiempo, resulta más sencillo relajarse de esa manera.

Dormir así no significa tener apego ansioso

Una de las explicaciones que aparecen con frecuencia cuando se habla de esta costumbre es el apego ansioso. Este tipo de apego se caracteriza, entre otras cosas, por una fuerte necesidad de cercanía y por el miedo al rechazo o al abandono dentro de las relaciones. Sin embargo, abrazar una almohada mientras se duerme no basta para concluir que una persona tenga este patrón. Un estilo de apego se analiza teniendo en cuenta cómo se relaciona alguien con otras personas y cómo responde ante determinadas situaciones emocionales, no por una única postura en la cama.

Por eso conviene evitar generalizar en las  interpretaciones. De hecho, alguien puede abrazar una almohada porque lleva años haciéndolo, porque duerme mejor de lado, porque le ayuda a mantener los brazos en una posición cómoda o porque sencillamente le gusta. Otra cuestión diferente sería que existieran problemas de ansiedad, miedo intenso a dormir solo o dificultades que afectasen de forma continuada al descanso. En esas situaciones tendría sentido consultar a un profesional, pero no por el simple hecho de necesitar una almohada entre los brazos.

La postura también puede ayudar a dormir mejor

No todo tiene una explicación psicológica. Dormir abrazando una almohada puede tener ventajas puramente físicas, especialmente entre quienes pasan la noche de lado. De hecho, las almohadas corporales permiten apoyar brazos y piernas y pueden evitar que una rodilla quede directamente sobre la otra. Sleep Foundation señala que colocar una almohada entre las piernas puede aliviar presión y favorecer una mejor alineación entre pelvis y columna.

Cleveland Clinic también apunta que las almohadas laterales y corporales pueden ayudar a mejorar la postura durante el sueño en algunas personas. Eso sí, no cualquier almohada sirve para todo el mundo. Su altura y firmeza deben permitir mantener una posición cómoda. Una demasiado gruesa o excesivamente dura puede terminar obligando al cuerpo a adoptar una postura poco natural durante horas.

También conviene mantenerla limpia, especialmente si permanece en contacto con la cara durante la noche, y sustituirla cuando haya perdido firmeza o haya dejado de proporcionar un apoyo adecuado.

Una costumbre que no define la personalidad

En definitiva, la forma en la que una persona duerme puede estar relacionada con muchas cosas a la vez. El cansancio, la postura, la temperatura, el colchón, las experiencias de cada uno e incluso una rutina adquirida desde hace años pueden influir. Por eso, dormir abrazando una almohada no permite establecer por sí mismo cómo es alguien ni descubrir un supuesto problema psicológico oculto.

Puede haber momentos en los que ese gesto proporcione una sensación de seguridad especialmente agradable y otros en los que simplemente sea la postura en la que resulta más fácil quedarse dormido. Si además la almohada ayuda a mantener una buena posición corporal, no existe ningún motivo para considerarlo un comportamiento infantil. Para muchos adultos es, sencillamente, una forma cómoda y reconfortante de dormir.