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La Biblia

Qué significa la parábola bíblica de David y Goliat: la mayoría de los españoles no sabe interpretarla correctamente

  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

La historia de David y Goliat forma parte del vocabulario común en España. Por ejemplo, se recurre a ella cuando un club modesto elimina a un grande en la Copa del Rey o cuando un pequeño comercio planta cara a una multinacional. La idea que dejó en el consciente colectivo es sencilla: el débil puede ganar al fuerte si tiene ingenio y algo de suerte.

Y pues vale, esa lectura no es falsa, pero se queda en la superficie. Para empezar, el episodio no es una parábola en sentido estricto (las parábolas son relatos ficticios con una enseñanza, como los que Jesús contaba en los Evangelios), sino una narración del Antiguo Testamento.

Ahondando en la historia de David y Goliat: el verdadero gigante era el miedo

Para entender el significado de David y Goliat, hay que fijarse en lo que pasa antes de la pedrada. El capítulo 17 del Primer Libro de Samuel sitúa a dos ejércitos frente a frente en el valle de Elá, separados por una hondonada. Cada mañana y cada tarde, durante 40 días, un guerrero filisteo de Gat salía al centro y retaba a cualquier israelita a un combate singular.

Nadie aceptó. El texto dice que Saúl y todo Israel, al oír aquellas palabras, «se turbaron y tuvieron gran miedo».

Ahí está la clave que muchas lecturas pasan por alto: el problema del ejército no era la falta de soldados ni de armas, sino la parálisis. Durante más de un mes, miles de hombres entrenados escucharon las burlas sin moverse de sus posiciones, convencidos de que la derrota era segura.

Por eso buena parte de los comentaristas coinciden en una idea: el reto no consistía tanto en vencer al gigante como en vencer el miedo a enfrentarse a él. David no gana porque sea más fuerte, sino porque es el único que se atreve a bajar al valle. Una vez dado ese paso, el resto del relato se resuelve en unas pocas líneas: una piedra, un golpe en la frente y la huida de los filisteos.

Además, en la tradición judía y cristiana, esa valentía tiene un origen concreto. Como explica el portal de estudios bíblicos ‘GotQuestions’, David confiaba en Dios porque ya había comprobado su ayuda.

Recordemos que, como pastor, había defendido el rebaño de un león y de un oso. Dicho esto, su seguridad no nacía de la temeridad, sino de la experiencia. De ahí su frase ante el filisteo: «De Jehová es la batalla».

¿Cuántos días pasamos mirando a nuestro propio gigante?

Los 40 días de espera del ejército israelita son quizá la parte más actual del relato. Téngase presente que Goliat no atacaba. Se limitaba a salir, gritar y volver a su campamento.

Así, su principal arma era la intimidación, y le bastaba con eso para tener a todo un pueblo bloqueado. La escena recuerda a muchas situaciones cotidianas en las que un problema crece más por el tiempo que se aplaza que por su tamaño real.

Inclusive, el texto añade otro detalle muy humano. Cuando David llega al campamento (había ido a llevar comida a sus hermanos), el mayor, Eliab, lo recibe con reproches y lo acusa de soberbia por preguntar por el desafío. Es la reacción de quien lleva semanas sin atreverse a dar un paso y ve que otro sí lo plantea. El miedo, en ese sentido, también se contagia y hasta se defiende.

Algo parecido ocurre con Saúl. El rey era, según la propia Biblia, el hombre más alto de Israel («de hombros arriba sobrepasaba a cualquiera del pueblo»), es decir, el candidato natural para medirse con el filisteo.

Aun así, se queda en su tienda. De ahí una de las enseñanzas menos comentadas del episodio: ni la estatura ni el cargo garantizan el valor.

El rechazo a una armadura que no era suya: otra lección de David y Goliat

Antes del duelo, Saúl ofrece a David su propia armadura: casco de bronce, coraza y espada. El joven se la prueba, intenta caminar con ella y la rechaza porque nunca la había usado.

Prefiere bajar con su cayado, su honda y cinco piedras lisas que recoge del arroyo. Es uno de los pasajes más citados por quienes ven en David y Goliat una historia sobre la autenticidad.

A esta interpretación no hay que darle muchas vueltas. David no intenta pelear como un soldado profesional, sino con las herramientas que domina.

Enfrente, Goliat carga con un equipo que el texto describe al detalle: una cota de malla de 5.000 siclos de bronce (unos 57 kilos), grebas, jabalina y una lanza con una punta de 600 siclos de hierro. Toda esa protección, pensada para el cuerpo a cuerpo, resulta poco útil contra un rival que no piensa acercarse.

La lectura que da la vuelta al relato: ¿Era David realmente el débil?

En 2013, el ensayista canadiense Malcolm Gladwell planteó una interpretación que dio mucho que hablar. En su libro David y Goliat sostiene que el pastor no era tan inferior como se cree.

Cabe recordar que en los ejércitos antiguos, los honderos eran tropas de proyectil (como los arqueros) y una piedra lanzada con honda alcanzaba una velocidad comparable, según sus cálculos, al impacto de una bala de pistola.

A su vez, Gladwell va más allá y sugiere que la estatura de Goliat podría deberse a la acromegalia, un trastorno causado por un tumor en la hipófisis que dispara la hormona del crecimiento.

Entre sus efectos figuran la pérdida de visión y la rigidez de movimientos, lo que encajaría con dos detalles del texto: el gigante tenía un escudero que caminaba delante de él y le pedía a David que se acercase.

Desde luego, esta hipótesis no contradice la lectura sobre el miedo, sino que la refuerza: si Goliat era más vulnerable de lo que aparentaba, Israel pasó 40 días paralizado ante una amenaza en parte sobredimensionada.

Entonces, hasta su altura admite discusión. El texto masorético (base de casi todas las biblias actuales) le atribuye seis codos y un palmo, cerca de 2,9 metros; los manuscritos del mar Muerto y la Septuaginta, cuatro codos y un palmo, unos dos metros.

Por último, la arqueología también ha aportado su parte. En 2005, en las excavaciones de Tell es-Safi (identificada con la antigua Gat, la ciudad natal del gigante), apareció un fragmento de cerámica de entre los siglos X y IX antes de Cristo con dos nombres emparentados con el de Goliat.

Claramente esto no demuestra que existiera, pero sí que ese nombre resultaba verosímil en la ciudad filistea donde la Biblia lo sitúa.