La psicología sugiere que los nacidos entre 1945 y 1965 desarrollaron una ventaja única a la hora de gestionar las emociones, debido a que vivieron largos períodos de incertidumbre
Haber atravesado una etapa histórica marcada por la incertidumbre dejó una huella común en muchas personas de esa generación
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- Laura Mesonero
- Laura Mesonero Ortiz (Madrid, 2002) Periodista especializada en SEO editorial y desarrollo de audiencias digitales, con experiencia en medios nacionales de referencia como La Razón (Grupo Planeta), The Objective media y ahora en OkDiario. Experta en estrategia de contenidos orientada a Google Discover y Google Search. Perfil híbrido entre redacción, análisis de datos y visión estratégica.
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Las personas no nacen con una personalidad definida, sino que la van construyendo a medida que crecen. Y si hay una etapa decisiva en ese proceso, esa es la infancia. Todo lo que nos rodea durante esos primeros años, el contexto en el que vivimos, las personas que nos educan, los referentes a los que admiramos, los juegos, las experiencias e incluso las dificultades a las que nos enfrentamos, va moldeando la forma en la que entendemos el mundo y reaccionamos ante él.
Por eso, la psicología lleva años estudiando cómo las circunstancias históricas de cada generación han condicionado su manera de pensar, sentir y afrontar los problemas. En el caso de quienes nacieron entre 1945 y 1965, los expertos creen que compartieron una experiencia que les proporcionó una ventaja emocional que aún hoy los distingue.
Los investigadores del comportamiento humano sostienen que muchas personas pertenecientes a la generación del baby boom desarrollaron una notable capacidad para gestionar sus emociones, tolerar la incertidumbre y distinguir qué problemas merecen realmente su atención. No se trata de una característica innata ni de un rasgo exclusivo de esa generación, sino del resultado de haber crecido en un contexto marcado por profundas transformaciones sociales, económicas e históricas.
La posguerra marcó una forma distinta de entender la vida
Quienes nacieron entre 1945 y 1965 llegaron al mundo inmediatamente después de la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial, por lo que crecieron bajo las consecuencias directas del conflicto. En España, la infancia estuvo marcada por la escasez, la reconstrucción, la incertidumbre económica y un futuro difícil de predecir.
Desde el punto de vista psicológico, estas circunstancias actuaron como un entrenamiento constante para desarrollar la capacidad de adaptación. La necesidad de afrontar limitaciones reales obligó a muchas personas a aprender desde muy pequeñas a convivir con la frustración, resolver problemas y valorar aquello que realmente era importante.
La teoría psicológica que explica esta forma de priorizar
Una de las investigaciones que ayuda a comprender este fenómeno es la teoría de la selectividad socioemocional, desarrollada por la psicóloga Laura Carstensen, de la Universidad de Stanford.
Esta teoría sostiene que, cuando las personas perciben que el tiempo es limitado o que las circunstancias son inciertas, reorganizan de forma natural sus prioridades. En lugar de invertir energía en conflictos secundarios o relaciones superficiales, centran sus esfuerzos en aquello que realmente les aporta bienestar, como los vínculos cercanos, las experiencias significativas y los objetivos con verdadero valor personal.
En el caso de los baby boomers, esa percepción no surgió necesariamente por una reflexión filosófica sobre la vida, sino porque crecieron en un entorno donde conservar la energía emocional era, en muchos casos, una necesidad práctica.
La incertidumbre también puede fortalecer la resiliencia
La psicología del desarrollo señala que la exposición a dificultades moderadas durante la infancia y la adolescencia puede favorecer la aparición de la llamada resiliencia adaptativa, siempre que esas experiencias estén acompañadas de apoyo y recursos suficientes.
Esta resiliencia no consiste en ignorar las emociones, sino en desarrollar herramientas para mantener el equilibrio incluso cuando las circunstancias cambian de forma inesperada.
Según los expertos, el contexto histórico en el que crecieron muchas personas nacidas entre 1945 y 1965 contribuyó a desarrollar habilidades como:
- Diferenciar qué problemas merecen una respuesta emocional y cuáles pueden relativizarse.
- Tolerar mejor la frustración derivada de las limitaciones cotidianas.
- Adaptarse con mayor facilidad a situaciones cambiantes.
- Conceder más importancia a las relaciones personales que a la acumulación de bienes materiales.
No todo fueron ventajas
Los psicólogos también advierten de que este aprendizaje tuvo un coste emocional para muchas personas de esta generación.
El mismo contexto que fortaleció su capacidad para soportar la adversidad también hizo que, en numerosos casos, crecieran normalizando el sufrimiento o evitando expresar lo que sentían. Por ello, muchos desarrollaron dificultades para identificar sus propias emociones, mostraron mayor resistencia a pedir ayuda psicológica y tendieron a minimizar el malestar ajeno comparándolo con las dificultades que ellos mismos vivieron.
Expresiones como «en mis tiempos las cosas eran peores» reflejan precisamente ese mecanismo psicológico de relativización: una estrategia que puede ayudar a mantener la perspectiva, pero que también puede dificultar la empatía en determinadas situaciones.
Lo que las generaciones actuales pueden aprender
Los especialistas coinciden en que la resiliencia no depende de haber nacido en una época concreta. Se trata de una capacidad que puede desarrollarse a cualquier edad.
Aunque las generaciones actuales hayan crecido en entornos más seguros y previsibles, también pueden fortalecer su regulación emocional aprendiendo a tolerar pequeñas dosis de incomodidad, retrasando la gratificación inmediata, aceptando la frustración como parte del aprendizaje y enfrentándose de forma gradual a nuevos desafíos.
Una lección que fue fruto de la historia
La psicología no sostiene que quienes nacieron entre 1945 y 1965 sean emocionalmente superiores ni que el sufrimiento vivido fuera deseable. Lo que plantea es que haber atravesado una etapa histórica marcada por la incertidumbre dejó una huella común en muchas personas de esa generación.
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