Ejercicio

La psicología ha llegado a la conclusión de que las personas que están en forma a los 60 y 70 años no son siempre las más disciplinadas, sino las que hicieron del ejercicio su forma de vida

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Blanca Espada

Durante años se ha repetido la idea de que si quieres mantenerte en forma, necesitas disciplina, constancia, esfuerzo y fuerza de voluntad. Sin embargo, cuando se observa con algo de detalle a las personas que llegan activas a los 60 o 70 años, esa explicación empieza a quedarse corta ya que muchas de ellas no encajan en ese perfil.

Muchas no hablan de sacrificio ni de rutinas estrictas y tampoco de levantarse sin ganas para entrenar. Simplemente se mueven y lo hacen desde hace años y, en la mayoría de los casos, ni siquiera lo consideran hacer ejercicio. Ahí es donde la psicología del comportamiento lleva tiempo poniendo el foco. Y lo que empieza a aparecer en distintos estudios es bastante claro ya que no se trata tanto de disciplina como de otra cosa. De cómo se construye el hábito y, sobre todo, de cómo se mantiene.

Las personas que están en forma a los 60 y 70 años no son siempre las más disciplinadas

Cuando el ejercicio depende de la motivación, hay un problema evidente ya que cada día hay que tomar la decisión. Y eso, con el tiempo, desgasta. Un día apetece y otro no, y así es como muchos hábitos se quedan a medias. Sin embargo, hay un punto en el que eso cambia. Así lo explican distintas investigaciones sobre comportamiento que han observado que, cuando una actividad se repite el tiempo suficiente en un mismo contexto, deja de ser algo que tienes que pensar ya que pasa a formar parte de la rutina, como otras cosas a lo largo del día.

El dato que desmonta muchas excusas

Uno de los estudios más citados sobre este tema es el que analizó la formación de hábitos en la vida diaria, dirigido por la investigadora Phillippa Lally. El seguimiento se hizo durante varias semanas con personas que intentaban introducir pequeños cambios, como caminar cada día. El resultado fue bastante revelador ya que de media, se necesitaron unos 66 días para que el comportamiento se volviera automático. Pero lo más interesante no fue sólo la cifra.

Lo importante es que el proceso no era perfecto ya que hubo días en los que la gente falló, en los que no cumplió. Y no pasó nada, porque no rompió el hábito. Es decir, no hace falta hacerlo perfecto para que funcione sino que hace falta repetirlo.

Por qué muchas rutinas no duran

A partir de ahí se entiende mejor por qué tanta gente abandona. No suele ser por falta de información, sino que se suele empezar con rutinas demasiado exigentes, horarios poco realistas o actividades que no encajan con la vida diaria y como todo eso pesa, con el tiempo es fácil abandonarlo. De hecho, los estudios sobre motivación llevan tiempo señalando algo parecido y es que las razones externas, como mejorar el aspecto físico o evitar problemas de salud, sirven para arrancar, pero no siempre para continuar. Para mantenerse entonces, hace falta algo más estable que no dependa de estar motivado.

El papel de lo cotidiano, que muchas veces se ignora

Hay otro detalle que conviene no pasar por alto y es que no todo el movimiento tiene que venir de hacer deporte como tal. En muchas personas mayores, una parte importante de su actividad no está en una hora concreta del día, sino repartida. Caminar para hacer recados, moverse en casa, subir escaleras, es decir, cosas normales que hacen a diario y que les obliga a moverse. De este modo, algunos especialistas insisten en que este tipo de movimiento continuo puede ser más fácil de mantener a largo plazo que una rutina aislada. No depende de encontrar un momento, sino de cómo se organiza el día así que cambia bastante el enfoque.

El entorno también empuja, para bien o para mal

No todo depende de la persona sino que el entorno influye, y mucho. Vincular una actividad a algo que ya haces ayuda como salir a caminar después del desayuno, por ejemplo, o aprovechar un momento fijo del día, no es casualidad sino estrategia. Además, cuando hay otras personas implicadas, el hábito se refuerza e introduce un compromiso que no es fácil de ignorar.

Una forma distinta de entender la actividad con los años

También cambia la forma de medirse con el paso de los años, porque las personas que se mantienen activas durante décadas no suelen compararse con cómo estaban a los 30 o a los 40, algo que en la práctica sería una batalla perdida, sino que utilizan una referencia mucho más cercana y realista, centrada en seguir haciendo cosas, en no parar del todo y en mantener cierto nivel de actividad sin necesidad de grandes objetivos, algo que, poco a poco, acaba sosteniéndose casi sin darse cuenta.  Al final, lo que se repite en todos estos casos es bastante sencillo de entender, ya que no se trata de hacer más ni de hacerlo mejor cada vez, sino de no dejar de hacerlo.

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