La psicología ha llegado a la conclusión de que las personas muy inteligentes a menudo no saben lidiar con esta situación
Estudios señalan que quienes tienen una mayor capacidad de concentración pueden experimentar una mayor frustración cuando ven interrumpido su trabajo o sus pensamientos
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Las interrupciones forman parte de la vida diaria, como una llamada, una notificación del móvil, una pregunta de un compañero o un mensaje inesperado. Sin embargo, la psicología sugiere que no todas las personas las afrontan de la misma manera. Algunos expertos sostienen que quienes poseen una elevada capacidad cognitiva o destacan por su pensamiento analítico suelen experimentar una mayor incomodidad cuando alguien rompe su concentración. Lejos de tratarse de una cuestión de impaciencia, este comportamiento estaría relacionado con la forma en que procesan la información y mantienen el foco de atención.
La concentración, una gran fortaleza
Las personas con un alto nivel de razonamiento suelen dedicar largos periodos a analizar problemas complejos, establecer relaciones entre ideas y desarrollar soluciones. Este tipo de procesamiento requiere una gran cantidad de recursos cognitivos y una elevada concentración. Cuando una interrupción aparece de forma inesperada, el cerebro debe abandonar temporalmente la tarea principal y reorganizar después toda la información para retomarla.
Diversos estudios sobre psicología cognitiva han demostrado que cambiar de una tarea a otra tiene un coste mental. Tras una interrupción, las personas necesitan un tiempo para recuperar el mismo nivel de atención y rendimiento que tenían antes, un fenómeno conocido como resumption lag.
El precio de cambiar una tarea
Las investigaciones también indican que las interrupciones reducen la eficiencia, aumentan la carga de la memoria de trabajo y favorecen la aparición de errores, especialmente cuando la actividad exige resolver problemas o tomar decisiones complejas. En estos casos, quienes estaban profundamente concentrados pueden sentir una frustración mayor porque perciben que han perdido el hilo de su razonamiento.
Algunos psicólogos explican que esta reacción no implica falta de habilidades sociales ni escasa tolerancia hacia los demás. En muchas ocasiones responde simplemente a que el cerebro estaba inmerso.
En la actualidad, las interrupciones ya no proceden únicamente de otras personas. Correos electrónicos, mensajes instantáneos y notificaciones del teléfono obligan al cerebro a cambiar constantemente de contexto. Varios estudios han observado que incluso las interrupciones voluntarias, como consultar el móvil por iniciativa propia, pueden resultar más perjudiciales para la productividad que aquellas provocadas desde el exterior.
Por ello, numerosos especialistas recomiendan reservar periodos de trabajo sin distracciones, silenciar las notificaciones y agrupar las tareas similares para reducir el número de cambios de atención durante la jornada.