Intrigas del Reina Sofía
El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, museo que nos pertenece a todos los españoles, prepara desde hace muchos meses una exposición retrospectiva del pintor abstracto español Miguel Ángel Campano, Premio Nacional de Artes Plásticas 1996, para inaugurarse a principios del próximo mes de noviembre. Hasta aquí todo es aceptable y razonable. Campano, que hoy hace un año que falleció, sabía que se organizaba esta muestra. A pesar de su apasionado carácter, recibió la noticia con natural sosiego, a sabiendas de que su final estaba muy cerca. Me llamó para anunciármelo sin demasiada impresión, con la suavidad que caracterizó su última etapa.
A lo largo de una década de amistad, el inmenso genio que fue Pocaplata, nombre que adoptó tras una grave crisis personal, me inundó de una valiosísima correspondencia. Sus cartas, escritas con pluma y habitualmente enmarcadas por dibujos y garabatos, fueron una manera de analizarse a sí mismo al final de su vida. Compartió conmigo sus memorias en cortos episodios escritos en sus eternas noches de insomnio crónico. Consciente del valor de aquellas misivas que iba recibiendo –y con el beneplácito de su autor–, realicé un artículo científico bajo el título ‘Epistolario de Miguel Ángel Campano’, que fue publicado por el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Sevilla en 2013.
Campano y yo mantuvimos una intensa, sincera y fraternal amistad; atípica, según nuestros caracteres, fundamentada en la admiración y el respeto mutuo. Cuando le conocí, su minusvalía física agudizaba más si cabe su brillante intelecto. Su pintura, tan aparentemente espontánea, tan irracional en algunas etapas, estuvo dirigida con un rigor y una premeditación portentosa. Una prueba evidente de esto que digo es la última acuarela abstracta de gran formato que realizó el año 2011, titulada ‘Rojo claro’. El esquema compositivo de esta obra me lo envió junto a unas de sus cartas. En él, se aprecia que no hay nada de aleatorio, nada improvisado. Cada pincelada está dotada de plena determinación y premeditación. Algo sorprendente para quien se acerca a su obra sin mucha información.
Si bien en mi documento científico procuré volcar honradamente la información que entonces consideré más relevante de todo el contenido de sus cartas, quedó mucha más por analizar y por valorar. Además, seguí recibiendo cartas con testimonios íntimos e inéditos de sus vivencias, enriquecidos por la perspectiva del paso del tiempo, redactados con esa sólida madurez que le regalaron los años. Pues bien, todo este material, tras asimilar su fallecimiento, se lo ofrecí al equipo que organiza esta retrospectiva, una exposición de uno de nuestros pintores abstractos más importantes dentro de la contemporaneidad, que se llevará a cabo en un museo que pagamos todos. Silencio sepulcral.
Coincidí con el flamante director de esta institución en la entrega de unos prestigiosos premios culturales, que yo presentaba, en el Museo del Prado el pasado mes de mayo. Volví a ofrecerle desinteresadamente todo el material para su estudio. Se negó a recibirlo. ¡Bárbaro en su cargo este director de museo! ¡Qué gran responsable de nuestro patrimonio artístico más reciente! ¡Qué rigor y honradez profesional en el acopio de datos para la investigación! Impotencia, tristeza, incertidumbre; todos estos sentimientos podrían ser válidos ante la situación, pero ninguno me embarga. Pequeñeces en la Historia de la Pintura Española, donde sí estará mi amigo para siempre y donde ni esa exposición ni ese despreocupado gestor tendrán un sitio. Miguelito, allá donde esté tu alma, sabes que lo intenté. Te quiero.
Clara Zamora Meca es doctora en Historia del Arte, profesora universitaria y periodista.
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