En Memorias de abajo, el libro catártico de Leonora Carrington (Inglaterra, 1917 – México, 2011), es complicado diferenciar entre lo surrealista y lo verdadero. La imaginación delirante de la artista nos detalla pasajes de su internamiento en la clínica psiquiátrica (entonces llamada clínica de reposo) del Dr. Morales de Santander durante algunos meses de 1940 que son complicados de reconstruir. El relato es crudo; en él la artista inglesa describe episodios de verdadera violencia, desde el encierro contra su voluntad hasta las condiciones en las que relataba vivir en la ciudad cántabra, además de los tratamientos con cardiazol, un potente fármaco desarrollado en los años 30 del s. XX para tratar la esquizofrenia.

«En Covadonga (así se llamaba uno de los edificios del sanatorio) me arrancaron las ropas brutalmente, me ataron con correas, desnuda, a la cama. Don Luis (Morales) entró en mi habitación a mirarme. Yo lloraba copiosamente, y le pregunté por qué me tenían prisionera y me trataban tan mal. Se marchó sin contestarme. (…) No sé cuánto tiempo permanecí atada y desnuda. Yací varios días y noches sobre mis propios excrementos, orina y sudor, torturada por los mosquitos, cuyas picaduras me pusieron un cuerpo horrible. Creí que eran los espíritus de todos los españoles aplastados, que me echaban en cara mi internamiento, mi falta de inteligencia y mi sumisión», explica Leonora Carrington en el citado libro.

Durante su encierro en Santander, que duraría algunos meses antes de que lograra escapar rumbo a Nueva York y más tarde a México, donde se nacionalizaría y acabaría sus días, pintó Villa Pilar. Una obra de tonos verdes y ocres donde aparece una composición de animales fantásticos dotados de elementos antropomorfos, que la artista regaló al Dr. Morales antes de irse, y que podremos ver por primera vez expuesta en la ciudad de Santander.

El lienzo sale a la luz y lo hace a lo grande. Será la protagonismo de Leonora Carrington: el surrealismo sintomático, una de las grandes citas con el arte que va a formar parte del programa de otoño de Faro Santander, el nuevo proyecto cultural de Banco Santander en su ciudad de origen. Una obra inédita que, además, se mostrará junto a Memorias de abajo, un lienzo de la misma época que representa a varios de los internos y otros personajes de aquel episodio traumático para la artista.

Leonora Carrington. Villa Pilar, 1940. Óleo sobre lienzo. Fotografía: Nathan Keay. © 2026 Estate of Leonora Carrington / VEGAP, Santander

Los nazis toman Francia

La exposición aborda un momento trascendental en la vida de la artista británica, pero para comprender aquellos días en Santander, debemos irnos un poco más atrás en la vida de Leonora Carrington. Poco antes de su encierro en Santander, la protagonista ya ha pasado por algunas vivencias desagradables y angustiosas causadas por la Segunda Guerra Mundial.

Hitler acaba de invadir Francia, estando París entre sus principales objetivos. Muchos de los artistas, coleccionistas e intelectuales instalados en territorio galo comienzan a mudarse a pequeños pueblos de la costa o directamente a exiliarse a EEUU y América Latina. Esta huida fue la que provocó que todo el protagonismo artístico se trasladara sobre todo a Nueva York, despojando al viejo continente de su protagonismo e influencia cultural.

En el contexto de aquella invasión nazi, la pareja de Leonora Carrington, Max Ernst, también del grupo de los surrealistas, es detenido por la Gestapo e internado en un campo de concentración, al considerarle un enemigo de Alemania y un artista degenerado.

Sobre la persecución de los nazis a ciertos movimientos artísticos como el surrealismo, fundado por André Breton en París y a menudo relacionado con ideas comunistas, Leonora Carrington afirmaba en una entrevista de los años 90 que «no era un movimiento político, fueron los nazis quienes comenzaron a perseguirnos. De hecho, mi trasiego por España, Portugal, EEUU y después México es consecuencia de ello. No es que fueran expresamente por mí, pero sí contra el grupo al que pertenecía. Éramos fundamentalmente antifascistas, gente que sentíamos un profundo asco al ver que Pétain ponía Francia en manos de Hitler».

«El surrealismo no era un movimiento político»

Leonora Carrington, asolada por una profunda tristeza por la pérdida de su amante, y convencida por su amiga Catherine Yarrow, decide abandonarlo todo e intentar buscar a Max Ernst en los campos de concentración y sacarlo de allí con un salvoconducto. Junto a su amiga y el novio de ésta, el húngaro Michel Lukas, cruzan los Pirineos en coche hasta llegar a Andorra, de ahí pasan a Barcelona y más tarde a Madrid.

Será su estancia en la capital lo que la llevará hasta la clínica del Dr. Morales en Santander. En Madrid pide ayuda a su padre, un hombre de negocios dedicado a la seda, para liberar a Max Ernst, y es cuando su familia localiza a la joven, de la que no sabían nada desde que se fugara con apenas 20 años a París.

En Madrid sufre varias crisis nerviosas. En su libro de memorias relata que es violada por un grupo de hombres, que vaga desnuda por el parque de El Retiro y que es llevada por la Policía hasta su hotel, donde se da largas duchas de agua fría. También defendía que había llegado a Madrid para liberarla, por lo que a menudo se manifestaba frente a la Embajada de Alemania.

Aquellos episodios llegaron a los oídos de su padre, que instó al cónsul británico en Madrid a poner a Leonora Carrington en manos de los médicos. «Se dieron cuenta enseguida de que estaba loca,  así que me encerraron en una habitación del Ritz y me suministraban bromuro a litros», según explica la propia artista.

Con el fin de aliviar sus fantasmas, es ingresada en una clínica regentada por monjas, que se declaran «incapaces de dominarme». Salió de allí y la llevaron por carretera hasta el sanatorio de Peña Castillo de Santander, dirigido por el Dr. Luis Morales. «Durante el trayecto me administraron tres veces luminal y una inyección en la espina dorsal: anestesia sistémica; y me entregaron como un cadáver al doctor Morales», rememora.

«Me entregaron como un cadáver»

En 1941 recibirá varias visitas que le permitirán zafarse de su encierro. «Don Luis me anunció la visita de Nanny, una antigua niñera, que había estado conmigo hasta que cumplí los 20 años. No esperaba verme en un manicomio, pensaba que iba a ver a la niña sana que había dejado hace cuatro años. Su presencia me dio desconfianza; había sido enviada por mi familia», apunta.

Durante la estancia de la niñera, cuando habían instado a la interna a leer para hacer trabajar la mente, tuvo un duro enfrentamiento con el Dr. Morales. Fue después de una visita a una librería, acompañada de una enfermera alemana que iba con ella a todas partes, donde habían cogido libros que «no deseaba en absoluto leer.».

«Volví a casa furiosa», prosigue Leonora Carrington, «tan pronto como vi a don Luis, le grité: ‘¡No admito su fuerza, quiero ser libre para pensar y obrar, odio y rechazo sus fuerzas hipnóticas!’. Me cogió del brazo y me llevó a un pabellón que no se usaba. Me dijo que el amo allí era él y yo le grité que no era de su propiedad, que tenía mis pensamientos personales y no le pertenecía. Me eché a llorar, entonces, me cogió del brazo y comprendí con horror que iba a administrarme una tercera dosis de Cardiazol».

Y termina: «Le prometí todo lo que estaba a mi alcance si desistía de ponerme la inyección. En medio de mis convulsiones, reviví la primera inyección, sentí de nuevo la atroz experiencia de la dosis original: ausencia de movimiento, fijeza y realidad espantosa. No quería cerrar los ojos, dispuesta a oponerme con todas mis fuerzas. A continuación, me trasladaron a mi pabellón en estado cataléptico. Nanny lloraba y decía incansablemente: ‘¿Qué le han hecho… qué le han hecho?’; creyendo que había muerto».

La huida de Santander y su boda con Leduc

Logra escapar de Santander gracias a la mediación de un pariente médico. «Se llamaba Guillermo Gil, tuvimos una entrevista y tomamos el té juntos. Me dijo que hablaría con la embajada inglesa para sacarme de ahí. Cosa que hizo y viajé a Madrid con frau Asegurado, mi cuidadora», escribe la autora.

En la Nochevieja de 1940 viajan en tren a Madrid pasando por Ávila. «Nos hospedamos en un hotel caro, allí me reencontré con el director general de la Imperial Chemicals y me invitó a cenar con su mujer. Los dos estaban recelosos de mi compañía, porque acababa de salir del manicomio. Pude ver cómo ella dudaba en darme un cuchillo y un tenedor. Hice lo que pude para no desmoronarme. Ella no quiso volver a verme más. Era yo demasiado alarmante para la sociedad de Madrid», rememora en Memorias de abajo.

El mismo directivo inglés informa a la artista que su familia ha decidido internarla en un sanatorio mental en Sudáfrica, «‘un sitio donde será feliz porque es delicioso. Pero, tengo otra idea’, me dijo, ‘podría ponerle un piso precioso aquí, y podría visitarla a menudo», y me cogió del muslo».

Le dije que no, así que me informó de que sería embarcada a Portugal y de ahí a Sudáfrica. «Me metieron en un tren con documentación, y en Lisboa me esperaban dos hombres de la Imperial Chemicals. Me instalé en Estoril y, en una visita a Lisboa, me refugié en la Embajada de México en Portugal». Allí se casa con el escritor y diplomático Renato Leduc, al que conoce en París porque es amigo de Picasso, para obtener el visado para salir hacia Nueva York, para más tarde recalar en México en 1943.

«‘Nos vamos a casar. Sé que es horrible para los dos, porque no creo en estas cosas, pero…’, me dijo Leduc. Por entonces, yo tenía tanto miedo de mi familia como de los alemanes. Era capaz de cualquier cosa para que no me mandaran a Sudáfrica», explica.

En Portugal se reencuentra con Max Ernst. Se había casado con la coleccionista norteamericana Peggy Guggenheim, con la que se iría a EEUU tras haber sido liberado del campo de concentración. Se instala con ella en su apartamento de Manhattan, hasta que el surrealista la abandona por otra joven artista, Dorothea Tanning.

«Me parecía muy mal que se hubiera casado con Peggy, yo sabía que no la amaba. Ella era una persona maleada, bastante noble y generosa. Jamás se mostró desagradable. Quiso incluso pagar mi avión a Nueva York para que volara con ellos, pero no lo hice, estaba con Renato. Finalmente, llegamos a la ciudad en barco, allí estuvimos un año hasta que nos marchamos a México. Cuando me alejé de Max, enseguida me puse a pintar. No volví a ver más a mi padre. Esa es la historia», termina Leonora Carrington.

Max Ernst, Muriel Streeter, Julien Levy y Dorothea Tanning en The Imagery of Chess, Julien Levy Gallery.

Será en México donde Leonora Carrington, que entonces ya se había separado y vivía con la española, también artista, Remedios Varo, conozca a su marido. Esta vez el de verdad. Se casa en 1946 con Emerico Weisz, fotógrafo húngaro y estrecho colaborador de Robert Capa, y tienen dos hijos, Gabriel y Pablo. Están juntos durante 60 años, hasta la muerte de él en 2007.

Aquel matrimonio supuso algo de sosiego y paz para la inestable Leonora Carrington, y le brindó la oportunidad de seguir trabajando en sus pinturas, esculturas y escritos, alcanzando su figura una enorme notoriedad en el espacio artístico dentro y fuera de México, un país donde formaría parte de los círculos de artistas que, como ella, se habían refugiado allí huyendo de la guerra y la persecución. No le interesaba nada Rivera y sus murales políticos, pero sí que sentía mucha admiración por la obra de Frida Kahlo.

«La estancia en el sanatorio fue como estar muerta»

Leonora Carrington, Down Below, 1940. Imagen cortesía de Gallery Wendi Norris, San Francisco. ©2026 Estate of Leonora Carrington / VEGAP, Santander

La exposición en Faro Santander con la obra Villa Pilar en el centro de la exposición es una presentación importante de Leonora Carrington en Santander. Pero es, sin duda, mucho más que una pintura que forma parte de una muestra: es el regreso de la artista a un lugar dramático para ella.

«No se trata únicamente de acoger la obra de una de las más importantes artistas surrealistas, sino de reconocer y revisar un capítulo de su biografía profundamente enraizado en la ciudad de Santander. La recuperación de Villa Pilar no es sólo un descubrimiento material, sino también una oportunidad para reivindicar una memoria artística y emocional que ha permanecido largamente velada», detalla Daniel Vega, director de Faro Santander.

Leonora Carrington describió este período de su vida como «down below» («allá abajo»), ya que decía que esta experiencia en la clínica del Dr. Morales fue «como estar muerta». Por ello, representa al sanatorio en sus obras como un inframundo mítico, donde están encerrados seres fantásticos, surrealistas y poco verosímiles. Vanessa Boni, comisaria de la exposición, apunta que «estas obras fueron producidas bajo circunstancias completamente distintas a cualquiera otra que Carrington hubiera experimentado jamás en su vida».

Con esta exposición, Leonora Carrington regresa a Santander ocho décadas después de aquel episodio que marcó para siempre la vida y la obra de la última surrealista.

@MaríaVillardón