«Mari me señalaba un espacio de limpieza, un trabajo sin contaminación y con pureza. Trabajaba de una forma admirable. Trabajaba siempre como si no fuera profesional. Desde los impresionistas, los cuadros se están pintando antes de que haya alguien que los encargue; antes no pasaba esto, siempre había una persona detrás que hacía un encargo y eso, de alguna forma, arrancaba la pureza de la pintura. Pues Mari pintaba así, con limpieza».
Mari, como llama Antonio López a su mujer en esta conversación en la Fundación Juan March de Madrid, es María Moreno (Madrid, 1933 – 2020), una de las pintoras que formaron parte esencial de los Realistas de Madrid. Aquel grupo de muchachos jóvenes que se conoce a mediados de los años 50 en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, conformado por el propio Antonio López, Esperanza Parada, Amalia Avia, Isabel Quintanilla, Julio López o Lucio Muñoz, aunque éste pronto cogería un camino más conceptual.
«Los llamamos los realistas de Madrid, como si fueran solo un grupo de pintores, pero eran mucho más que eso. Eran muy buenos amigos», explica Juan Manuel López Robles, director del Museo del Realismo Español Contemporáneo (MUREC) de Almería y comisario de María Moreno. Hacia la esencia de la luz, la exposición antológica que el museo dedica a la artista y que ha sido producida por la Fundación de Arte Ibáñez Cosentino.
Una exposición que recorre la trayectoria artística de María Moreno, desde sus primeras obras hasta las elaboradas en su plena madurez artística y personal, ya en los primeros años del s. XXI. «Es una exposición que era una deuda que teníamos con ella y con el realismo español contemporáneo, María es la única del grupo a la que aún se le había dedicado una antológica», detalla. Confiesa, además, que lo ha disfrutado con «pasión» porque «tuve la oportunidad de conocerla antes de que comenzara su enfermedad y pude disfrutar de su conversación y de sus sabias palabras».
«Los realistas de Madrid eran, sobre todo, buenísimos amigos»

Nace en Madrid en 1933. Durante la Guerra Civil, su familia se traslada por algún tiempo a Valencia. Allí María Moreno tiene la oportunidad de estar en contacto con la libertad que dan el viento y la luz del mar. Al regresar, Madrid ha cambiado mucho, demasiado. Ella misma, durante la posguerra, detalla que todo está más triste y gris, lo que la lleva a una evasión espiritual y mental que vuelca en la pintura, buscando esa luz que parecía haberse desvanecido.
«Se dedicó toda la vida a pintar. Casi todas las exposiciones colectivas dedicadas a los realistas de Madrid tienen siempre obra de María, aunque no siempre este grupo y su pintura han sido puestos en valor, esto es algo que comienza a pasar a partir de los años 80, más o menos», relata López Robles.
Cuando los realistas, este grupo de amigos de Madrid, empiezan a pintar, el realismo que practicaban María Moreno, Amalia Avia o Isabel Quintanilla, por citar algunos nombres femeninos, no estaba a la vanguardia de las tendencias del momento, cuando el expresionismo estadounidense de Pollock y Rothko, o el informalismo del grupo El Paso, con Canogar, Saura o Millares, lo dominaban todo.
Los espacios domésticos, los bodegones luminosos de flores y jardines, y el menaje más sencillo reflejado en los lienzos de los realistas eran devorados por la violencia de los trazos, el exceso de materia y la rudeza de las telas de arpillera de los informalistas. El proceso sosegado de los realistas era atrapado por la forma libre y casi arbitraria de pintar de los informalistas.
La obra de María Moreno nos desnuda su biografía

«Fueron unos artistas que caminaron a contracorriente. En los años 50, todo lo que olía a figuración y a realismo era considerado cosa del pasado, algo como trasnochado que estaba fuera del tiempo y de la actualidad. Sin embargo, ellos apostaron firmemente por su pintura y el tiempo les dio la razón, y además muy rápido, porque a partir de los años 60 y 70, la obra de los realistas estaba circulando por todo Europa y son muy reconocidos fuera de España, mucho antes que en nuestro país», aclara López Robles.
Es por ello que mucha de la obra de María Moreno, al igual que la de Isabel Quintanilla, está en colecciones internacionales, sobre todo de carácter privado. La artista, siempre discreta, como si la profesionalización de su obra no fuera con ella, expuso pocas veces de manera individual. Prefería colarse entre las colectivas, junto a sus amigos y compañeros. «Hace una muestra individual en Madrid en la Galería Borne en 1966 y hace otras dos fuera de España, una en Alemania en 1973 y otra en 1990 en París, en la Galería Claude Bernard, que en ese momento la más prestigiosa de Europa en cuanto a arte contemporáneo. Por eso, mucha de la obra que tenemos nosotros en la exposición viene de Suiza, de Alemania y del Reino Unido», explica.
No obstante, advierte el comisario que aún queda mucha producción de María Moreno que debe localizarse en colecciones extranjeras porque «sabemos que cada vez que exponía en Londres o Nueva York con la Galería Marlborough –que representaba también a Antonio López– se vendía toda su obra, así que gran parte de su producción está fuera de España».


Una luna de miel en Guardamar del Segura volcada en la pintura
Antonio y María se casan a principios de los años 60 y disfrutan de su luna de miel en Guardamar del Segura, en Alicante. Unos días que dedicaron a pintar, cada uno en sus trabajos. Allí descubre el pintor y reciente marido a una artista «que me enamoró, tenía una gracia para pintar maravillosa. No me imaginé que tenía ese don tan extraordinario».
Este pequeño relato de Antonio López muestra que, a pesar de haberse conocido pintando en los talleres de la Escuela de Bellas Artes, cada artista tiene rituales e inquietudes personales que sólo activa en la intimidad. Sobre ello, López Robles destaca que «descubre la gran pintora que es en ese viaje, siendo consciente de que tenía una forma esencial de entonar la pintura, y además con el dominio de una gran técnica».
Llama la atención, además, que aquellos días fueron unos días completamente compartidos. «Pintan al mismo tiempo, desde el mismo espacio y a la misma hora, incluso con el mismo número de sesiones; sin embargo, tienen un espíritu diferente. María nos brinda un paisaje más esencial, más básico; mientras que Antonio se fija más en los detalles y lo plantea como un espacio de vida y ella con total ausencia del ser humano, a pesar de que sabemos que son espacios habitados, porque una playa con una caseta indica que hay personas», apunta.
Sobre la obra de la artista madrileña, el comisario destaca que «cuando uno ve la obra de María, está viendo a María. Es la mejor definición de cómo era ella, era sincera y serena, como sus pinturas. No era tan habladora como Antonio (López), pero cuando hablaba y daba su opinión, lo hacía con una profundidad y un misticismo que a mí toda ella me recordaba a su obra». Cree, por ello, que «no podemos desvincular su obra de su persona, su biografía corre en paralelo a su arte».
«Cuando veo sus cuadros es como si hablara con ella», apunta. No obstante, y a pesar de aquel silencio y esa quietud que la caracterizaban, siendo esa figura que siempre hemos observado tras Antonio López, el comisario recuerda a María Moreno «cariñosa, pero firme», cuando daba alguna clase en los talleres de MURAC. «Ponía mucho tacto en sus intervenciones, era admirable verla y escucharla», apunta.
«María es esencial; Antonio se fija más en el detalle»

En la exposición hay un espacio que Antonio López ha homenajeado a María Moreno, la mujer con la que compartía hijas, mesa y horas de pintura. Juntos pintaron de recién casados, juntos pintaron en un estudio de la Gran Vía de Madrid y juntos hipotecaron su casa para poder producir El sol del membrillo, una película documental de Víctor Erice sobre el proceso de pintura del pintor realista que, para alivio de todos, debido a los riesgos económicos que supuso, fue premiada en el Festival de Cannes.
«Nosotros sabemos que Antonio lleva retratando a María desde el mismo momento que la conoce en 1951, ahí ya le hace el primer retrato. Queríamos que fuera un espacio sentido, donde se mostrara la admiración que Antonio tenía por ella, como persona y como profesional. Son algunas obras de Antonio donde ella es la protagonista y donde, además, vamos a reconocer perfectamente la obra del pintor; pero también nos vamos a dar cuenta de las interferencias necesarias e inevitables entre una obra y otra», detalla.
«Entre ellos», termina, «había un acompañamiento de vida de muchas décadas donde se han demostrado amor y respeto, algo que he podido ver con mis propios ojos. Y ni un ápice de competencia entre ellos, algo que podríamos pensar de dos pintores. Ellos se ayudaban, muchas veces exponían en las mismas galerías, y eso queríamos que también se viera en esta exposición».
La pintura de María Moreno nos abre, quizá sin querer, el patio de su casa. Sus flores, sus plantas, sus paredes encaladas de un patio luminoso y espiritual. Espacios seguros donde hallar la calma y el sosiego con sólo una mirada. Sus obras son, en definitiva, como el caluroso abrazo de una amiga que te abre las puertas de su casa para tomar un café.
Foto de portada. @ María Moreno Web


