Las vacaciones jamás imaginadas por los Urdangarin de Borbón
La obsesión de Letizia
La Infanta Cristina y Urdangarín, de Ginebra a la Mancha sin pasar por Zarzuela
El ‘lío mental’ de la infanta Cristina para olvidarse del banquillo
En el barrio de Vielle Ville, situado en el casco histórico de Ginebra, todos los días son iguales: grises. Es el imperio del tedio, el tiempo que se detiene sin ánimo de volver a echar a andar. Todo adquiere un carácter espeso, templado, ayuno de emociones. La vida de sus vecinos es fría, la pura rutina. Incluso en verano. Aquí pasan los primeros días de vacaciones la infanta Cristina y su marido, Iñaki Urdangarin, con sus cuatro hijos. Ellos, de momento no vuelven a Palma. Pese a que la infanta fue absuelta del delito que le acusaba Manos Limpias, su marido, Iñaki Urdangarin ha sido condenado a 6 años y tres meses de prisión. El ex duque ha recurrido.
El edificio en el que viven los Urdangarin de Borbón en Ginebra es de cuatro plantas con un jardín en la parte posterior del bloque. Se trata de un dúplex de 12 habitaciones, de señoriales calidades y protegido con fuertes medidas de seguridad. Menos ahora, cuando se supone que lo peor de la tempestad y le interés por cada reacción, cada gesto, cada mirada del matrimonio, cada salida, ha pasado.
Lejos quedaron aquellas impresionantes vacaciones en las que veíamos a la familia -perseguida y tocada por la justicia- unida y feliz, disfrutando del Palacio de Marivent, posando, vestidos de blanco para disfrutar del mar y el viento en Palma de Mallorca. Adiós a los largos paseos en la plenitud estival del Mediterráneo. Ahora, el ático en el que viven amanece sin cortinas y con una ventana rajada, remediada con una convencional cinta aislante. Sin los escoltas ya guardando ininterrumpidamente frente al portal. Los exduques de Palma no están en casa. “No se les escucha desde la semana pasada. Suelen hacer escapadas. Lo hacen siempre que no tienen a los niños en casa”, nos confiesa la única vecina que sale de la finca en todo el día a nuestro encuentro.
La impresión es la de un edificio deshabitado, sin alma. El portero de uno de los bloques aledaños nos cuenta cómo ve salir a la Infanta Cristina cada día a las siete y media de la mañana. “La suele recoger un coche azul con matrícula española que le espera en la misma puerta”, nos comenta. Trabaja en la Fundación Aga Khan, frente a los Jardines de la Organización de las Naciones Unidas, a cuatro kilómetros de su casa. “Al principio sí que es cierto que revolucionó el barrio. Se llenó todo de periodistas. Con el tiempo desaparecieron. Ésta es una zona tranquila y los vecinos no están acostumbrados al lío que se armaba en la calle”, añade el portero.
Frente al hogar de los Urdangarin Borbón aparca cada mañana una moto blanca. Es la del socio de una asesoría que cada media hora sale a la calle a fumar. Nos comenta que la hermana de Felipe VI pasa ya totalmente desapercibida por las calles de Ginebra, y que vive como una más. Los fines de semana, pasean y cogen el tranvía. “Al que más se ve es a Iñaki: haciendo deporte, sacando al perro, haciendo la compra… de vez en cuando en bicicleta”, nos explica.
Le conocen en los restaurantes de alrededor. En uno nos atiende un camarero gallego, que busca la conversación en una tentativa de quebrar la monotonía casi agosteña del sitio. Le conoce personalmente, suele hablar con él todas las semanas. “Hace unos días se sentó en la terraza y estuvimos charlando. Están pensando en irse a vivir a Portugal”, nos revela esquivando cualquier alusión a los problemas judiciales. El exduque también echa de menos los días de vino y rosas. “El hombre, pues lógicamente estaría mejor con servicio en casa, pero ahora van más justos de dinero que antaño, y el nivel de vida lo han bajado. No había otra. Vivir aquí en Suiza, incluso para una familia de clase media-alta, resulta caro”.
Sin dinero, ni libertad
Urdangarin reside en Ginebra en calidad de esposo y debe renovar su documentación para no quedarse en situación irregular. Las leyes helvéticas son muy estrictas y su condición de condenado no le favorece en absoluto. Y aún así, cuenta con la comodidad de acudir el día 1 de cada mes a un juzgado en Ginebra.
Mientras, el Ministerio del Interior pone a disposición de la infanta Cristina tres escoltas -uno ejerce de chófer-, que son quienes controlan su seguridad y la de los suyos. Salimos de Vielle Ville, al caer la noche, con la sensación de que solo el reloj ha conseguido ganarle la partida al letargo. Los exduques se han marchado fuera de la ciudad. Sus hijos sí han pasado unos días en Palma.
Ellos deben acostumbrarse a pasar las vacaciones cerca de las calles de Ginebra, inertes como la piedra, de locales vacíos, museos, librerías, tiendas de antigüedades… y, sobre todo, mucha galería de arte. Ahora se han marchado, pero lejos de Mallorca.
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