La cara B de Carolina Perles: los retoques estéticos que el poder hizo posibles
La tercera exmujer de José Luis Ábalos desgranó casi veinte años de vida junto al exministro
Una frente lisa, labios con huella de biopolímeros, pómulos marcados y carillas dentales componían un relato paralelo
¿Qué papel jugó el poder en facilitar esos tratamientos, que requieren disciplina, constancia… y dinero?
Hasta hace muy poco, Carolina Perles era apenas un pie de página en la biografía de José Luis Ábalos: la tercera esposa del exministro, madre de dos de sus hijos y compañera de casi dos décadas de vida política y doméstica. Sin embargo, el estreno en Telecinco de El precio de… la corrupción la ha colocado en primera línea mediática, convertida en protagonista de un prime time que mezclaba confesión íntima, ajuste de cuentas y espectáculo televisivo. Una irrupción calculada que no solo ha puesto sobre la mesa las miserias de su matrimonio, sino también —y esto no pasó desapercibido— el esmero con que ha cuidado su imagen estética para ese esperado debut.
Porque la cara A de Carolina fue la del relato: lágrimas, traiciones, episodios de miedo con Koldo García y escenas de alcoba teñidas de corrupción. Pero la cara B, la que hablaba en silencio a través de su piel, sus labios y su gesto, mostraba otra verdad: la de una mujer que ha pasado por la clínica de estética con regularidad, y que lo ha podido hacer, en parte, gracias a los recursos que el poder puso a su alcance.
Un médico estético analiza el rostro de Carolina Perles
Consultamos a José Manuel Gómez-Villar, director de la clínica Lívet y experto en medicina estética, que analiza con ojo clínico el nuevo rostro de Perles: «Para su edad está muy bien. Es evidente que lleva toxina botulínica en la frente, en las patas de gallo y en el entrecejo, para quitarse las arrugas, porque la zona está demasiado lisa. El pómulo aparece marcado, lo que evita un surco muy profundo. No creo que utilice inductores de colágeno porque aún se aprecia cierta flacidez en la cara. En cuanto al labio, parece trabajado hace más de quince años, seguramente con biopolímeros, un producto que ya no se usa y que deja irregularidades con el paso del tiempo: grumos, bultos, asimetrías». El brillo de su frente en televisión también indica un retoque reciente: algo muy habitual tras inyectarse producto.
Con el ascenso político de Ábalos y su nombramiento como ministro de Fomento, ella se trasladó a Madrid. Allí fue designada como asesora de la Delegación del Gobierno en la Comunidad de Madrid, un cargo que ocupó hasta 2019 y que, desde luego, no se caracterizaba por un sueldo modesto (suponemos). La paradoja es evidente: mientras narraba en pantalla cómo la vida pública devoró su matrimonio, su propio rostro hablaba del modo en que los beneficios de aquella etapa le permitieron costear retoques estéticos continuados, una inversión que no es precisamente accesible para todos los bolsillos. Porque no basta con una sesión puntual: la toxina botulínica dura entre 3 y 6 meses, el ácido hialurónico se reabsorbe en 9 a 18 meses, y los hilos tensores o láseres tampoco son eternos.
En España, los precios de estos tratamientos no son menores: una sesión de infiltraciones faciales en clínicas de prestigio oscila entre 250 y 500 euros. Los rellenos con ácido hialurónico, por su parte, pueden superar fácilmente los 400 euros dependiendo de la zona. Y todo esto debe repetirse de forma periódica, con la fidelidad de quien paga una suscripción. La belleza retocada no es un capricho aislado, sino una inversión recurrente que exige un presupuesto fijo.
Carolina lo sabe. Como mujer vinculada al poder, aunque fuera en segunda fila, pudo permitirse esa disciplina estética que ahora vemos proyectada en prime time. Su boca de carillas, sus pómulos elevados, la frente inmaculada: todo compone un lienzo en el que el tiempo se combate con jeringuilla y dinero. Y es aquí donde la paradoja alcanza su cima: no porque se tratara de dinero público —ni mucho menos—, sino porque la posición y los ingresos que generaba la vida política de Ábalos le permitieron disponer de un nivel adquisitivo capaz de sostener también esa batalla privada contra las arrugas.
Su testimonio televisivo fue analizado por periodistas y políticos, pero también por espectadores atentos al detalle. Muchos repararon en lo mismo: Perles no solo cuidaba su relato, también cuidaba su escenografía facial. Si la política es teatro, la estética funciona como vestuario; y la valenciana apareció en escena con el traje impecable.
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