Astronomía

Los astrónomos, petrificados: La NASA detecta indicios de atmósfera en el interior de un planeta rosa a 57 años luz de la Tierra

Planeta rosa
Recreación del planeta GJ504b. Foto: ilustración propia.
  • Alejo Lucarás
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El planeta rosa que nos concierne en este caso lleva más de una década poniendo a prueba los límites de la astronomía moderna. Descubierto en 2013 y bautizado con ese apodo por su peculiar coloración, este objeto orbita una estrella similar al Sol a 57 años luz de la Tierra y ha resultado ser, hasta ahora, imposible de estudiar desde suelo terrestre.

La NASA ha respaldado las observaciones del equipo que finalmente logró lo que parecía inalcanzable. ¿El resultado? Los científicos han detectado algo que los modelos teóricos venían prediciendo desde hace más de 15 años, pero que nadie había podido confirmar.

¿Cómo es el planeta rosa que ha descubierto la NASA con el James Webb?

Un equipo de la Universidad Northwestern, con el apoyo de la NASA, ha publicado en la flamante revista The Astronomical Journal el primer espectro directo del planeta rosa que protagoniza este artículo, conocido formalmente como GJ504b.

El instrumento que lo hizo posible fue el Telescopio Espacial James Webb (JWST), que completó la observación en apenas dos horas; tiempo que telescopios terrestres de primera línea habían intentado superar durante noches enteras sin éxito.

El espectro (un gráfico que descompone la luz en sus componentes) reveló una mezcla química inédita. Se trata de vapor de agua, metano, dióxido de carbono y amoníaco.

Sin embargo, al introducir esos datos en modelos astrofísicos, los números no cuadraban. La simulación solo funcionó cuando los investigadores añadieron un ingrediente inesperado: nubes de sal.

«Realizamos simulaciones con nubes y los resultados coincidieron con lo que sabemos sobre los planetas fríos», explicó Aneesh Baburaj, investigador principal del estudio. «Probamos tres tipos diferentes de nubes, y las nubes de sal fueron las que mejor se ajustaron», agregó en la misma línea.

Y desde luego, estas nubes de cloruro de sodio no son una extravagancia teórica. Los científicos llevan más de 15 años prediciendo su existencia en planetas fríos, y GJ504b ofrece la primera evidencia directa de que actúan velando las capas más profundas de la atmósfera y alterando la luz que alcanza los detectores.

Complicado de clasificar: GJ504b está entre planeta y enana marrón

GJ504b no encaja del todo en ninguna categoría conocida. Con una masa aproximadamente 25 veces mayor que la de Júpiter, se sitúa en la zona gris entre los planetas gigantes gaseosos y las enanas marrones.

Por eso los astrónomos lo denominan «compañero de masa planetaria». ¿Qué sería esto? Pues un objeto del tamaño de un planeta que orbita una estrella, pero cuyo origen sigue sin estar claro.

Su temperatura es otro factor que lo distingue. La mayoría de exoplanetas observados directamente alcanzan entre 500 y 1.000 grados Celsius. GJ504b apenas llega a los 290 grados Celsius (unos 550 grados Fahrenheit), más cerca de la temperatura de un horno de pan que de un cuerpo estelar.

Esa frialdad relativa es consecuencia de su antigüedad: el nuevo estudio estima que tiene entre 2.500 y 4.000 millones de años.

El espectro también apunta a una composición inusualmente rica en elementos pesados, lo que abre debates sobre cómo se formó. Los datos actuales no permiten descartar que surgiera como un planeta por acreción de disco o como una estrella pequeña por colapso gravitacional.

Lo que el planeta rosa GJ504b cambia en la búsqueda de mundos fríos

El hallazgo tiene implicaciones directas para el estudio de objetos aún más fríos y tenues. Por ejemplo, Júpiter, sin ir más lejos, alberga nubes de hielo de amoníaco que todavía no se pueden observar con precisión desde telescopios externos.

La detección de las nubes de sal en GJ504b indica que los astrónomos afinan los instrumentos y los modelos necesarios para dar ese siguiente paso.

«Esta es la primera vez que descubrimos que las nubes de sal son fundamentales para explicar el espectro de un objeto», señaló Baburaj, a loque agrega que «Es un buen recordatorio de que debemos tener en cuenta las nubes en nuestros modelos».

El estudio por Baburaj, Ruffio, Perrin y un amplio equipo internacional, abre además la puerta a aplicar estas técnicas de procesado de datos a otros planetas compañeros igualmente esquivos.

Así, el James Webb completó en dos horas lo que los mejores telescopios del mundo no lograron en noches enteras: una marca que difícilmente pasará desapercibida en la comunidad astronómica.

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